Natura xilocae

Journal of observation, study and conservation of Nature Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal de l'observation, l'étude et la conservation de la nature et des Terres de Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal der Beobachtung, Erforschung und Erhaltung der Natur und der Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Gazzetta di osservazione, lo studio e la conservazione della natura e Terre Jiloca Gallocanta (Aragona) / Jornal de observação, estudo e conservação da Natureza e Jiloca Terras Gallocanta (Aragão)

jueves, 16 de noviembre de 2017

VENTE A CONOCER EL PATRIMONIO HISTÓRICO Y ARQUEOLÓGICO DE EL POYO Y FUENTES CLARAS CON EL CEJ

El próximo sábado 18 de noviembre tendrá lugar la última excursión de Paseos Xiloca. En este caso se realizará un recorrido un recorrido entre El Poyo del Cid y Fuentes Claras ya través del cual se encontrarán varias ermitas y diversos ingenios de patrimonio hidráulico asociados a la ribera del Jiloca. Naturaleza, arte y patrimonio en poco espacio.

La excursión comenzará en la plaza de la Iglesia de El Poyo del Cid a las 9 de la mañana, desde donde se subirá hasta el cerro de San Esteban, para bajar posteriormente hasta la loma de Fuentes Claras y el molino de esta localidad. Después se retoma el camino de El Poyo para ver el lavadero de lanas y volver al punto de salida.


Los yacimientos de San Esteban (El Poyo), La Caridad (Caminreal) y La Loma del Prado (Fuentes Claras) se encuentran enclavados en el interior de la Celtiberia, muestran una continuidad de hábitat de carácter urbano ininterrumpido desde al menos el siglo II a.C. hasta la crisis del periodo tardorromano, a partir de los siglos III-IV d.C.

Una continuidad que puede estar relacionada con el control de las vías de comunicación desde el valle medio del Ebro hacia el litoral levantino y la Meseta. En ellos vemos la alternancia de modelos urbanísticos en llano y altura a lo largo de este periodo. Se desconoce el nombre de estas ciudades, si bien se ha propuesto la ubicación de Leónica, un municipio de derecho latino, en San Esteban. El yacimiento de San Esteban se relaciona también con las andanzas del Cid por el valle del Jiloca.


El patrimonio histórico-artistico queda representado por el castillo de Fuentes Claras, una fortaleza en llano construida en el siglo XIV en el contexto de las guerras con Castilla. Todavía se puede apreciar del recinto fortificado parte de la muralla que lo rodeaba, así como la parte baja de la torre.

Destaca la arquitectura religiosa de los siglos XVI-XVII: las iglesias parroquiales de Fuentes Claras y El Poyo, además de las ermitas de San Ramón Nonato y de Nª Sª del Moral.

En cuanto a patrimonio industrial hay varios ejemplos de extraordinaria importancia: el molino harinero de Fuentes Claras, documentado desde el siglo XIII, el lavadero de lanas de El Poyo del Cid, único conservado en Aragón en su tipología, junto con el de Calamocha. Ambos fueron construidos en el siglo XVII. También se conocerá el molino de El Poyo, en el que se pueden ver restos de una antigua cantera de piedras de molino.



Como en las anteriores excursiones, los que quieran participar en este paseo deberán inscribirse previamente ya sea a través de nuestra página web o llamando al teléfono 978 730 645. La participación en la actividad será gratuita para los socios del CEJ y sus familiares directos (cónyuge y descendientes). Para los no socios el precio será de 3 euros, quedando exentos los menores de 10 años (que deberán ser igualmente inscritos). Las cuotas de participación se cobrarán al inicio de la excursión.

sábado, 11 de noviembre de 2017

EL DESCUBRIMIENTO DE UN PAISAJE. CONTRIBUCIONES AL ESTUDIO DE LA BIODIVERSIDAD DE PLANTAS AROMÁTICAS EN EL ENTORNO DE CALAMOCHA

Probablemente desconcierte al lector el hecho de comenzar un artículo dedicado a la biodiversidad hablando del descubrimiento de un paisaje. Ahora bien, en el contexto de establecer el profundo vínculo entre Aragón y Valencia, cobra sentido explicar brevemente cómo surgió la inquietud que vino a desembocar en los estudios que posteriormente describiré.

Aún a riesgo de caer en la digresión, me parece oportuno compartir con el lector, a modo de reflexión previa, qué representa para mí el paisaje y concretamente el aragonés. No entiendo por paisaje un decorado en el que transcurren los acontecimientos, ni siquiera tan solo una fuente de emociones más o menos gratas. Para mí el paisaje es el fruto de un diálogo íntimo y personal entre el individuo en su globalidad y el entorno. Solamente así puedo explicar el impacto en mí, acostumbrado a un entorno como el valenciano tan mediado por la mano del hombre y sus quehaceres, del paisaje turolense. El devenir de las estaciones del año, con sus rotundos cambios de luz y colorido, con sus aromas particulares…, no me dejó indiferente. Y sobre todo, esa soledad que transmite verdades que van más allá de nosotros mismos y de nuestras inquietudes cotidianas. Ese impacto tenía que arraigar de algún modo y lo hizo valiéndose de una tradición artística familiar que me impulsó a pintar con frenesí cada vez que estaba por estas tierras. Los ocres veraniegos, los grises invernales, el colorido explosivo de las choperas en otoño y los mil verdes de la primavera fueron para mí fuente de inspiración y felicidad. Sí, felicidad. Cuando la pintura es fruto de ese diálogo íntimo con el entorno al que me refería cobra una dimensión que va mucho más allá del puro deleite o entretenimiento. 

Pero mis avatares profesionales vinieron a completar, que no a sustituir, ese diálogo con el paisaje. Mi trabajo en el Instituto Agroforestal Mediterráneo, en la Universidad Politécnica de Valencia, me proporcionó la oportunidad de adentrarme en un mundo tan fascinante como el de las plantas aromáticas. Como químico de profesión, mi atención estaba dirigida hacia la composición química y ello podría haberme llevado a una visión reduccionista y consecuentemente pobre, centrada meramente en las posibles aplicaciones técnicas, a cuyo estudio, por otra parte, me debo por profesión. Pero no fue así. Aquí tengo que hablar necesariamente de la influencia de un entorno científico estimulante y positivo. Las buenas influencias no son cuestión de cantidad sino de calidad y este es un buen ejemplo. Unas pocas pero amenas y enjundiosas conversaciones me ayudaron a comprender que en definitiva, mis compuestos químicos, de nombres exóticos y a veces impronunciables, no eran, en definitiva, más que las palabras con que las plantas dialogan entre sí, con su entorno natural y con el resto de seres vivos. 


Y así comenzó el trabajo que quiero exponer. El punto de partida cabe situarlo en el interés existente entre algunos compañeros de la antigua Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica Agrícola en torno al ajenjo común (Artemisia absinthium L.) y sus posibles aplicaciones. Unas primeras muestras procedentes de Gargallo (Teruel) constituyeron la base de un trabajo fin de carrera en el que por primera vez se llevó a cabo un análisis químico riguroso de su aceite esencial, obtenido mediante un método de hidrodestilación con equipo Clevenger, que era una de las prácticas habituales en nuestra asignatura de Fundamentos Químicos de la Ingeniería. La necesidad de disponer de cantidades suficientes de material vegetal para posteriores trabajos me llevó a explorar detenidamente los alrededores de Calamocha. De este modo, unos ruderales cercanos a las escuelas se convirtieron en un campo experimental en el que se realizaron diversos experimentos relacionados con la identificación de quimiotipos o “razas químicas” en la composición del aceite esencial, su variación estacional o la comparación entre raíces, hojas y flores. Estos experimentos dieron lugar a diversas comunicaciones en congresos internacionales y artículos en revistas especializadas. 

Población de ontina (Artemisia herba-alba Asso)
Una importante conclusión de estos trabajos fue la identificación de dos quimiotipos que comparten hábitat en Calamocha, caracterizados por la presencia de epoxiocimeno y acetato de crisantemilo como compuestos mayoritarios. Lo importante era, sin embargo, que carecían de tuyona, un compuesto neurotóxico que siempre había sido considerado problemático de cara a las posibles aplicaciones de la planta. Por otra parte, el estudio de los compuestos relativamente volátiles presentes en la raíz abrió una prometedora línea de investigación que contribuiría a explicar el carácter invasivo de esta y otras plantas del género Artemisia

La evolución posterior de estos trabajos abrió también las puertas a la colaboración con la Universidad de Corvinus (Budapest). Ello nos ha permitido estudiar la adaptación del ajenjo a diferentes condiciones edafológicas y bioclimáticas.


Un estudio similar está comenzando actualmente en relación a otra planta muy familiar en nuestro entorno calamochino: la ontina o Artemisia herba-alba Asso. Se trata también de otra planta que invade terrenos yermos y ruderales, siendo muy común en zonas muy próximas al casco urbano, tal como se puede apreciar en la figura 1. Los primeros datos sobre la composición de su esencia indican un elevado contenido en las neurotóxicas tuyonas (estoy hablando de la esencia, no de la infusión. También la salvia contiene tuyona en su esencia y su infusión además de beneficiosa es bien agradable). También se aprecian proporciones importantes del alcanfor y eucaliptol, no observándose diferencias importantes con respecto a los datos referidos desde otros países de la cuenca mediterránea como Argelia o Túnez.


Otro conjunto de trabajos que han tenido como protagonistas plantas aromáticas de nuestro entorno es el relacionado con Thymus vulgaris L. Muestras procedentes de tres zonas (Santa Bárbara, los terrenos yesíferos cercanos a Navarrete y los alrededores de Lechago) fueron recolectadas a principios de mayo, en plena floración y tras un comienzo de primavera relativamente húmedo, y en pleno agosto, tras un importante periodo de sequía. El objetivo era estudiar la influencia en la composición del aceite esencial del stress hídrico y los resultados fueron bien claros: un aumento muy llamativo de la concentración de su principal componente, el eucaliptol.

Tomillares cercanos a Navarrete, uno de los puntos de muestreo en las investigaciones sobre stress hídrico en Thymus vulgaris L.
Y dejamos para el final las mentas. Sobre la Mentha suaveolens Ehrh., representada en una población situada en la rambla de la Cirugeda, hemos llevado a cabo diferentes estudios comparativos entre esta población y otras emplazadas en entornos bioclimáticos muy diferentes. 


La situada en Calamocha registra una proporción extremadamente alta, no observada en la numerosa bibliografía al respecto, de un compuesto, el óxido de piperitenona, de gran interés tanto por su diversa e intensa actividad biológica como por ser el punto de partida para determinadas síntesis químicas. Es muy probable que esta elevada especificidad en la composición de la esencia (en algunas muestras se ha llegado al 90 % del citado compuesto) sea una respuesta a las particularidades bioclimáticas de la zona, correspondientes a un clima supramediterráneo. 

Población de Mentha longifolia L junto al cauce del río Pancrudo, cerca de Navarrete.
Por último tenemos una especie que es particularmente abundante en las riberas del Jiloca y Pancrudo, así como en los márgenes de sus acequias: la Mentha longifolia L., popularmente conocida como “mentastro”. Su composición es rica en cetonas monoterpénicas, características por su actividad biológica. A lo largo de estos últimos años estudiamos varias poblaciones situadas en parajes muy conocidos y cercanos a Calamocha: el río Pancrudo, cerca de donde parte la carretera que lleva a Cutanda y Olalla, “El Salto” y otras zonas a orillas del Jiloca camino ya de la Virgen del Rosario. La esencia obtenida de estas plantas muestra una muy acusada variabilidad química: cetonas como la carvona, pulegona y mentona; derivados del mentol y terpineol, etc., se hallan irregularmente distribuidos en plantas que muchas veces distan pocos metros entre sí. Por otra parte, no es extraño conociendo la facilidad con que las diferentes especies del género Mentha son capaces de hibridarse espontáneamente. De hecho, la taxonomía de este género es conocida por su complejidad, no exenta muchas veces de puntos de vista contradictorios. Entre los múltiples perfiles químicos hallados en estas plantas destaca uno, cuya presencia es relativamente mayoritaria y característica de esta zona: el constituido por acetato de alfa-terpineol y acetato de carvona, compuesto este último de interés por su actividad repelente de insectos. Entre todos los estudios realizados acerca de la M. longifolia cabría destacar, sin embargo, el realizado en una población situada en la confluencia de los ríos Jiloca y Pancrudo, en el bello paraje de Entrambasaguas. Hasta cinco perfiles químicos claramente distintos han sido identificados en las esencias obtenidas de dicha población, constituyendo un valioso ejemplo de biodiversidad.

Un aspecto especialmente interesante y novedoso de las investigaciones que hemos realizado en torno a la M. longifolia es la variación a lo largo del día de la naturaleza y proporción de los componentes volátiles presentes en hojas e inflorescencias. Las flores muestran ritmos circadianos en su composición adaptados a la necesidad de ser polinizadas por determinados insectos, cuya presencia en torno a las flores, también presenta ritmos regulares condicionados también por los vaivenes meteorológicos del día: humedad, insolación, viento, etc. Sin embargo, el resto de la planta, cuyo papel ecológico es diferente, muestra una composición diferente a la de las inflorescencias, siendo además más estable a lo largo del día. Volviendo al comienzo de este artículo, ésta sería una clara manifestación de ese diálogo cuyas palabras son moléculas orgánicas con sus correspondientes grupos funcionales.


Pues hemos llegado al final de esta breve descripción de unos trabajos que en definitiva han sido fruto de la convergencia entre los objetivos profesionales, la vinculación familiar y afectiva a un territorio y su paisaje. Invito ahora, al lector interesado, a acudir a cualquiera de los trabajos referidos en el anexo a este artículo para profundizar y conocer con mayor detalle los objetivos, metodología y conclusiones de estos estudios.

Juan Antonio Llorens Molina
Instituto Agroforestal Mediterráneo
Universidad Politécnica de Valencia

domingo, 5 de noviembre de 2017

LA IX FIESTA DEL CHOPO CABECERO YA ES HISTORIA

La última edición de la fiesta es historia compartida por Allepuz, Jorcas, el personal organizador y una muchedumbre de atuendo multicolor, congregada en torno a la Venta La Liara. que acudimos a saborearla en un día de otoño espléndido.

Primera parada en la ladera sobre el cruce de la carretera y, como en un pequeño Sermón de la montaña, F. Chabier de Jaime, promotor del emergente Parque Cultural del Alto Alfambra, nos dirige la palabra amplificada para situarnos en un paisaje histórico de aprovechamiento ganadero (evoca la trashumancia), constituido por un territorio de transición humana entre varias comarcas, que tiene como referente el protagonismo del río Alfambra, de poco caudal. Nos indica el itinerario del paseo comentado por la ribera y presenta el programa de la mañana. Recibimos la buena noticia de la reapertura de la escuela de Allepuz, con sus cinco preceptivos niños.


Como en una especie de romería laica, iniciamos la caminata pisando alfombras de hojarasca tierna y conversando con nuestros conocidos. Nueva explicación bajo los viejos cabeceros desatendidos, enfrente una plantación de canadienses híbridos alineados a la espera de la tala rasa, nada que ver con la práctica tradicional. Se nos recuerda la antigüedad de nuestros amigos cabezones, anteriores a la irrupción humana, su utilidad ancestral y el porqué de la secular práctica europea de la escamonda a 3 metros sobre el suelo, la confluencia de las especies Populus nigra y Homo sapiens, el importante hábitat que suponen estos agrosistemas para innumerables especies animales, desde insectos litófagos hasta mamíferos (“la gineta que habita la vieja tronca de la chopa en la cárcava castellana”, Rodriguez de la Fuente dixit). Toca ahora la foto de (gran) grupo, a los pies de un gigante, un chopo de sombra.


Estas pequeñas dehesas del recorrido pertenecen a Las Pupilas, un hermoso conjunto de masadas, que visitamos, dirigiendo la atención ahora a los detalles de nuestra arquitectura rural.


Llega el momento estelar de la jornada: la demostración de escamonda siglo XXI, multifotografiada y filmada, de la mano del especialista gudarino Herminio Santafé -motosierra en ristre, perfectamente pertrechado- de los dos chopos elegidos. Impresiona el desplome de las gruesas vigas, con 40 años en los anillos del duramen y albura seccionados. La gente menuda flipa. Aplausos y voces de admiración intermitentes.


De vuelta, otra parada y palabras del geógrafo Alejandro Pérez, en torno a aspectos hidrológicos (azudes, acequias y molinos, y el papel de los cabeceros de fijar los cauces de los ríos y los márgenes de las acequias), a la configuración histórica de este paisaje, con influencia borbónica; a los tipos de chopos según su ubicación: de ribera, de acequia, de manantial y de sombra (para el ganado).


Llega la hora de la comida grupal, en el pabellón de Jorcas, presidida por la exposición de las bellas fotos concursantes, ocasión de conocimiento de nuevas personas, con paciente espera por parte de los comensales, en medio de una tormenta de voces. La alternativa a la vajilla de plástico -de usar, tirar y contaminar-, respetuosa con el medio natural, comienza a abrirse paso. Se entregan los premios al IV Concurso de Fotografía sobre el Chopo Cabecero. El de “Amigo del Chopo Cabecero” se adjudica a Rob McBride,asiduo visitante de nuestra tierra, llegado desde las brumas inglesas, autodenominado como a tree hunter (“un cazador de árboles”), una persona que “vive y respira árboles”, que manifiesta su admiración por los pastores y los rebaños, y asegura que “cuando conoces un amigo debajo de un árbol, es para toda la vida”. Se va cerrando el acto con las palabras de los alcaldes de Jorcas, Mezquita y Allepuz.


Con el sol de la tarde ya bajo, de nuevo en Allepuz, se inicia el rosario de actuaciones musicales: Ni Zorra!, La Monkiband, Azero, Paco Nogué y Balkan Paradise Orchestra. Para espíritus jóvenes y cuerpos marchosos. 


Gonzalo Tena Gómez. 
Colectivo Sollavientos

miércoles, 1 de noviembre de 2017

NUEVA JORNADA DEL CHOPO CABECERO EN TORRALBA DE LOS FRAILES

El próximo 11 de noviembre tendrá lugar en la localidad de Torralba de los Frailes (Campo de Daroca) una nueva iniciativa cultural que organiza la Asociación Cultural Chismarrako alrededor de la cultura de los chopos cabeceros. 

En esta ocasión, a las 10 de la mañana, se realizará la escamonda de un ejemplar que crece junto a la balsa del Solanseo.


A continuación, tras recoger las ramas menudas y tras cargar los tarugos en el remolque, se dará buena cuenta de un almuerzo popular.

¡Vente a celebrar el otoño a Torralba de los Frailes! 

domingo, 29 de octubre de 2017

QUEJIGAS CENTENARIAS EN CAMPO DE RIBATAJADA

Puente de San José. Escapada a la Serranía de Cuenca. Decisión de última hora. Problemas con el alojamiento en los pueblos serranos. Carmen encuentra plaza en un hotel de un pueblecico del que no habíamos oído hablar antes: Ribatajadilla. Todo un acierto, como pronto descubrimos. 

Viaje nocturno desde Teruel, por Guadalaviar, Tragacete, Las Majadas .... hasta adentrarnos en un territorio para nosotros ignoto. Bajábamos la serranía mientras nos adentrábamos a través de unos montes en los que, por el rabillo del ojo y la la luz de los faros del coche, se atisbaban tierras de labor y pinares de rodeno con romero. Estábamos en el Campo de Ribatajada, una comarca conquense también conocida como El Campichuelo. Nos recibe con amabilidad la propietaria del hotel rural. Estamos cansados tras días difíciles en el trabajo de cuyos problemas intentamos (vanamente) escapar. A descansar. A ver qué nos encontramos mañana.

El hotel es, al tiempo, el bar del pueblo. Desayunamos con los propietarios mientras la televisión predica las noticias cotidianas de esa jornada laborable. Les hablamos de nuestro destino: las dehesas de Carrascosa y Valsalobre. Y de nuestros intereses, los árboles viejos, sobre todo los robles, aquí conocidos como quejigas, y si son muy grandes, chaparros. Nos remiten a sus vivencias personales en unos sabinares de pueblos cercanos de nombres que nos suenan igual. Pero de robles viejos, poco. Allá vamos.

Salimos de Ribatajadilla dirección Ribatajada. La primavera también entra tarde también aquí. Los apagados frutales y los ribazos de la estrecha vega nos recuerdan la altitud de estas tierras (900 m), aunque la presencia de plantas como el romero nos indican de la influencia atemperadora de las masas de aire que remontan por el valle del Tajo y que se extienden desde las cercanas tierras alcarreñas y manchegas hasta estos piedemontes serranos.

Sembrados cerealistas y barbechos. Tierras royas y fuertes, arcillosas. Un tallar de quejigos aprovechado en otra época por sus leñas. Salimos a un cruce. Más tierras de labor se extienden por una serie de lomas que se extienden hasta unos montes calizos. Carmen advierte la presencia de unos grandes árboles que crecen entre los campos. Nos acercamos. Son robles quejigos de más de medio de diámetro normal de tronco el cual, en muchos casos, termina en una toza de la que arrancan ramas de desigual grosor nacidas de rebrote. Son trasmochos. Claramente.


El arado apura al tronco. Para labrar se cortan las ramas bajeras, las que rozan con el tractor. A los árboles les prueba muy mal carecer de espacio en su entorno. Las raíces superficiales, las que captan la mayor parte del agua, se dañan. Los hongos no prosperan en estos suelos permanentemente volteados. El árbol necesita un espacio de protección si se desea que no mueran a medio plazo.

Seguimos la rectilínea pista agrícola que se abre paso entre extensas parcelas de límites trazados con regla y cartabón, fiel indicador de la ejecución de una concentración parcelaria. Entre los campos sobreviven añosos y robustos quejigos en los que entran y salen unas abubillas recién llegadas de sus cuarteles de invierno en África.


Muchos árboles mantienen una o dos gruesas ramas paralelas al suelo (la horca) y otras tantas ramas verticales (el pendón). Es el viejo estilo de poda promovido para asegurar la producción y la vitalidad de los árboles trasmochos por los reglamentos de la Corona de Castilla y que puede verse desde Burgos a Guipúzcoa, desde Cuenca hasta Salamanca.  


Hacia el oeste, en la ladera de unos cerros, se adivinan unos árboles de gruesos troncos de tonos claros dispuestos formando un bosquete abierto. Una dehesa. A por ellos. Antes cruzamos un curso de agua que resulta ser el río Liandre. Un aguilucho lagunero sobrevuela un carrizal socarrado en el que querría hacer nido. Algunos chopos y sauces dispersos apuntan la existencia de un antiguo soto previo a las obras de rectificación y canalización asociadas a la concentración parcelaria del término. Una pena.


Llegamos a Villaseca.


Un pueblo, hoy casi deshabitado (cinco vecinos) que antaño tuvo mejores tiempo a juzgar por la factura de su iglesia románica, seguramente levantada en el esplendor de la ganadería mesteña y de la ruta de la lana hacia el centro mercantil de Burgos. Conocíamos solo dos pueblos de esta comarca conquense, en ambos, sendas iglesias románicas de líneas sencillas y sobrias. Románico rural, le llaman.


Nos dirigimos hacia el norte. Nos sorprendió una preciosa dehesa de quejigos, cercana al pueblo, junto al camino que sigue paralelo al río Liandre.


Afloraban unas arcillas con cantos calizos. Seguramente depósitos terciarios acumulados el pie de los relieves carbonatados mesozoicos. Estas arcillas son la clave de la existencia de estos robledales.

Algunos de los árboles mostraban indicios de antiguos aprovechamientos en forma de podas.


Otros árboles eran bravíos. También había rebrotes y algún tallar. Se percibía la vigencia de su uso ganadero, por las ovejas de una cercana granja. Sin embargo, la abundancia de espinos, aliagas y de otras matas apuntaba ya la regresión de la ganadería extensiva.


Retornamos por el mismo camino hacia el cruce de Ribatajadilla para dirigirnos hacia Ribatajada donde nos desviamos hacia el oeste siguiendo las aguas del río Trabaque, igualmente desnaturalizado, hasta el desvío hacia La Frontera. El paisaje iba haciéndose cada vez más montano, a pesar del dominio de la agricultura.

Al pasar por La Frontera, frente a la carretera y al otro lado de un arroyo, encontramos otra dehesa de robles. Dimos media vuelta para conocerla volviendo al pueblo. Este nos pareció luminoso y cuidado, muy manchego. Muy cerca se encontraba las partidas de El Prado y La Dehesa. Y una granja nueva en plena actividad. 


Un par de trabajadores marroquíes, tan simpáticos como atentos, echaban de comer en las canales de unas ovejas que estaban acompañadas por sus cordericos.


Les pregunté por los quejigos. "Este año no bellota. Otros sí", me comentaron sin perder la sonrisa. Poco más me contaron sobre los árboles.


Cerca, encontré al propietario manejando un tractor. Pablo Hervás, un joven de veintiocho años, gestionaba la explotación. En diez minutos, pues no quería entretenerle en su faena, me contó muchas cosas. Me hubiera gustado disponer de más tiempo para aprender con él. Me habló de sus ovejas de raza alcarreña, de la finura de la carne de sus corderos, de las inversiones que exige hoy la ganadería, del daño que causa la importación de cordero australiano o argentino (de calidades inferiores) para su venta en las grandes superficies a unos consumidores que solo consideran el precio ... Era evidente la pasión por su trabajo, el conocimiento del oficio, el orgullo de continuar la explotación ganadera familiar. Y el aprecio por los viejos robles. 


"Mi abuelo ya labraba bajo los árboles", nos comentaba.  


Por lo que deduje, los árboles eran podados con turnos largos para obtener leña y rejuvenecer el ramaje, al tiempo que para estimular la producción de bellota. Un bien valioso en la explotación ganadera. Pero también eran cultivados aquellos terrenos, para producir cosecha de cereal y sujetar el desarrollo de los arbustos. Algo parecido a lo que ocurre en muchas dehesas extremeñas de encina o alcornoque.

En la dehesa de La Frontera encontramos algunos ejemplares podados. Los menos. El joven propietario nos comentó la necesidad de mantener el sistema de poda de antaño, claramente perdido en las últimas décadas. "Así, el ramaje se envejece y se seca, y le entra un gusano grande y blanco", nos indicaba. Pero los ingenieros no dejan, se lamentaba a un tiempo. Y así se van a secar.


La administración forestal de la Junta de Castilla-La Mancha no permite a los propietarios las podas de ramas de más de 30 cm de diámetro para asegurar el rebrote. El probema es que muchas de las ramas que nacen de estas quejigas son más gruesas por haber perdido el turno hace décadas. Eso obliga a cortar la rama lejos de la cabeza. Y eso, en el caso de que el agricultor desee seguir cuidando los árboles. Todo es difícil.

Volvió a su trabajo no sin antes recomendarnos recorrer y conocer bien su dehesa, a la que asignaba una edad de unos trescientos años. Bien puede ser.


Y la recorrimos, vaya que sí. Era una maravilla. De nuevo encontramos terrenos arcillosos terciarios. El rebollo exige suelos profundos que retengan agua durante el  verano pues, a diferencia de las quercíneas perennifolias, debe aprovechar esos meses para realizar la fotosíntesis antes de parar su actividad en octubre. Esas arcillas le aseguran sobrellevar esa difícil temporada, algo imposible sobre un sustrato calizo. De nuevo un dehesa cercana al pueblo, una razón histórica. Se repite el patrón.


Ya entibiaba el sol a esa hora de la mañana. Las abejas pecoreaban en los romeros. Romero y quejigo, una combinación extraña en las tierras del Jiloca. Una pareja de milanos reales sobrevolaba la dehesa.

Desde allí partimos hacia Carrascosa de la Sierra, haciendo parada en ruta para conocer los campos de mimbreras y la cultura del mimbre en Cañamares. Terminando la jornada en Beteta.

Al día siguiente, Carmen se quedó por la mañana a trabajar en el hotel. Yo seguí rondando por El Campichuelo. Entre lo que me había contado Pablo y lo que había ido leyendo aquí y allá, tracé una nueva ruta. Zarzuela, Fresneda de la Sierra y Ribagorda.


En Zarzuela también había una dehesa de roble y pino negral. Se hizo la concentración parcelaria y, a juzgar por los vecinos, "se tiraron muchos chaparracos y pinos grandes". Cuando llegué al pueblo, al punto de la mañana, pregunté a un vecino y me indicó la pista que sale hacia Sotos. Se despidió diciéndome "no dejan cortarlos". Me costó dar con ella. Campos y campos en los que ya no quedaba testimonio, a diferencia de lo que pudimos ver en Villaseca.

Las primeras quejigas trasmochas estaban junto a una tiná, denominación del cubierto con corral que en el Maestrazgo se llama teñada. Tan abandonados las unas como los otros. De nuevo nos recordaba el tradicional binomio trasmocho-pastoralismo.

 

La fuente y el gamellón de cuatro troncos nos sugieren la importancia de la cabaña de ovino (y vacuno) que debió pacer en esos frescos prados donde prosperan juncos, mentas, ranúnculos y otras especies higrófilas.


El sustrato correspondía, de nuevo, a conglomerados sin cementar de arcillas y cantos calcáreos, aunque en las partes altas también afloraban arenas de tonos amarillentas.

Era una masa mixta de pino negral (Pinus nigra ssp. salzmanni) y de quejigo (Quercus faginea) con sotobosque de espinos, escaramujos y jaral. En algunos sectores se apreciaba la estructura original de la dehesa ...


Los pinos negrales eran igualmente monumentales. En su base mostraban cicatrices, indicios de haber sido resinado en otros tiempos. Las ramas jóvenes estaban sofocadas de bolsas de procesionaria, insecto que se ha visto muy beneficiado en este invierno tan suave.

Aunque la escasa presión ganadera estaba favoreciendo la entrada de los espinos, jaras, agracejos y aliagas cerrando el pasto ... arbustos que compiten con los árboles, que reducen su vitalidad.


Desde Zarzuela, remontando el arroyo Villalbilla y pasando por Villalba de la Sierra, Portilla, Arcos de la Sierra y Castillejo-Sierra me acerqué a La Fresneda de la Sierra, lugar donde se encontraba una de las dehesas con quejigas más grandes,según me habían informado. Y vaya que lo eran.

La sierra de Las Majadas, con sus calizas cretácicas, se levanta hacia el nordeste. Tras su erosión, los cantos calcáreos, las arcillas y las arenas se acumularon al pie de este relieve -durante el Eoceno- formando unos bancos profundos en donde prosperaron quejigos y pinos negrales.


A diferencia de los de Zarzuela, los pinos de Fresneda de la Sierra no eran muy viejos. Parecían haber prosperado al cesar la actividad ganadera. En los claros de la dehesa de quejigos entraron las especies propias de las etapas pioneras e intermedias de la sucesión, aquellas que eran controladas por el diente de la oveja y de la cabra. Los pinos estaban igualmente sofocados por procesionaria que estaba en plena dispersión formando las características hileras sobre el soleado suelo de aquel día marzo.


Los rebrotes de las viejas quejigas, los enebros, los espliegos, y las aliagas habían desplazado a las plantas herbáceas del pasto ...


Eran ejemplares notables, con el turno perdido, con ramas puntisecas y abundantes huecos. Muchos ejemplares muertos. Un gran valor ecológico.


Aunque en la periferia, aún se conservaba y mostraba su estructura adehesada ...


Era un pálido reflejo del paisaje que durante siglos caracterizó estos montes ...


Las quejigas más gruesas las encontramos en la partida de la Vega, cerca del arroyo Valseco. Sin embargo, y a pesar de los topónimos, los robledales de Majada de las Vacas y de la Dehesa Boyal no tenían estructura adehesada, siendo en ambos casos densos tallares. Eso sí, salpicados de algunos ejemplares trasmochos de notables dimensiones.

Desde allí volví a Ribatajadilla pasando por Ribagorda, a donde alcanzaba la dehesa de Villaseca. Quería encontrar un árbol monumental que es muy conocido en la comarca: el Roble Dios de Pajares.


Es un ejemplar enorme. Tiene una altura de 18 metros, siendo 3 de tronco  y el resto de las ramas que crecen sobre su toza. La copa es globosa, semiesférica, tiene un diámetro de 15 metros. El perímtero normal de tronco (a 1,30 m del suelo) es de 5,52 metros. Se desconoce su edad aunque se estima en unos 400 años. Esta información estaba recogida en un panel informativo. Me llamó la atención la denominación del árbol: el Roble Dios. No sé si es un nombre popular. En el texto aludía al carácter religioso que atribuían los celtíberos a los árboles y a los bosques. Y termina diciendo "en memoria de ello queda el nombre de este roble centenario". Será.

A su alrededor, una valla protectora para reducir el pisoteo al pie del tronco y favorecer la aireación de las raíces y la infiltración del agua. Más allá, un cultivo de pino, fruto también de la época de las reforestaciones del ICONA. ¡Qué paradoja, en el país del quejigo, reforestando con pino!

Ya en el hotel, estuve ojeando el libro "Tal como éramos. Imágenes del pueblo de Sotorribas". Es un libro de fotos antiguas y no tan antiguas, reflejo de la forma de vida de estas gentes serranas. Entre las consabidas fotos del servicio militar, de las verbenas estivales,  jornadas de caza, romerías de primavera y matanzas del cochino, hubo una foto, ya en color, que me llamó la atención. Era ésta.


Aquí estaba la clave. Julián Albarca y Gabriel Valiente, desmochaban con motosierra  una quejiga en el año 1982 en la localidad de Sotos, la cabecera comarcal. Ya entonces se hacía con máquina lo que hasta poco antes aún se cortaba con hacha. Un documento. 

Esa tarde, nos fuimos de excursión a Las Majadas para conocer el espectacular complejo kárstico desarrollado sobre las calizas cretácicas. Pasamos por Villalba de la Sierra, uno de los municipios con más habitantes de El Campichuelo. Un pueblo con crecimiento urbano, con hoteles y segundas residencias construidas para gentes urbanas a las que atraen urbana los paisajes serranos y las aguas del río Júcar, por aquí joven y enérgico.

Al tomar la carretera que remonta hacia la sierra, al pie de las primeras curvas, en el paraje conocido como Majada de las Vacas, ahí estaban. Otra vez.

Entre los campos ...


Invadidos por las carrascas y enebros del cercano monte ...


Unos árboles que atesoran una historia de aprovechamiento. Una cultura. Una vida silvestre.


Las dehesas de quejigos de esta comarca son un patrimonio prácticamente desconocido. Son el reflejo de unos momentos de la historia de la Corona de Castilla en los que el Honrado Concejo de la Mesta, dotados por la monarquía de unos poderes enormes, tenía la potestad de pastar sus ganados trashumantes en la mayor parte de los montes. Los pueblos, para defenderse del poder de los grandes señores, tenían la posibilidad de crear dehesas comunales en los alrededores de los pueblos donde llevaban los pequeños rebaños y los animales de tiro. 

Villaseca, Pajares, La Frontera, Fresneda de la Sierra, Ribagorda, Villalba de la Sierra ... aún conservan unos paisajes históricos que encierran un aprovechamiento inteligente de los recursos. Este patrimonio se ha perdido por la decadencia de la ganadería extensiva, pero también por la tala y roturación asociada a las concentraciones parcelarias. Destacar un "roble-dios" está bien, pero hay que ir más lejos a la hora de valorar las dehesas de El Campichuelo.