Natura xilocae

Journal of observation, study and conservation of Nature Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal de l'observation, l'étude et la conservation de la nature et des Terres de Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal der Beobachtung, Erforschung und Erhaltung der Natur und der Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Gazzetta di osservazione, lo studio e la conservazione della natura e Terre Jiloca Gallocanta (Aragona) / Jornal de observação, estudo e conservação da Natureza e Jiloca Terras Gallocanta (Aragão)

domingo, 17 de marzo de 2013

KÍA

Amaneció con una brisa suave acariciando la cresta rocosa de San Eloy. Kía levantó la vista hacia aquel horizonte perfectamente azul cuando intuyó un punto negro suspendido en el inmaculado cielo acercándose hacia allí. Lo observó fijamente mirando expectante, esperando reconocer en él a alguien. Sus brillantes y redondos ojos de color oro distinguieron, en aquella silueta, algo más de lo habitual. Cuando oyó el grito de llamada, tuvo la certeza de que era Kronn, su padre, quien volaba hacia ella anunciando que traía la primera comida del día.

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Foto: Rodrigo Pérez

Entre sus poderosas garras colgaba tambaleante un conejo todavía sangrante. Aquella sabrosa imagen le provocó un rugir hambriento en el estómago. Kía era muy mayor ya para andar comiendo solamente perdiganas. Sus tres meses de edad constituían la madurez final de un polluelo de águila real, la edad perfecta para aprender a volar, de hecho ya debería haber comenzado a dar pequeños saltos de sustentación extendiendo sus alas cuando la brisa acariciaba el nido, pero Kía todavía no se atrevía ni siquiera a sacar la cabeza fuera del lecho y se agarraba fuertemente a los palos y ramas que se entretejían formando la base del que había sido lugar de cría para sus padres durante los últimos tres años. Era un lugar especial, soleado a principios de primavera y a la sombra de una encina, nacida de una grieta, cuando el sol corría por lo más alto. Su ubicación en mitad de un potente risco lo hacía inaccesible para los depredadores terrestres y la vista que se dominaba desde allí resultaba grandiosa.

Su padre parecía preocupado, le resultaba muy extraño que su hija no se animase a imitarle, dejarse caer extendiendo sus alas para deslizarse en el aire y comenzar a planear paralelo al suelo como si se flotase. Aquel nido era un lugar perfecto para aprender a volar, estaba incrustado en un acantilado limpio, libre de maleza y al resguardo del racheado y frío cierzo, por eso y porque ninguno de sus anteriores hijos había sido tan tardano empezaba a impacientarle aquella actitud creyendo que Kía tenía realmente un serio problema. El verano estaba ya muy avanzado y pronto debería empezar a cazar por sí sola. En el fondo Kía se sentía muy bien en el nido, era un lugar muy confortable y acogedor y todos los días tenía la comida a punto cuando sus padres volvían de cazar, pero todavía no había oído la llamada de su independencia, no tenía la más mínima intención de abandonar el nido tan pronto, por eso no encontraba la necesidad de empezar a volar.

Al fondo, por detrás de su padre apareció Kana. Mamá era una experta buscando los bocados más tiernos y apetitosos. Esta vez oscilaba como un péndulo entre sus garras un lagarto ocelado que le serviría de suculento postre. Cuando su padre llegó al nido un potente golpe de viento hizo que Kía se agachase para no desestabilizarse, aunque la intención de Kronn era justamente la contraria, incitarle para ver si de una vez por todas se decidía. Le ofreció la presa sin soltarla de sus garras y Kía con muestras de agradecimiento comenzó a hincar su pico y a estirar con fuerza para arrancar a tiras la sabrosa carne que iba a empezar a engullir.

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Foto: Rodrigo Pérez

A los pocos segundos se posó también su madre, ambos le demostraban mucho cariño y por eso deseaban lo mejor para ella. “Aliméntate bien que hoy tenemos que intentarlo” dijo soltando el lagarto, pero Kía, disimulando no haber oído nada, se afanó en dar buena cuenta de toda la comida que le habían traído.

Cuando hubo terminado y aprovechando la brisa, su madre extendió las alas para demostrar que solo con tensar sus plumas remiges podía apoyarse en el aire sin apenas tocar el suelo, pero cuando llegaba el turno de Kía en vez de imitarle se retraía aferrándose a la solidez del nido. Su padre fuera de sus casillas no entendía porque no deseaba probar ese placer tan delicioso de saltar y alcanzar, a gran velocidad, el otro lado del valle. Aborrecido se lanzó al vacío gritando “¡Así debes hacerlo Kía!” Y se dejó caer unos metros para enlazar como en un gigantesco tobogán un planeo constante sin apenas perder altura, pero la falta de motivación y el miedo de la joven águila hizo que no quisiera asomar siquiera la cabeza. Cuando volvió para atrás en un vuelo circular ascendente le gritó amenazante desde lo alto “¡Cómo quieras a partir de mañana no tendrás comida!” La madre miró con cara de asombro a su pareja, pero comprendía que habían agotado todos los recursos posibles para estimularle. Poner la comida que más le gustaba en el borde del nido solo conseguía que se animara a estirar el cuello agachada hasta cogerla por el extremo más cercano con la punta del pico sin necesidad de mirar abajo; colocar tiras de carne en las ramas superiores de la encina o en otros salientes cercanos; dar gritos de peligro como si viniese un depredador, hacer vuelos rasantes veloces eran todo tipo de artimañas que sus padres probaban en vano, puesto que Kía prefería pasar hambre a tener que despegar. “¿Quién sabe si luego podré regresar?- pensaba ella “¿Y si doy en el suelo quién me remontará de nuevo a casa?”.

Pero ahora su padre estaba dispuesto apostar fuerte y había amenazado muy seriamente con abandonarla si no tomaba ya la decisión. La voz con que lo había dicho no dejaba espacio para la negociación, le conocía muy bien, nunca daba un paso atrás.

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Foto: Rodrigo Pérez

Al tercer día, Kía sentía desfallecerse, cómo podían ser tan crueles, solo se acercaban al nido para dar envidia, pero nunca a menos de quince metros, exhibiendo las suculentas presas que comían en un risco cercano, todo para que viese de cerca como engullían los delicados bocados de carne fresca. La boca se le hacía agua. Su estómago no paraba de rugir y sus ojos suplicaban de pena, pero cuando veía desaparecer la última brizna de comida por la comisura del pico de sus padres el cielo se le caía encima, otro día más sin probar bocado, la tarde se le iba a hacer eterna y angustiosa. Y aún así el pánico a volar se sobreponía a aquella necesidad vital.

Pero en la mañana del quinto día de aquel caluroso mes de julio ocurrió algo inesperado que cambio el curso de su vida y la de todos los animales de la sierra de Sant Just.

Un chirriante ruido de cadenas de hierro los despertó alarmados. Kana y Kronn alzaron el vuelo inmediatamente “¿Qué era lo que provocaba semejante estruendo?” Cuando alcanzaron la altura suficiente para tener una perspectiva adecuada vieron como una enorme máquina amarilla avanzaba por la loma arrancando árboles y arrastrando piedras sin piedad. La cara de asombro y estupefacción de ambos no podía dar crédito a lo que estaban viendo. “¿Por qué venían los humanos ahora a destrozar la paz de la montaña? ¿No les bastaba con poseer la práctica totalidad de los valles? Ahora también querían apoderarse de la loma”. Lo peor era que la máquina se estaba acercando hacia la parte superior del acantilado justo encima del nido. Una enorme rabia se apoderó de los dos y hubieran deseado arrastrar por los pelos al hombre que conducía la máquina pero los cristales le protegían y aquel monstruo de acero, que con su enorme pala delantera arrasaba todo a su paso, les causaba demasiado pavor.

De repente se acordaron de que Kía corría peligro, en pocos minutos la máquina llegaría al borde e iba a volcar todo lo que arrastraba por delante pared abajo.

“Rápido tenemos que sacarla de allí como sea”.- “!Pero si no sabe volar¡”- “Hay que intentarlo o le aplastarán”.

Kía permanecía en su nido mirando con cara de asombro hacía el cielo. ¿Qué eran esos chirridos?¿Por qué bajaban sus padres en picado gritando hacia ella?.

“Kía tenemos que irnos ya, abre tus alas por favor”, pero Kía volvió a retraerse, pensando que esta era una nueva estratagema para animarla a saltar.

“Va en serio Kía, debemos de irnos van a destruir nuestro nido, tienes que apartarte de ahí”

Pero Kía bajaba la cabeza y apretaba cada vez con más fuerza las ramas del nido con sus garras.

“No va a servir de nada quedarte ahí, te aplastarán”

Cuando empezaron a caer las primeras piedras, Kía estaba más asustada que nunca y se había apretado contra la pared. Intentaba levantarse, pero el pánico se lo impedía, su cuerpo se había bloqueado por completo.

Caían piedras y ramas sin cesar, rebotando contra todos los salientes que al tiempo se astillaban en minúsculos proyectiles, algunos de los cuales rebotaban contra sus plumas. El cielo parecía una lluvia apocalíptica de tierra, polvo, guijarros y ramas, pero Kía prefería quedarse allí y no mirar.

De repente una enorme roca chocó contra el extremo saliente del nido y Kía salió despedida hacia el vacío.

“¡Abre las alas Kía, ahora!- gritó con fuerza su padre.

La joven águila se vio privada de la estabilidad del suelo, jamás había sentido esa falta de gravedad que te sube las entrañas hacia la boca del estómago y comenzó a caer dando vueltas entre rocas y maleza.

“Abre las alas Kía! Volvió a oír de su padre mientras se aceleraba hacia el abismo. Pero tal vez, como si su instinto de supervivencia tomara las riendas de la caótica situación, ante la falta de un control consciente, involuntariamente hizo ademán de extenderlas y la propia velocidad del aire hizo que las estirase al máximo y automáticamente comenzó a planear hacia el valle abierto dejando atrás la nube polvorienta que la había arrastrado.

Era una sensación extraña, las plumas de su pecho se pegaban contra su piel, el aire era más fresco de lo habitual. Los elementos del paisaje se movían a gran velocidad, pero aún así tenía miedo. Sus padres habían desaparecido y Kía solo miraba a un suelo que tarde o temprano llegaría a ella, porque en realidad no sabía remontar aprovechando las corrientes ni batir fuertemente las alas como les había visto hacer a ellos y percibía como poco a poco perdía altura. De repente a su lado apareció su madre, había descendido a toda velocidad para ayudarle a controlar el vuelo y a los pocos segundos su padre se colocó al otro lado. “Muy bien Kía, así se hace. Ahora tenemos que buscar un sitio para aterrizar. ¿Ves aquella enorme carrasca? Tienes que visualizarla e intentar que tus alas y tu cola te dirijan hacia ella.

“¿Y si no llego o me paso y caigo en el suelo? ¡Jamás podré volver a elevarme!”

“No te preocupes, todo saldrá bien” -intentó tranquilizar su madre.

Conforme se acercaban al suelo el nerviosismo ante no saber como actuar al llegar a las ramas de la enorme encina hacía que su cuerpo temblase desestabilizando aún más el vuelo. Su padre se adelantó para mostrar como se debía entrar hacía la parte superior del árbol y frenar en el momento preciso antes de apoyar las garras sobre una rama sólida. Su madre permanecía a su lado intentando tranquilizarle, dándole instrucciones en la medida de la posible, pero el mecanismo de aterrizaje se desencadenó al igual que había comenzado el accidentado vuelo. Su instinto volvió a tomar las riendas y apareció con el cuerpo totalmente tumbado y las alas abiertas sobre las hojas pinchudas de una gran rama. Parecía que hubiese querido abrazar todo el árbol fuertemente para no desprenderse de él nunca más.

El fortuito vuelo, aunque poco perfeccionado, había sido todo un éxito y sus padres respiraban aliviados. Kía tardó más de media hora en incorporarse y autoconvencerse de que había sido capaz de conseguirlo. Mejorar en ello iba a ser solo cuestión de tiempo.

Lo malo era que se habían quedado sin hogar y tendrían que cambiarse de valle. Aunque Kronn y Kana estaban felices de haber podido salvar a su hija, de vez en cuando soltaban un grito de protesta hacia las alturas contra esa máquina infernal que los había expulsado poniéndolos en peligro.

Aquella noche durmieron desterrados e intranquilos sobre la gran carrasca.

Ninguno sabía por aquel entonces qué era lo que realmente pretendían los humanos con aquellas obras. Kía no podía imaginarse que, seis meses más tarde, aquella limpia y pura loma iba a llenarse de enormes tubos de color blanco con una fantasmagórica estrella de tres puntas que no pararía nunca de girar a gran velocidad, provocando un ruido continuo que rompería el perfecto silencio reinante hasta entonces.

Parques eólicos en España | Imagen 23

Cambiaron de valle desplazados por aquella invasión eólica de múltiples artefactos, pero para Kía aquel sería ya siempre su hogar, el lugar donde vio las primeras luces del mundo, donde recibió el primer calor maternal y donde había disfrutado de la mejor casa que pudiera imaginar. Sus padres le prohibieron volver por allí, pero a ella le despertaba una curiosidad enorme saber donde había estado ubicado el nido donde nació y poder observarlo desde varios ángulos tal y como hacían sus padres cuando le llevaban comida.

Ahora, que ya empezaba a controlar el vuelo de forma autónoma permitiéndose el lujo de hacer vuelos rasantes contra los acantilados, deseaba ir a visitarlo a todas horas.

Lo tenía bien advertido, no podía separarse todavía de ellos, algún otro águila que viera invadido su territorio podría atacarle; cazadores que desearan trofeos en los comedores de sus casas o vieran competencia en las águilas como depredadores podían dispararle; coches en los caminos donde se cazan las culebras más gordas y los ardachos más brillantes podían atropellarle y miles y miles de peligros más que acechaban a los incautos como ella.

Pero Kía cada día se sentía más feliz y autónoma y estaba decidida a ampliar sus horizontes aprovechando el primer descuido que tuviese su madre y fingiendo ir a cazar un poco más allá tendría la excusa perfecta.

Se sentía pletórica cayendo en picado hacia el suelo en busca de alguna presa que a menudo se escapaba y ascendiendo de nuevo hacia el sol con los fuertes impulsos de sus enormes alas, planeando al atardecer, observando como caía la enorme bola de fuego anaranjada engullida por la montañas más lejanas. ¡Qué tonta había sido esperando tanto tiempo para saltar! Su padre tenía razón, volar era uno de los mayores placeres para un águila.

Lo tenía prohibido, pero tenía que ir a verlo, no sabía cómo de grandes eran aquellas máquinas blancas colocadas a pocos metros sobre su antiguo nido, tampoco sabía que aquellas hojas afiladas como uñas, que giran como turbinas infernales eran capaces de seccionar un tronco de pino con solo acariciarlo, ni que decenas de compañeros de vuelo, buitres, alimoches y búhos, estaban sucumbiendo en sus fauces atrapados por la corriente y las turbulencias que se generaban con aquellas puntiagudas palas.

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Pero ella quería probarlo todo, quería volar junto a ellos pasar al otro lado y volver a circular en sentido favorable del aire, podía esquivar todo lo que se pusiese por delante, había mejorado muchísimo la técnica de las acrobacias.

Pero ni en la peor de sus pesadillas podría haber soñado, que una vez que te ha tocado solo sientes un intenso escozor mientras pierdes la estabilidad y comienzas a caer formando tirabuzones imposibles de parar, por mucho intentes cualquiera de los consejos de vuelo que te han enseñado tus padres.

Tampoco imaginaba que el intenso dolor mareara tanto o más que el continuo giro incontrolado del paisaje, ni que en su último aliento vería la mano de un agente forestal levantando en el aire su ala seccionada, caída a pocos metros de ella después del tremendo golpe contra el suelo. Ella no sabía que se le nublaría la vista poco a poco mientras se ahogaban en su garganta estridentes gritos de angustia.

Luis Torrijo

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hace años publiqué en el libro "Donde observar aves en España" de SEO/BirdLife una descripción del fenómeno de la migración en aves en la estribación San Just-Trinidad-San Eloy, especialmente importante en el paso postnupcial y para aves planeadoras en particular....No puedes imaginar lo que agradezco tu relato, al describir con él la realidad de muchas muertes, sobre todo buitres, en aquellas crestas-trampa. Lloré cuando levantaron los primeros en aquel santuario...los primeros de la provincia...y los que vendrán. Gracias Luis.
José Luis Lagares