Natura xilocae

Journal of observation, study and conservation of Nature Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal de l'observation, l'étude et la conservation de la nature et des Terres de Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal der Beobachtung, Erforschung und Erhaltung der Natur und der Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Gazzetta di osservazione, lo studio e la conservazione della natura e Terre Jiloca Gallocanta (Aragona) / Jornal de observação, estudo e conservação da Natureza e Jiloca Terras Gallocanta (Aragão)

miércoles, 15 de octubre de 2014

VI FIESTA DEL CHOPO CABECERO: SABOREANDO EL OTOÑO EN EL VALLE DEL AGUASVIVAS

La cuenca del Aguasvivas es uno de los territorios más sorprendentes y desconocidos del sur de Aragón.

El río Aguasvivas nace en Allueva, en un estrecho valle situado entre la sierra de Pelarda y la de Oriche, y desemboca en el río Ebro, junto a La Zaida, resolviendo en su escaso centenar de kilómetros de longitud el desnivel existente entre el monte de La Ería (1.407 m) y el Ebro (135 km). Una compleja red de arroyos y barrancos drenan un amplio territorio a través de pequeños ríachuelos, como el Cámaras o el Santa María. Unos y otros conectan la Rama Aragonesa de la cordillera Ibérica (que después se interna en las Serranías Montalbinas) con el valle del Ebro. Estamos, pues, ante un somontano. Una tierra de transición cuyas aguas –y gentes- miran hacia el gran valle, por donde entra el efecto benéfico del aire del Mediterráneo y por donde lo hicieron desde muy pronto las primeras culturas humanas.  

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Este poblamiento tan temprano es la causa de la profunda humanización del paisaje. Los carrascales y rebollares quedaron acantonados en las sierras. Los fondos de valle y las laderas bajas fueron puestas en cultivo y las de mayor pendiente se dedicaron a pastos para el ganado. Una colección de pequeños pueblos se extiende por este conjunto de valles, organizados por el río que los árabes llamaron Albayar, el Aguavivas.

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Múltiples son los posibles rincones naturales a conocer. La Muela de Anadón, como un dios que ya no ampara.

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El avellanar y las centenarias carrascas de El Colladico. El valle del río Nogueta (o Santa María) con sus frasnos en la ribera y su frondoso carrascal. El desfiladero de los Baños de Segura. La Modorra de Cucalón. O la de Bádenas, con sus rebollares y acebos venteados. Los carrascales y pinares de rodeno de la sierra de Herrera. Las rocas volcánicas de Loscos. La preciosa rambla del Cámaras en Azuara. Y muchos parajes más.

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Son paisajes de una sobria belleza. Paisajes culturales e históricos que nos hablan de un clima seco y frío. De ramblas y riachuelos de escaso e irregular caudal, aprovechados hasta lo imposible desde la época romana. De pequeñas huertas alimentadas por acequias. De perdidos viñedos. De ganados de ovejas y cabras que lamían los tomillos y romeros. De oliveras en la tierra baja y de carboneros en la sierra. De bancales que aprovechan cualquier rincón con suelo. Y, recientemente, de pinares que ocuparon los montes –y a las últimas gentes- de unas tierras que se despoblaban deprisa en los ‘60.

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Pero también es un paisaje definido por un modesto árbol que, durante siglos, aprovisionó de madera, leña y forraje en un territorio en el que los bosques prácticamente habían desaparecido. Un árbol plantado, cuidado y podado, a turnos de doce años, para producir vigas y otros materiales. Un árbol útil que crecía en las orillas de los arroyos y acequias. El chopo cabecero, también conocido en la zona como chopa.

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Para celebrar la entrada del otoño paseando por la ribera del Aguasvivas, para saborear el color dorado de las últimas hojas de los chopos, para asomarnos al sobrecogedor paraje del Hocino o a las agudas crestas del castillo de Huesa, para conocer cómo se desmocha un chopo cabecero, para visitar un precioso molino y un museo de la carpintería, para debatir sobre los efectos ambientales de las obras hidráulicas en estos ríos de menguados caudales, para asombrarnos con unos árboles centenarios de formas tortuosas y rasgos sugerentes, para compartir charrada con gentes venidas de unas y otras tierras, para saborear la cerveza negra (o roya) del país, para ver buena fotografías sobre estos singulares árboles… En definitiva, para disfrutar con nuestra gentes y nuestros paisajes.

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Para todo ello … nos juntaremos el próximo día 25 de octubre en Blesa …

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y Huesa del Común ...

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Aprovecharemos también para inaugurar una exposición fotográfica y, acto seguido, y alrededor de una mesa, como en las grandes fiestas, dar buena cuenta de un exquisito plato de paella de verduras (con aceite de albahaca), otro de tacos de magro con tomate, regado con vino tinto de Lécera, y de postre … un trozo de tarta con cafecico/poleo.

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Mientras tanto, entregaremos el premio “Amigo del Chopo Cabecero” a Helen Read, una investigadora inglesa que lleva años dedicando sus esfuerzos en conocer, estudiar y difundir el valor de los árboles viejos y trasmochos europeos ofreciéndole un cariñoso aplauso. Y remataremos la jornada, como no puede ser de otra manera en una buena fiesta, con música. ofrecida –con toda su generosidad- por dos grupos de músicos amigos. Primero con las sentidas voces –y guitarra- de “Sintrom ni son”  …

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y después con las gaitas, dulzainas, curdiones y tambores de Bucardo, con los que nos arrancaremos algún bailable.

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El 25 de octubre. Blesa y Huesa del Común. No te lo puedes perder.

Para inscribirse hay información en: www.chopocabecero.com