Natura xilocae

Journal of observation, study and conservation of Nature Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal de l'observation, l'étude et la conservation de la nature et des Terres de Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal der Beobachtung, Erforschung und Erhaltung der Natur und der Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Gazzetta di osservazione, lo studio e la conservazione della natura e Terre Jiloca Gallocanta (Aragona) / Jornal de observação, estudo e conservação da Natureza e Jiloca Terras Gallocanta (Aragão)

viernes, 17 de junio de 2016

PRIMAVERA EN EL ALTO HUERVA

Enmarcada entre las modestas cimas de las sierras de Pelarda y Oriche en su cabecera y por la del Peco y las lomas que asoman al Jiloca, el río Huerva (o la Huerva, como la llaman aguas abajo) recorre sus primeros pasos. 


Un río que se ha abierto paso entre rocas formadas en las tres últimas eras. A poca distancia afloran las pizarras y cuarcitas del Paleozoico, las calizas del final del Mesozoico y los conglomerados y arenas sin consolidar depositados durante el principio del Terciario. Entre unos y otros periodos, se formaron y desmantelaron diversas cordilleras hasta llegar a la última, la Ibérica, en cuyo corazón nace este modesto río. 


Valle abierto, incluso cerca de nacimiento, y con una suave pendiente que le cuesta resolver. Por eso y por lo menguado de su caudal, tiene problemas para abrirse paso entre sus propios sedimentos por lo que son comunes los meandros. ¡En cabecera! 

Recorre suavemente el Campo Romanos, esa amplia planicie colgada sobre el valle del Jiloca y cerrada por la rama Aragonesa de la cordillera Ibérica. A mil metros de altitud.


Un paisaje agrícola con amplios secanos cerealistas con los campos delimitados por ribazos con viejos almendros. Tierras royas, fuertes, que retienen la humedad en el mes de mayo, que hacen menos inciertas las cosechas. Vegas frescas, del gusto de la codorniz en su paso migratorio.

Vegas estrechas, aprovechadas, en la que los campos llegan hasta el mismo río. Vegas salpicadas por pequeñas arboledas de viejos chopos cabeceros que se elevan sobre las cebadas. 


Grandes troncos y vigas recias, cuidados hasta hace cuarenta años. Árboles antes valiosos hoy perdidos, olvidados. Pero que aún son el alma del paisaje vital de nuestros padres y abuelos.


Paisajes agrícolas con personalidad. Testigos de la vida agrícola del pasado, de la agricultura polifuncional e integrada, como ahora se llama. Incómodos gigantes en los tiempos de la hiperespecialización agraria.

Estas dulces riberas nos esperan este otoño.


El Alto Huerva, un buen puesto para celebrar la VIII Fiesta del Chopo Cabecero.