Natura xilocae

Journal of observation, study and conservation of Nature Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal de l'observation, l'étude et la conservation de la nature et des Terres de Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal der Beobachtung, Erforschung und Erhaltung der Natur und der Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Gazzetta di osservazione, lo studio e la conservazione della natura e Terre Jiloca Gallocanta (Aragona) / Jornal de observação, estudo e conservação da Natureza e Jiloca Terras Gallocanta (Aragão)

sábado, 16 de abril de 2016

ANOTACIONES DE UN NATURALISTA DESPISTADO: CAZADORES DE ÁRBOLES


Decía Franco Battiato que el animal que llevaba dentro no le había dejado nunca ser feliz.  El que a mí me habita me ha hecho también la puñeta durante muchísimo tiempo, pero comienza a contribuir a mi felicidad con firme importancia. Sobre todo, desde que he reunido el valor suficiente para escucharlo.

A todas horas él susurra en los abismos de mi espíritu.  Cuando el viento del noroeste agita las farolas en el grisáceo panorama de la capital.  Cuando salgo a correr por los escarpes, me penan ya los músculos tras más de una hora en el esfuerzo y no veo la hora de regresar.  Cuando tomo el autobús el viernes por la tarde, casi sin comer, para escapar de la amarga cotidianidad que la ciudad impone.

Despoblado de Las Dueñas

Lo hizo, igualmente impetuoso, hará un par de semanas, cuando nos hallábamos perdidos en las abruptas soledades del Teruel fronterizo, en el extremo sur del país.  La senda apenas reconocible en el agitado mar de enebros y sabinas de bajo porte y la ladera desplomada, como enormes y vigorosos paquidermos venidos a menos, nos aconsejaban regresar a Hoya de la Carrasca, donde habíamos dejado el auto.  Costaba creer que apenas unas décadas atrás aquel matorral inexpugnable hubiera sido tierras de labor ávidas del sudor del labriego como las caravanas, en la Ruta de la Seda, del agua superviviente del oasis después de semanas sumergidas en la arena insondable.  La gran carrasca se resistía a entregarse.

Habíamos llegado aquella mañana, Deme y yo, a Arcos de las Salinas con el propósito de visitar la que será, quizás, la sabina albar con mayor perímetro de tronco de toda la península.  Siete metros, ahí es nada.  Sus doce de altura despuntaban nítidos en las cercanías del despoblado de Las Dueñas, ya con sus viviendas desbaratadas sobre el piso y con su torre eclesial como único, y magnífico, resistente a los implacables meteoros y al paso inclemente del tiempo obstinado.  Para sorpresa nuestra, los bancales que circunscribían las casas dormidas habían sido labrados y buena prueba daba de ello el aladro depositado en uno de los costados de la aldea.  La circunstancia permitía admirar el porte del árbol en toda su magnitud. 

Sabina albar de Las Dueñas

Ya puestos, decidimos llegarnos hasta una pequeña aldea llamada Hoya de la Carrasca, pues sabíamos de la existencia de una centenaria encina en sus inmediaciones.  Regresamos a Arcos de las Salinas y solicitamos información de la gran quercínea.  Al parecer, se encontraba ésta a unos dos kilómetros de las últimas casas de la minúscula aglomeración rural y la senda estaba casi perdida.  Si bien, nuestros informantes nos hicieron partícipes de la existencia de una pista forestal que descendía hasta el gran árbol.  De hecho, fue el itinerario que nos aconsejaron encarecidamente.  Por supuesto, como no iba a ser de otra manera, optamos por la senda.  Con menuda gymkhana habríamos de ir a dar.
Extraviados en la garriga inexpugnable, sin noticias de la senda y con el paisaje cortado a cuchillo como si de un pastel de cumpleaños se tratase, a pocas estuvimos de desandar lo andado.  Y fue cuando allá, azotado por un cierzo vespertino y la cortante firmeza de los enebros, el animal inició impetuoso su susurro y la senda apareció nítida a mis ojos como acumulaciones de grullas en la laguna de Gallocanta a mediados de febrero: sinuosa se recortaba contra las grandes rocas del desplome. 

La sirga

Las peripecias para nosotros, al contrario de lo que pudimos pensar ilusos en un principio, no tocaron a su fin una vez hubimos superado los considerables peñascos. Unos centenares de metros más adelante, una sirga nos daba la confianza suficiente para superar una pequeña barranquera a la que las lluvias y lo deleznable de sus materiales habían dejado sin sendero que recorrer.  Más tarde, cuando la carrasca ya se expandía maravillosa a nuestros ojos, los muretes supervivientes de los bancales nos obligaban a prestar cuidadosa atención a nuestros pasos para ir bajando, de faja en faja, sin sufrir el mínimo percance.  Aunque en la Hoya de la Carrasca las casas permanecen en pie, los campos están del todo abandonados a su suerte.  La circunstancia, al contrario de lo que habíamos presenciado en Las Dueñas, restaba a la gigantesca encina, al menos desde la distancia, cierta grandilocuencia.  Con todo, aquel árbol resultaba, a todas luces, portentoso.

Carrasca de Hoya de la Carrasca

Medimos su perímetro y aprovechamos nuestra visita para medir el de dos formidables sabinas cercanas.  Los resultados fueron escalofriantes, todas las medidas superaban los cuatro metros.  Amenazaba lluvia y no estaba el camino de vuelta para grandes dispendios.  Dimos un fuerte abrazo a la extraordinaria carrasca y regresamos, Deme y yo, en absoluto silencio a la aldea que nos había servido de punto de partida.  Era la despedida de la admirada amistad lejana que no sabes si volverás a abrazar.  Sin serlo completamente, el retorno fue más relajado.  En ningún momento perdimos la senda que tanto nos había costado alcanzar en la ida.  El animal que llevo dentro, sin embargo, no supo callarse ni un instante.  Como yo, puede que se anduviese preguntando cuál sería el próximo reto.
 
Quién te cerrará los ojos.

Diago Colás (texto y fotos)