Natura xilocae

Journal of observation, study and conservation of Nature Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal de l'observation, l'étude et la conservation de la nature et des Terres de Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal der Beobachtung, Erforschung und Erhaltung der Natur und der Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Gazzetta di osservazione, lo studio e la conservazione della natura e Terre Jiloca Gallocanta (Aragona) / Jornal de observação, estudo e conservação da Natureza e Jiloca Terras Gallocanta (Aragão)

martes, 13 de diciembre de 2016

VENTE AL MATACERDO DE FUENTES CALIENTES

Me he criado entre animales, lo reconozco. 

En Calamocha, mi abuela criaba un tocino en la corte. Una tarde de las vacaciones de Navidad ... perdón, del Solsticio de Invierno, venía Miguel el Matatocinos. Yo era un niño. Entre todos agarrábamos al cerdo y, mientras, él le clavaba un cuchillo al garganchón. Después todo lo demás. Se desangraba, se socarraba con aliagas, se lavaba la piel con agua caliente y se le sacaban las vísceras. Eran días de movilización familiar. De trabajo colectivo. De esfuerzo y de alegría. En casa, con mi abuela ya mayor y siendo de una familia corta, el peso caía en mis padres, sobre todo en mi madre. Los hijos hacíamos lo que buenamente podíamos.

La instalación de docenas de granjas de engorde intensivo y del matadero industrial de Calamocha lo cambió todo. Los tocinos se criaban en las naves y se sacrificaban en la fábrica. A principios de los '70 se abandonó la crianza y el matacerdo. Era más fácil pagar por el trabajo de otros. Se ganó en comodidad, se perdió en sabores y en vivencias.


También teníamos gallinas. Me encantaba verlas. Cavaba en el huerto para coger lombrices y llevárselas pues no salían del gallinero ya que, si no, se merendaban el hortal. Era un placer recoger los huevos recién puestos y subirlos a casa. Mi abuela me hacía unos almuerzos con huevo frito y tajadas de blanco que temblaba el basto. Ya nunca volví a almorzar así (¡menos mal!). Y, de vez en cuando, mataban un pollo. Y nos lo comíamos. También criaba conejos. Y, en su momento, mi madre los mataba, los despelletaba y nos los comíamos. Y todos tan felices.

Mi padre tenía colmenas. En el otoño las bajaba al Reino, al naranjo y al romero, antes del boom inmobiliario levantino. Y en primavera las subía al Jiloca, al tomillo y al pipirigallo. Cortaba y vendía la miel. Aunque lo que más le interesaba era observar y aprender sobre la vida de las abejas. Y me lo enseñó. Nunca pensé que las abejas estaban explotadas.


En Retascón, en la otra casa familiar, además, criaban palomas de las furas y en primavera y verano cogían los pichones, les doblaban el cuello y se los comían. Además, había un buen ganado de ovejas que cuidaba mi tío Manuel y alimentaba por los campos y cerros cercanos. Criaba y vendía corderos, uno de los  pilares de la economía familiar. Y los veíamos subir al camión, y no pasaba nada. Aún no conocíamos el ternurismo urbano.


El transcurso del tiempo llevó a mis padres a otras actividades laborales y nos alejó de ambos pueblos. Pero, en Segorbe, en aquellos años sesenta y setenta, casi todo funcionaba igual. Si a un caso, menos ovejas y más vacas. Muchos de mis amigos criaban una vaca para la venta de la leche. Por las tardes me iba a jugar con ellos y acabábamos en el establo.

Nos fuimos haciendo mayores. La crianza doméstica fue desapareciendo. La crianza intensiva abarató el coste de producción de la leche, de la carne y de los huevos. No compensaba criarlos en casa. La gente joven, mientras tanto, seguía dejando los pueblos y marchando a la ciudad. Muchos mayores se resistían a abandonar las prácticas que habían ordenado su calendario, sus valores y ... su vida. Yo asistí a esa etapa de la historia.

Después llegó el desplome rural y el definitivo triunfo de la sociedad urbana. Descubrí el naturalismo de campo con Félix Rodríguez de la Fuente en los '70, el ecologismo de perfil naturalista (Quercus, OTUS, la Coordinadora Ecologista de Aragón ...) en los '80, interesándome por el tema vegetariano de la mano de Integral. Me interesó el discurso del vegetarianismo por la lógica de evitar el despilfarro de alimentos, pues dedicar cereales y leguminosas -que podemos consumir directamente los humanos- para engordar al ganado, es un error en toda regla. Era consciente del abuso de alimentos de origen animal en la sociedad occidental que comenzaba a mostrar síntomas de sobrealimentación. Y eso obligaba a roturar ecosistemas naturales (en Odón o en la Amazonia) y a forzar la agricultura intensiva (contaminación, erosión, pérdida de hábitat para la vida silvestre). Era coherente. Había que reducir el consumo de carne y de otros alimentos de origen animal e incrementar los de origen vegetal y, si es posible, de proximidad o cultivados sin muchos biocidas. Y en esas estamos.


Pero también comprendí de la mano de agrónomos, ingenieros forestales y biólogos, muchos de los cuales escribían en Quercus, la función que ha desempeñado la ganadería extensiva en la cuenca mediterránea (trashumancia, dehesa ibérica, etc.) y el papel ecológico del pastoralismo. Transformar la celulosa, inasimilable por los humanos, en proteínas y lípidos. Ese es el gran mérito de la oveja, la cabra, la vaca o el conejo. Eso requiere sabiduría y esfuerzo. Por eso eran caros y apreciados estos alimentos. Por eso están desapareciendo. Criar ganado hoy con soja argentina cultivada en praderas naturales roturadas y que ha sido rociada con herbicidas cancerígenos no tiene sentido. Es un desastre. Me da igual si la soja es transgénica o no. 

Cuando nos vinimos a trabajar y a vivir al pueblo, al trabajar fuera de casa los dos, Josefina nos ayudó a criar a los hijos. Nuestros padres estaban en las ciudades. Íbamos al revés del mundo. Marceliano, el marido de Josefina, tenía un ganado de ovejas. Y, de vez en cuando mataba alguna. Recuerdo una tarde de invierno que fui a recoger a Chabi a su casa. La oveja estaba colgada y abierta en canal. Chabi, con su batica y sus dos años, estaba pegado de morros viéndolos maniobrar. ¡Esas vivencias que se llevó de su infancia rural!

Cambiamos de milenio. Y, los que se habían marchado a las ciudades, comenzaron a recuperar los matacerdos colectivos en los pueblos. Como una fiesta. Como una forma de transmitir el saber hacer de los abuelos (conscientes del riesgo de pérdida). Como una ocasión de compartir un buen rato cerca de la hoguera. Como un modo de que sus hijos conozcan lo que ellos vivieron y que desaparece. Y llegaron las denuncias desde asociaciones animalistas. Alguien había pensado que los niños sufrían traumas al ver matar a un tocino. Ni en la intimidad (ámbito familiar) ni en el ámbito colectivo (festivo o escolar) se podía vulnerar la sensibilidad de estos espíritus .... urbanos. Y se prohibieron dichas matacías colectivas. Los valores de las nuevas generaciones, criadas entre el hormigón y el asfalto, habían ganado la baza a la cultura rural. Esta vez de la mano del animalismo.

Entre la poca claridad de las ideas de algunos periodistas y la interesada estrategia de algunos sectores animalistas hay un interés especial en mezclar la conservación de los ecosistemas con los derechos de los animales. Recomiendo la lectura del artículo "El ecologismo no debe caer en la trampa del animalismo" del investigador y divulgador Javier Yanes. O la del titulado "Vocación salvaje" del doctor Francisco Ferrer (Instituto Pirenaico de Ecología). En este último, además de describir el reciente fenómeno de la edición de libros que tratan sobre el retorno a la naturaleza, desde su vivencia y en la que (con nuestras contradicciones) muchos nos sentimos identificados, termina con un texto que me permito compartir:

Pero un infectante virus, surgido del mismo invernadero que el ecologismo, amenaza con acabar con la vuelta a la naturaleza, con su disfrute e incluso con su estudio; estoy hablando del animalismo, esa religión auspiciada por las empresas productoras de alimentos, medicinas, cosméticos y demás sofocantes complementos de la vida artificial de artificiales gatos, perros y peces multicolores, que sustituye al naturalismo, a velocidad inusitada, en las preferencias ternuristas pequeño burguesas. 

Ya no queremos salir al monte a contemplar el abejaruco, preferimos llevar a nuestro gato al gabinete de acupuntura; pronto resultarán incomprensibles las palabras del gran Gary Snyder (San Francisco, 1930): "Lo salvaje, tantas veces despachado como caótico y brutal por los pensadores civilizados, responde en realidad a un orden imparcial, implacable y hermoso, a la vez que libre".

Dándole vueltas al tema, uno acaba viendo cómo se esterilizan gatos y perros para que no críen gatitos y perritos que nos estorban y no nos atrevemos a matar. Al parecer, no nos sentimos mal al actuar entonces "como dioses" decidiendo sobre la fecundidad y esterilidad de los animales. Pero si un abuelo mete en un saco a la camada y la ahoga en el río, entonces lo denunciamos por cruel. U organizamos un "comando de rescate" y todavía nos sentimos más reconfortados.

En el mejor de los casos, cuando un animalista (no quiero entrar en el terreno de los veganos) cultiva su huerto ecológico, hecho que me parece muy bien, al cavar con la azada causa la sobreexposición a la luz a miles de ácaros o colémbolos, que sufren si no mueren. Sin contar las lombrices que parte por la mitad. Estos animales no tienen los ojos de un gatito pero tienen su sensibilidad y sufren igualmente. Convendría que algunos repensaran en esto. 

Y, mientras tanto, uno lee las entrevistas a Stefano Mancuso, neurofisiólogo vegetal de la Universidad de Florencia, tituladas "Las plantas tienen nuestros cinco sentidos y quince más" o "No hay diferencia entre la inteligencia de los animales y la de las plantas". Es un descubrimiento reciente el que los vegetales tienen capacidad para recibir estímulos y para emitir mensajes. El desconocimiento y el antropocentrismo nos había hecho creer que solo tienen sensibilidad los organismos con neuronas. Este argumentario convenía al animalismo también. Y ahora viene la ciencia y nos dice que también la acelga acusa cuando le  arrancas sus hojas, que la tomatera sufre cuando esborlizas los brotes axilares o cuando desarraigas las hierbas al labrar el huerto. ¿Somos sensibles con el perrito pero no con la tomatera del huerto urbano? Los (frágiles) argumentos de esta corriente se desmoronan. 


Y digo todo esto, en lo que llevo pensando desde hace tiempo, por un asunto que estos días me ha llamado la atención. El próximo día 17 de diciembre las gentes de la Asociación Cultural Las Fuentes organizan una jornada de fiesta con un concierto de Mayalde, un concurso de morra, una comida de carne asada de cerdo y una verbena con un famoso pinchadiscos de Teruel. Aunque imagino que no hay sacrificio público del tocino, los organizadores le han llamado "La Fiesta del Matacerdo" por aquello de celebrarse en diciembre e, imagino, por ser la comida popular. Y esto ha herido la sensibilidad de alguno a quien molesta que las gentes de Fuentes Calientes sigan abrazando al especismo y a las rancias tradiciones rurales. Con lo que se lleva ser vegano en California. En fin, bromas aparte, que a Teruel también ha llegado el debate animalista. 

Lo que menos me preocupa del tema es la visión waltdisneyniana de la naturaleza que se está inoculando en sectores juveniles. Es fruto de criarse lejos del campo, del mascotismo y de la educación sobreprotectora. Lo que me preocupa es que se refuerza al modelo del urbanita. El de aquel que considera a la naturaleza como un parque temático y a la gente de los pueblos como un conjunto de salvajes por civilizar. Esta es la última versión del tradicional desprecio de las gentes de ciudad hacia las de pueblo.  

Por todo esto, el 17 de diciembre, si todo va bien, nos subiremos a escuchar a Mayalde y a compartir un buen rato con las gentes del Campo Visiedo bajo una noche estrellada, como los galos de la aldea de Astérix, pero esta vez ... dejando cantar al bardo.

¡Nos vemos en la Fiesta del Matacerdo de Fuentes Calientes!

16 comentarios:

Jesus Lechon dijo...

Yo también me crie entre animales, y leerte hoy ha sido triste y reconfortante a la vez… dando la impresión de que al menos por una vez, cualquier tiempo pasado fue mejor…

La última navidad que matamos tocino, cuando ya hacía varios años que en casa ya no te dejaban, lo hicimos en una granja, consciente de que aquello se acababa, me lleve la cámara para, estaría mal decir inmortalizar el momento, para dejar constancia sin más…

Tenían tanto miedo a vete a saber qué, que no me dejaron hacer ningún retrato…bien se han arrepentido con el tiempo, pero en aquel momento había miedo. Mi padre me dejo agarrar la pierna delantera a la hora de degollarlo, y aquel día me hice mayor, siempre había tirado de una trasera junto a los abuelos…

Lo has dicho todo, … recuerdos a las gallinas, algún día dejaran de poner, y te verás en la “tesitura”, que diría mi abuela de tener que darles matarile aún habiendo sido ellas tan generosas contigo… No dudes en llamar

Añadir que tengo una pareja de canarios, sumidos en la clandestinidad, aun viviendo en una tierra como esta, otrora tan amante de los pájaros cantores, cansado ya de que me recuerden lo cruel que soy con ellos,… y lo molesto que es su canto a determinadas horas. Por qué no adoptas un gato me dicen, el animal de moda, porque no tengo ratones, contesto…

JESUS

PD Por el contrario cada vez más, los documentales de naturaleza son más crueles, por parte de la National Geografiph, que es quien marca la tendencia por así decirlo… documentales de Dos Rombos,.. ¿a donde vamos a llegar?

Jesus Lechon dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Emilio Bobed dijo...

Buenos dias
Me parecen muy buenas e interesantes reflexiones en una sociedad inmersa en tantas contradiciones.
Deberiamos aprender de observar nuestra naturaleza mas proxima
Gracias Chavier por tus apreciaciones tan cerca de nuestras sensaciones
Emilio Bobed

Silvia Escriche dijo...


Para comenzar creo que voy a definir un poco varios conceptos, por si alguien no los tiene muy claros. El ecologismo no es ningún tipo de ciencia, sino un movimiento sociopolítico que propugna la defensa de la naturaleza y la armonía entre esta y el progreso. Bien, continuemos, la ecología es la CIENCIA que estudia las relaciones de los seres vivos entre sí y con el medio en que viven. Ahora bien, claro que el movimiento animalista no es sinónimo de ecologismo, pero a la par que ecologismo no lo es de ecología, por incoherente que suene. Me atrevería a decir que el animalismo es una rama del ecologismo, ¿por qué? Muy simple, ¿acaso el vivir en armonía con otros animales no forma parte de la defensa de la naturaleza? Pero va más allá, no todos movimientos animalistas van destinados hacia animales de consumo cárnico, ni se centran en ‘’estupideces’’ (así, con comillas) como el castrar para evitar una sobrepoblación de gatos callejeros, por ejemplificar en lo más nombrado. Sino que dichos movimientos animalistas también van destinados a todos aquellos animales y por ende demás biodiversidad, (así como propias tribus de las zonas) que la gran industria cárnica se está encargando de deforestar y extinguir en gran medida, os pongo el ejemplo más conocido: Amazonas. Solo hay que mirar la elevada pérdida de la biodiversidad que se está convirtiendo en un auténtico atentando medioambiental. Desde mi punto de vista, aquella persona que alardee de ecologista y sin embargo, consuma carne de cualquier tipo de dichas industrias no dista de la más absoluta de las hipocresías. Si quieres consumir carne de tu propio ganado vale, perfecto, cada cual desarrollará su ética y empatía que crean necesarias. Pero no juzgues de tales maneras. Segunda cosa, el refugio de que el ganado es necesario para la conservación de muchos de nuestros medios naturales no me vale. Es cierto que pueden ayudar en determinadas circunstancias y siempre con regulación, un ejemplo de ello es el cerdo ibérico y su ayuda a desbrozar dehesas, aunque también hay otras muchas maneras. Pero también es cierto que el pastoreo ha acabado erosionando gran cantidad de tierras. Cada cual, como siempre, defenderá y desarrollará la postura que más conveniente vea.

Silvia Escriche dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Silvia Escriche dijo...

Tercera cosa, es cierto que muchos movimientos animalistas nacen de núcleos urbanos, en ellos critican y atacan a las industrias cárnicas por el abusivo trato que reciben los animales, por la objetivación de dichos seres vivos. Porque debido a su estilo de vida dependen del abastecimiento de supermercados y por tanto, de las industrias. Porque allí no tienen disponibilidad alguna de adquirir otros productos y vista nuestra demanda, este sistema productivo no va a cambiar. ¿Porqué alguien que se considera ecologista critica tanto a los animalistas de ciudad, encasillados ya todos como veganos y vegetarianos, y sin embargo, a todas aquellas personas que no tienen ni una mínima conciencia sobre nada, que sus niveles de ataques al medio ambiente seguro doblarán a estos primeros, y sin meterme ya en ámbitos de tradiciones rurales, jamás son repercutidos con nada?
Y sí, me considero animalista y sí, soy una persona que se ha educado plenamente en una cultura rural. En ella he visto matar a infinidad de animales y he ayudado posteriormente a arreglarlos. La sangre y la muerte es algo que he visto como algo natural a lo largo de mi vida y en cierto modo, así es. Todos nacemos y morimos, pero las maneras cambian. El hecho de que no se deje realizar prácticas como los tan conocidos mata cerdos no debe acuñarse a meros movimientos animalistas sino que, una vez más, la industria es quien anda detrás de todo ello. ¿Qué le pasaría, por ejemplo, a la industria porcina si todos nosotros hiciésemos nuestros propios mata cerdos y no necesitásemos adquirir dicha carne en supermercados? Pues eso, las palabras sobran.
Para acabar, por fin, diré que no estoy en contra de una alimentación omnívora, creo que en nuestra alimentación debería ir acorde con el autoabastecimiento y por lo tanto, con el medio en el que hemos nacido. Cultivos que se adapten a las diferentes características edafoclimáticas. Creo que todos deberíamos conocer las costumbres con las cuales nuestros antepasados subsistieron pero también creo en el avance y progreso y en la cohesión entre ambos, propiciando así un estilo de vida más acorde con el medio ambiente y toda su diversidad.
A si que, por favor, deja de generalizar. Ni todos los animalistas son unos urbanitas sin conocimiento, ni todos aquellos que alardean de ecologistas saben de que hablan.

Firmado: chica vegetariana criada en una cultura rural.

elcisnenegro dijo...

Recuerdo perfectamente la primer vez que vi la matanza del cerdo. Estaba contagiado por la alegria y el entusiasmo de quirnes me rodeaban, pero al llegar el momento del cuchillazo, el cerdo se puso a gritar mirandome. Los ojos de un cerdo se parecen mucho a los humanos, eñ bicho gritaba y gritaba mientras se llenaban todas esas pañanganas de sangre y seguia mirandome. Cuando se le acabo la sangre el tocino aun gritaba, me eche las manos al pecho imaginandome como era posible que el corazon del cerdo siguiese latiendo sin sangre...
Desde entonces siempre que podia me escapaba de la matacia y tuve suerte porque al entrar al colegio solía coincodir el horario escolar con la matanza. En los pueblos siempre nos reiamos de la cara que se les ponia a "los de la capital" cuando veian una matanza, pero aunque yo siempre lo he ocultado para no ser calificado de "poco hombre" yo nunca la pude soportar tampoco. Hay que respetar sensibilidades.

Patricio dijo...

Me ha gustado mucho leer el post de Chabier. Narra muy bien las contradicciones en las que vivimos los que tenemos sensibilidad por la naturaleza al mismo tiempo que cariño por un mundo vida rural, en cuyos últimos momentos tuvimos el privilegio de empezar a descubrir la vida.
Yo también crecí con esas contradicciones, como imagino otros muchos de nuestras generaciones. Pronto a esas contradicciones sumé las de “escapar” de la ciudad para acabar viviendo en una “urbanización” en las afueras donde disfrutar de un entorno más natural para criar a mis hijos y respirar aire. Pero eso sí, consumiendo muchos más recursos. También mi trabajo como ecólogo me ha traído nuevas contradicciones ¿Pongo el foco en estudiar sistemas naturales (el funcionamiento de los ecosistemas y la evolución) o lo pongo en cómo remediar los estropicios que hacemos los humanos (reforestación, revegetación, etc.).
Sin embargo, la contradicción más sentida la vivo continuamente. Me ocurre cuando en cualquier desplazamiento o viaje asisto a un atardecer en esos campos vacíos de Teruel, o en unos bosques, matorrales o desiertos aparentemente interminables de cualquier otro lugar del mundo. Siempre siento que en ese mismo momento preferiría estar haciendo interminables travesías por esos sitios, explorándolos, durmiendo al aire libre, como si fuera un “Mountain man” de Vardis Fischer (una de las novelas en que se basó “Las aventuras de Jeremiah Johnson” de Sydney Pollack). Pero la realidad es siempre otra. Uno no vive solo, como lo hace el protagonista de la novela, sino que vivimos en una sociedad más populosa que ese paraíso natural de la novela y también más que ese mundo rural al que alude Chabier. Y esa sociedad está también más interconectada y es más tecnológica. Lo que nos permite, por ejemplo, disfrutar de unos alimentos que nuestros abuelos no imaginaban que existían, al tiempo que comer fuera de temporada los alimentos que ellos obtenían de sus huertas. Y ello nos trae nuevas contradicciones. Por un lado, este estilo de consumo tiene un coste energético alto. Por otro lado, su producción conlleva muchas veces la explotación de otros seres humanos en condiciones indeseables. Pero por otro, también podemos utilizar ese consumo responsablemente, favoreciendo a comunidades más justas y ecológicas que de otra manera no podrían subsistir o favoreciendo que ciertas variedades de cultivo no se pierdan.
En fin, contradicciones al fin, que tenemos que ir corrigiendo y limando. Pero para ello hace falta por un lado, que veamos o nos hagan ver esas contradicciones, como ha conseguido la polémica originada por este post. Y, por otro, que desde ese conocimiento, queramos buscar caminos para resolverlas o paliarlas. Y no existe un solo camino. Seguro.

JOSE MARIA DE JAIME dijo...

Querido Chabier:
Ya sabes que en relación al ecologismo, al medio natural y a la vida en general, a veces estamos de acuerdo y a veces discrepamos. En el fondo y en la forma del artículo sobre el matacerdo, estoy plenamente de acuerdo contigo. Sólo se me ocurre añadir que grandes naturalistas de todos los tiempos, desde Aristóteles hasta hoy mismo, están convencidos que todos los seres vivos, todos, incluidos vegetales y formas de vidas inferiores como bacterias o virus, tienen plenamente desarrollada la capacidad sensitiva (entre otras varias). Así que si queremos evitar sufrimientos ajenos lo tenemos difícil. ¿Por qué hemos de usar antisépticos o antibióticos para combatir las infecciones? Aunque sean remedios vegetales de la botica de la abuela. ¿Qué gracia le hará a la mata de tomillo que le vayan arrancando sus ramas para hacer infusiones con éllas? ¿Nos dejamos nosotros cortar los brazos?
Tu hermano.

Anónimo dijo...

Hola,
en mi humilde opinión, es bueno que se debata y se pongan ideas sobre la mesa. Eso sí, aún con todas las discrepancias que puedan caber entre gente que sólo se considera ecologista y gente que sólo se considera animalista, creo que sería un error el enfrentamiento y el distanciamiento. Por supuesto, como es mi caso y el de tantas otras personas, me considero ecologista y “animalista”. Entrecomillo animalista porque los medios de comunicación han acuñado un término que, aunque haya colectivos que hacen suya la denominación, al final, de cara al gran público, es un cajón de sastre donde caben personas con pensamientos muy diversos.

Francamente, si hay estudios científicos serios sobre la posibilidad de que los vegetales y otros organismos, además de los animales, también sufran, sería muy interesante conocerlos. Cuando haya varios y puedan contrastarse veremos si arrojan o no una nueva luz sobre estas cuestiones. A día de hoy, lo que tengo entendido es que los seres con sistema nervioso central tienen la capacidad de sufrir, lo que incluye a muchos animales (no sé si todos). Los vegetales, dependiendo de las características de cada especie, pueden llegar a acusar, dar muestras de reacción ante, p. ej., una mutilación -no deja de ser un organismo vivo que sufre una alteración y actúa ante ella-, pero no sufrimiento. Tener sentidos no equivale a sufrir.

Comparar arrancar una remolacha, segar un campo de trigo o coger setas, con cortarle el cuello a un cerdo o pegarle un tiro a un corzo… no lo veo equiparable.

En lo tocante a animales de compañía, domesticados hace siglos, que dependen por activa o por pasiva de nuestra especie, creo que es obvio que, hagamos lo que hagamos, tenemos que ocuparnos de ellos e intervenir en sus vidas de una manera u otra, pues somos los seres humanos los responsables de su proliferación y de su existencia como especie. En este contexto de intervención obligatoria y ante la reproducción incontrolada –o por afán de lucro- de millones de gatos y perros, hay que actuar, por su bien y por el nuestro. Me parece más cruel –en la mayoría de casos- abandonar en la calle a un gato o perro –sea cachorro o adulto- que acabar con la vida de una camada, aunque también sea cruel. Puesta nuestra especie ante esta tesitura, es preferible que toda aquella persona que pueda esterilice a sus perros y gatos, sean machos o hembras. Igualmente, cualquier persona que no pueda tener en condiciones un perro o gato, es preferible que no lo tenga.

(1), sigue...

Anónimo dijo...

¿Significa esto que una persona nacida y criada en el medio rural (o urbano, que también) y acostumbrada a acabar con cada nueva camada de cachorros es una persona cruel -en sentido general-? A mi modo de ver, no necesariamente y no en la mayoría de los casos… pero eso no debería ser óbice para que quien pueda, esterilice. Para que cunda el ejemplo de que si, por las circunstancias o convicciones personals, no se va a poder ocupar esa persona de su perro o gato o va a tener que matar a sus cachorros porque no tiene acceso a la esterilización, elija no tenerlo.

Gastar dinero en esterilizar a tu gata o perro o en llevarlo a la clínica veterinaria cuando es preciso es, todavía hoy, algo impensable para mucha gente, pues se coloca en la escala de valores a la perra o el gato al nivel de un objeto, no de un ser vivo a nuestro cargo capaz de expresar alegría y tristeza, de sentir placer y dolor. Cualquier persona que haya convivido con perros o gatos y les haya prestado un mínimo de atención percibe que cada cual tiene su carácter, su forma de ser… y todas diferentes entre sí. Sabemos cuándo están tristes y cuándo están alegres, de la misma forma que, sin necesidad de hablar, notamos la alegría y la tristeza en las personas. Cuando empatizas con un animal de otra especie es imposible aceptar que, cuando lo creas oportuno, vas a retorcerle el cuello y matarlo. Más teniendo en cuenta que su muerte no es necesaria para nuestra vida.

Un apunte: apostaría que cualquiera de las personas que estáis leyendo esto veis positivo que haya remitido mucho, en general, la práctica de matar gatos en las calles a pedradas… que muchas personas han practicado en su niñez.

Un campo en el que ecologismo y animalismo se podrían dar la mano es en evitar la entrada masiva de nuevas especies en la categoría de animal de compañía. Dicho de otra forma: perros y gatos ya están y es suficiente. Habría que tratar de impedir y revertir la moda de incorporar todo tipo de animales –exóticos o no- a la categoría de “doméstico”, “de compañía”, “de ornato” o cualquier otra que no sea la suya natural: silvestre o salvaje. Es necesario enseñar que los animales, en general, deben estar en su hábitat correspondiente y no en una habitación de nuestra casa.
(2) sigue...

Anónimo dijo...

Creo que las personas de ciudad (¿existen en esta provincia?) que todavía hoy desprecien de alguna manera o piensen que deben “civilizar” a las personas “de pueblo” son pocas en número, mal informadas y no muy relevantes. Hablando en general. A nivel estatal, desde mi percepción y experiencia personal, creo que hoy día cualquier persona urbanita que minusvalore o pretenda “corregir” –por la razón que sea- a la gente del medio rural por el mero hecho de serlo, causa más risa y rechazo que otra cosa (afortunadamente). Al menos, entre gente un poco sensata.

La cuestión de fondo, más allá de perros y gatos, es tan simple como qué responde cada persona a la pregunta: ¿necesito comer carne de otros animales para vivir, sí o no?

Se viva en un pueblo o en una ciudad, creo que la respuesta es evidente: se puede vivir sin consumir productos animales de ningún tipo. Al menos, un alto porcentaje de la población humana mundial, podría. Aun siendo hoy minoría, hay millones de personas que viven día tras día sin consumir ningún producto de origen animal, y con buena salud (sin entrar en circunstancias añadidas de cada persona concreta). Quien quiera puede encontrar estudios sobre nutrición vegana en internet.

En el artículo, acertadamente, se señalan varias de las razones ecológicas por las que conviene consumir nosotras y nosotros el producto de la agricultura y no usarlo para criar animales. Habiendo proteína vegetal no es necesario consumir la animal, máxime cuando producir un kilo de proteína animal cuesta muchísimos kilos de vegetales y muchísimos litros de agua dulce más que producirlo en vegetal. Desde organismos vegetales se pueden obtener todas las proteínas necesarias para la especie humana.

Es trágico que en nuestra sociedad la gente que sale de las facultades de medicina repitan acríticamente que “una alimentación sana y equilibrada consta de carne, pescado, lácteos y vegetales”… cuando es una absoluta mentira. Hoy por hoy, de la misma manera que es cierto que hay empresas fabricando cosas útiles para nuestros perros y gatos… como hay muchas también fabricando multitud de objetos estúpidos y prescindibles para perros y gatos. Como nos pasa, por desgracia, en casi todos los ámbitos, en esta sociedad tristemente consumista. Por supuesto, hay también empresas y lobbys poderosos a nivel mundial, empeñadas en que sigamos consumiendo lácteos, pescados, carnes y otros productos animales aunque no nos sean necesarios o, incluso, resulten perniciosos. Tanto para nuestra salud, como para los animales, como para el planeta en el que vivimos y nuestras expectativas de futuro.
(3)sigue...

Anónimo dijo...

Lo que nos falta es perder parte de las costumbres y apetencias culinarias en las que hemos sido educadas y abandonar, por supuesto, esa dañina y generalizada idea humana de que tenemos derecho a usar, en sentido amplio, cualquier cosa, planta o animal que haya sobre la faz del planeta. Una cosa es que podamos hacerlo y otra muy diferente que debamos o que sea conveniente. El problema es que nuestra especie todavía no ha superado la explotación de unas personas a manos de otras. Como sabemos, hay muchas personas que, con sus decisiones, condenan a la miseria o a la muerte a millones de semejantes. Esto hay que cambiarlo y es prioritario, pero que tampoco nos impida, mientras tanto, dar un mejor trato a los animales y al medio ambiente. Pues también ahí nos va el bienestar general.

Criar cerdos para matarlos en el corral de casa o tenerlos en granjas industriales -que no se pueden ni mover- para acabar con su vida en un matadero industrial no tiene demasiadas diferencias... aunque seguro que vivirán mejor en el corral, está claro. Entiendo perfectamente y comparto la sensibilidad de no matar al cerdo en público: es atroz e innecesario. Nunca deberíamos hacer un espectáculo de la muerte de un animal... pero pierde mucho sentido si evitamos esto y, simultáneamente, callamos o miramos hacia otro lado mientras acaban con ellos en un matadero, en unas cantidades de vértigo y con igual sufrimiento. Lo importante es darse cuenta de que las personas no necesitamos matar cerdos.

Entiendo que cada persona somos un mundo y cada cual lleva sus procesos y cambios (o no) al ritmo que puede, pues comprendo muy bien que hacer el esfuerzo de cambiar nuestras costumbres no es nada fácil, pero creo que deberíamos reflexionar sobre la hipocresía e incongruencia que supone amar a los animales salvajes, observarlos, conocerlos y fomentar su conservación; estar en contra del sacrificio público del cerdo (y otros animales); de la tortura y muerte de toros y vaquillas ; estar a favor del cuidado, adopción y protección de perros y gatos… para luego llegar a la tienda o al super y comprar un bacalao de algún lejano mar contaminado y sobreexplotado o una bandeja de plástico con jamón de york de cerdos que han vivido entre barrotes, llenos de antibióticos y torturados hasta el día de su muerte… pero nos cuesta percibirlo, porque son torturados y muertos lejos de nuestra vista, nuestra conciencia y nuestra sensibilidad. Las patronales del sector saben bien que, mientras la gente no vea cómo mueren los animales que se comen, tienen casi asegurado que los seguirán consumiendo.
(4) sigue...

Anónimo dijo...

No veo contradicción en la vuelta a la Naturaleza o en una mucho mejor relación con la Naturaleza (partiendo de que hablamos con respeto hacia la misma) y no matar animales. Se viva en un “pueblo” o en una “ciudad” (aunque sería deseable, poco a poco, ser capaces de abandonar el modelo urbano). Que lo consigamos o no, depende mucho más de cuestiones políticas y sociales internas de la sociedad mundial humana que de comer carne o no o matar animales o no. Como las personas hemos sido incapaces, todavía hoy, de garantizarnos mutuamente unas condiciones de vida dignas para cada hombre y mujer que pisa este planeta… pues todos los demás asuntos quedan relegados o se tocan de soslayo. Así nos va.

Por cierto, aunque algunas personas animalistas quizá no se den cuenta, como muy bien dice el artículo: comiendo vegetales se matan animales también aunque se cultive en ecológico. Una cosa sí: también se matan muchos menos que siendo omnívoros. Por tanto, lo del especismo habría que tomarlo con calma… pues estamos abocadas a matar a algunos animales. Reducir muertes y sufrimientos es posible y deseable, evitarlas todas, no.

Creo que el impacto de los rebaños de ganado doméstico en la Naturaleza tiene aspectos positivos y también muchos negativos. Sin entrar a analizarlos, si llegásemos a una sociedad sin ganado doméstico, la fauna hervíbora silvestre podría cubrir fácilmente dichos beneficios de la ganadería y sus depredadores naturales controlar, a su vez, estas poblaciones… si no hubiese humanos que se dedicasen a cazar como pasatiempo. Que una persona, por costumbre de su entorno o por necesidad, cace, puedo hasta justificarlo en algunos casos y en la actualidad; que una persona mate o torture animales como divertimento, no.

(5) sigue...

Anónimo dijo...

Por supuesto, por nuestro propio bien como especie, espero que algún día abandonemos las ciudades y, como dice el artículo, volvamos a la Naturaleza y/o a comunidades más racionales y respetuosas con el medio ambiente. Eso sí, teniendo claro que podemos elegir como hacerlo. También estoy a favor de la autonomía de las personas y la no dependencia de tecnologías, agentes externos y/o “superiores” para cosas cotidianas de nuestras vidas. En el ejemplo de antes, llevar a la perra a esterilizar en vez de ahogar sus cachorros en la acequia es una pérdida clara de autonomía y un desembolso económico pero, si la sociedad humana estuviera organizada de forma diferente, mejor y más justa de lo que está ahora, sería compatible la cultura de la esterilización sin perder autonomía como personas individuales ni como comunidades humanas. Como no estamos en esa situación ni sabemos si llegaremos, quien pueda, que esterilice; quien no, si puede ser, que no tenga perros ni gatos. Y, por favor, basta de comprarlos, adoptemos. De protectoras, perreras o de particulares, pero quien quiera un perro o un gato, por favor, que no fomente el negocio ni los criaderos.

En cuanto a las costumbres y tradiciones, sean rurales o urbanas, sean del ámbito alimentario o de cualquier otra índole, creo que, a nivel de “sociedad” es necesario conocerlas, estudiarlas, saber cómo y por qué se hacían unas cosas y no otras, e ir transmitiendo este conocimiento. Ahora bien, para avanzar, para mejorar nuestras vidas y nuestro entorno, deberíamos poner en cuestión todas y cada una de las tradiciones y costumbres, sabiendo dejar atrás las que consideremos que ya no sirven y modificando o manteniendo las que nos son útiles. A menudo asistimos a una actitud de conservación de las tradiciones por el mero hecho de serlo. Esto no tiene sentido ninguno. Si nos limitamos a repetir lo que hacían generaciones anteriores sólo para “que no caiga en el olvido” o “porque se ha hecho “siempre”, cometemos un error; si despreciamos o descartamos automáticamente todo o buena parte de lo que se venía haciendo “porque es antiguo” o cualquier otra consideración arbitraria “postmoderna”, cometeríamos otro error. Que no nos lastre el miedo, la pereza o el apego a lo vivido para poder avanzar y que no nos pierda la arrogancia, ni las tecnologías, ni ninguna otra causa para no conocer y aprender cuanto podamos del pasado.

Ojalá las personas ecologistas sean más animalistas y las animalistas más ecologistas.

Mis disculpas por la extensión. Gracias por este espacio de expresión y felicidades por el blog, que es muy interesante.

Saludos

Davicico de Teruel dijo...

en uno de los links que das sobre los estudios de los sentimientos de las plantas podemos leer:
-Las plantas están diseñadas para ser comidas y el dolor es un mecanismo de defensa de los animales para huir del peligro. Las plantas no pueden moverse. No creo que sientan dolor, pero no hay evidencias en un sentido u otro.