Natura xilocae

Journal of observation, study and conservation of Nature Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal de l'observation, l'étude et la conservation de la nature et des Terres de Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal der Beobachtung, Erforschung und Erhaltung der Natur und der Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Gazzetta di osservazione, lo studio e la conservazione della natura e Terre Jiloca Gallocanta (Aragona) / Jornal de observação, estudo e conservação da Natureza e Jiloca Terras Gallocanta (Aragão)

martes, 19 de mayo de 2015

DOS ESPERAS EN LA MONTAÑA PALENTINA

Seis de la madrugada. Noche cerrada y cielo cubierto. Lleva lloviendo suavemente desde hace horas. Nos subimos al Defender  y, mientras recorremos pueblos y montes, Tino (Dos Aves) nos sitúa en la fenología de las dos especies más emblemáticas de la cordillera Cantábrica: el lobo y el oso pardo.
El oso pardo puede estar por cualquier parte. No es territorial y vaga por los montes. En estos días está comiendo herbáceas (lúzulas, cárices y gramíneas) en los prados de la media montaña, entre los 1.000 y los 1.500 metros de altitud. Precisamente a la altitud a la que nos encontramos ahora. Aprovecha estas hierbas antes de que se endurezcan. Después, siguiendo el ritmo de desarrollo de los prados, tendrá que ascender a zonas más altas. Paciendo, como si fuera una vaca. De hecho, no es raro observarlo alguna vez pastando junto a un rebaño de vacas entre las que pasa desapercibido con su pelaje pardo. Las (escasas) osas que parieron hace dos inviernos están a punto de dejar ya a sus jóvenes para que se independicen y entrarán en celo dentro de unas semanas. Las que lo hicieron el invierno pasado (igualmente escasas) van en compañía de sus oseznos. Las recién paridas están en sus oseras en las altas montañas. Los machos pueden estar por cualquier parte. Pero hay pocos, muy pocos. Los datos oficiales hablan de unos 30 ejemplares y cada año es noticia el número de hembras con cría. Un silencio espeso oculta el número de bajas. Es posible que la población no supere los veinte ejemplares. Una población que está en una situación muy difícil. Y que cada otoño e invierno queda a merced de la suerte en cada una de las docenas de batidas de jabalí que se realizan, en las que realas de perros baten los montes y en las que no siempre se sabe lo que ocurre en la soledad del monte.
Foto: Fundación Oso Pardo
El lobo ibérico es otro tema. En esta época del año comienza su celo en estas montañas. El otoño y el invierno son momentos difíciles. Este cánido sufre una intensa persecución. La Junta establece un cupo de lobos a matar por los celadores. En el sector central de la Montaña Palentina este año han sido doce ejemplares. Esta es la cifra oficial. La real nadie la sabe. Los grupos familiares, en general compuestos por pocos ejemplares, comienzan la temporada de cría muchas veces deshechos por la pérdida de alguno de los dos ejemplares reproductores o por la de individuos no reproductores, imprescindibles para mantener el funcionamiento de la manada. La desestructuración es permanente. La presión social es grande entre los ganaderos y, sobre todo, entre los cazadores. El método es conocido: abandonar una carroña de cérvido en un espacio abierto y esperar con el rifle apostado hasta que se acerque el lobo. Da igual que los lobos no causen daños al ganado. Da igual que exista una superpoblación de ciervos y que padezcan enfermedades. Da igual. El lobo dispone de mucho alimento en estos montes pero no tiene tregua. Es la paradoja. El lobo es impopular y los políticos gestionan el tema para mantener los votos.
Foto: Diario de Palencia (Hermanos Ruiz Díez)
Empresa difícil la de observar a estos magníficos animales, es el pensamiento que me viene a la cabeza mientras vamos viajando. 
Carreteras estrechas. Avanzamos despacio, a tiempo de evitar el atropello de sapos y erizos que dan sus últimos merodeos antes de que amanezca. Llegamos a un pequeño pueblo. Ni un alma. Seguimos por una mala pista que remonta poco a poco hasta ponernos en un collado. Estamos en la zona de reserva del parque natural de Fuentes Carrionas de acceso restringido.
Ya estamos en el destino. A partir de ahora, ni una palabra.
Nos alejamos del coche para asomarnos a un valle que se intuye entre la penumbra del alba.
El suelo está mojado. Cada cual se instala donde puede y se pertrecha de ropa y óptica para permanecer en silencio durante varias horas. Tres catalejos y otros tantos prismáticos para las cuatro personas. Y los paraguas o las capas, que comienza a llover.
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Ocho ojos para batir los prados, matorrales y los claros del bosque de varios cientos de hectáreas. Buscar en el bosque no merece la pena.
La mañana va entrando despacio. El cielo está cubierto y jirones de nubes ascienden desde el valle hacia los montes.
El silencio y la espera es excitante.
Estoy en el extremo oeste del grupo. A mi izquierda, y en un primer plano, la parte alta de un monte parcialmente cubierto de brezos. A media distancia se extiende un amplio valle con prados y pequeños robledales que se extienden hacia el pueblecico que casi se intuye. La mole caliza cierra por el norte ofreciendo una superficie susceptible para la prospección. Al fondo, dos lejanas montañas y una pista que se interna entre ambas.
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Este es el hábitat del oso pardo y del lobo ibérico. El hábitat de estos dos grandes carnívoros. Un paisaje humanizado, cultural.
Rebaños de vacas pacen tranquilas en el prado. Suena lentamente algún esquilo que rompe la quietud del amanecer.
Algunas nubes ascienden por el fondo del valle.
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No hay otra opción que dirigir la atención a aquellos montes aún descubiertos. A nuestros pies, en lo alto de un cabezo, una mancha de paja nos llama la atención. Son los restos de una paca depositada por la Junta mediante helicóptero durante este invierno con el fin de aportar alimento para los ciervos tras la copiosa nevada. La presión de los grupos animalistas motivó este tipo de iniciativas orientadas a tranquilizar a dichos sectores sociales. Da igual que exista una superpoblación de ciervos. Da igual que la copiosa nevada sea un proceso natural. Da igual que después haya que realizar caza selectiva. Da igual el presupuesto. El tema es acallar a este creciente sector social. Hay que salvar a Bambi.
Un rebaño de ciervas cruza esta mancha. Pacen el fresco pasto que crece entre las rocas y ramonean el brote del brezo. Están preñadas y tienen que comer para dos. Tienen que engordar para producir abundante leche para su cervatillo. Nos ven a distancia, indiferentes.
La llovizna cesa algún rato. Pero no se escampa la neblina que tapiza el paisaje.
Pacientes, seguimos prospectando cada rincón del monte.
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Avanza la mañana. La escasa luz permite prolongar la espera.
Tino advierte un grupo de jabalíes que se mueve por una ladera poblada de robles y brezos. Yo no los llego a ver.
Enfrente hay un extenso monte con peñascos y prados en los que pastan otras vacas. Esta lejos y la visibilidad es difícil, pero hay que intentarlo.
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Al norte, a lo lejos, hay una docena de kilómetros de montañas sin pueblo alguno hasta La Liébana, comarca cántabra con un poblamiento más disperso, con una mayor impronta humana en el paisaje. Esta soledad ofrece una tranquilidad relativa, al menos para el oso.
Para el lobo no hay paz. El mismo día que llegamos a la Montaña Palentina tenía lugar una batida de lobo en la parte cántabra del Parque Nacional de Picos de Europa en la que participaron 30 personas (una de ellas un agente del SEPRONA imputado por un hecho relacionado con caza ilegal de lobo en 2013) y en plena temporada de reproducción en la que fueron cazados dos ejemplares. Fue noticia en la prensa de Cantabria.
Hacia el este José Antonio cubría como podía un sector más boscoso e igualmente cubierto de nubes bajas … aunque con interesantes collados en los que, en cualquier momento, puede pasar de todo.
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Como la nubosidad baja iba a más decidimos levantar la posición y dedicar el resto de la mañana a conocer nuevos rincones de la montaña. Antes de subir al coche ya pudimos darnos cuenta de la abundancia de ciervos.
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Había excrementos por doquier a pesar de las bajas producidas en la población por las prolongadas nevadas.
Muy cerca encontramos los restos de una cierva. Tino dedujo que había sido cazada por el lobo y que aún volvería a comerse la piel, donde queda siempre algo de grasa.
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Sobre una escoba de la cuneta un lobo había dejado recientemente un excremento. Bien visible. Marcando territorio.
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Al volver la vista, entre los jirones de la niebla, la monumental montaña ofrecía una imagen legendaria que inevitablemente te traía a la mente a estas dos espléndidas especies.
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Aún volvimos al atardecer por estos valles a probar suerte.Y no la hubo pues estuvo lloviendo casi todo el rato en que estuvimos de espera. Eso sí, hacia el oeste pudimos oír claramente un disparo.
A la mañana siguiente repetimos la experiencia. Ahora bien, en otro paraje. En otro valle aunque a una misma cota en la que hace tan solo tres semanas estaba la nieve.
De nuevo llegamos al alba y nos posicionamos en un lugar bien elevado y con perspectiva sobre una serie de valles.
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Era una repisa con brezo, escoba y sabina rastrera que estaba colgada sobre una inclinada ladera.
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Era una mañana de frío viento y … de fina lluvia. Por el cercano collado entraban nubes desde el norte que, de nuevo, nos cerraban la visibilidad. Hacía frío.
De frente, una serie de cordales calizos ofrecían zonas de pastos salpicados de escobas y sabinas que descendían hacia los hayedos. Al fondo aún quedaban pequeños rodales de nieve.
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A mi derecha, tenía una ladera de prados y peñascos que me ofrecía, cuando la niebla se esfumaba, una buena perspectiva. Y que nos proporcionó muy buenos ratos. Una piara de siete jabalíes, todos de similar tamaño, se instalaron a hozar en el prado de la ladera.
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Tranquilos, ajenos a nuestra presencia, estuvieron levantando con sus hocicos los prados. Algo habitual en la especie, sí. Pero pudimos disfrutarlo durante una larga hora. Al igual que sus trotes y correrías. Tenían el pelaje muy oscuro y una densa crin negra sobre el dorso.
Posiblemente se trataba de los hermanos nacidos de la segunda camada del año anterior, abandonados por sus padres que, por estas fechas, entran en los amoríos de su primera cría.
Hacia el saliente, José Antonio y Tino cubrían los montes que se levantaban sobre el fondo del valle …
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Prácticamente no nos comunicábamos. Orientando el catalejos hacia un prado abierto en el bosque …
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… me pareció un lobo. Subía tranquilo. No podía ser. Efectivamente, no lo era. Era un perro pastor alemán, un alsaciano, que venía seguido por dos personas.
Grupos de ciervas pacían tranquilas entre las repisas calcáreas. Aún pudimos ver un macho, algo raro, pues por estas fechas han perdido la cuerna y se refugian en el bosque para sobrellevar este periodo de forma tranquila.
De vez en cuando, algún pequeño grupo de vencejos comunes atravesaba las nubes sobre el collado. El cuco, como un poseso, no paraba de cantar marcando su territorio de cría. Un par de chovas piquigualdas trazaban sus volantines nupciales con trayectorias de un paralelismo perfecto. Sobre nuestras cabezas, un acentor común reclamaba sobre la ramilla de una escoba.
Apostado sobre el catalejos, bajo la lluvia serena, te das cuenta que es el mundo el que se mueve. Que el monte sigue su ritmo y que, esta vez eres tú el que observas, eres tú el que percibes los cambios. Algo poco habitual.
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Y en frente, cientos de hectáreas en las que, sigiloso puede moverse el lobo. Y vuelves a batir con la mirada puesta en el catalejo. Vuelves a escrutar en cada rincón de cada monte por si aparece alguno de estos escasos carnívoros.
El silencio de estas esperas, la grandiosidad de la montaña y el poder compartir con amigos estas vivencias tiene un gran valor.
En una sociedad en la que la observación de la fauna se trivializa como un objeto de consumo más y en la que no se duda en recurrir a atajos (cebaderos) que alteran el comportamiento de los carnívoros y la naturalidad de los procesos, una experiencia como la vivida con Tino García te llena de una íntima alegría y satisfacción. Te hace comprender mejor cómo funciona la vida silvestre en el monte más allá de los documentales-trampa a los que nos hemos familiarizado.
Merece la pena aunque al volver no puedas decir aquello de “he visto oso”.

7 comentarios:

Agustin dijo...

Buenísima entrada Chabier, me ha hecho transportarme a las montañas palentinas y sentir que estaba al lado de tino esperando a que el lobo rompiera por un prado húmedo.
Enhorabuena por la crónica y una lástima que no lo consiguierais ver.

François Farratell dijo...

Excelente, yo también me he encontrado de repente -y sin saber cómo- en aquellas montañas.
Y esa sensación de volver sin el objetivo pero satisfecho al 200% no tiene precio. Creo que no demasiada gente sabe encontrarla, inmersas sus vidas en una carrera de trofeos: coches, casas, viajes, fotos... donde lo único que cuenta es eso, el trofeo.
Leo el blog puntualmente aunque "hable" poco, pero no podía dejar pasar esta entrada callado
¡gracias por este rato!

Anónimo dijo...

Gran estrada, casi noto la humedad del ambiente.
Dos especies en peligro por culpade otra.

Chabier dijo...

Gracias amigos. Tal vez el auténtico objetivo sean las verdaderas vivencias. A estas alturas, uno ya se cansa de "coleccionar cromos" ....

Anónimo dijo...

A mi también me ha agradado esta entrada, pues me encantaría poder esperar ver lobos (u osos) desde un buen apostadero.

Pero también me deja mal cuerpo ante la impotencia de que hoy, a año 2015, tanto la administración como la gente sigue matando lobos como y cuando quiere, y lo que aún es peor, que cada vez consiguen más que la sociedad perciba al lobo como algo negativo.

Vamos hacia atrás.

Saludos

Anónimo dijo...

Muy buena entrada, muchas gracias por compartir experiencias así. Saludos

Anchel dijo...

Chapo papa...pedazo de entrada. Me ha gustado mucho...a ver cuando puedo ir a algun viajecico asi...como el del lince. Un abrazo.