Natura xilocae

Journal of observation, study and conservation of Nature Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal de l'observation, l'étude et la conservation de la nature et des Terres de Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal der Beobachtung, Erforschung und Erhaltung der Natur und der Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Gazzetta di osservazione, lo studio e la conservazione della natura e Terre Jiloca Gallocanta (Aragona) / Jornal de observação, estudo e conservação da Natureza e Jiloca Terras Gallocanta (Aragão)

viernes, 13 de mayo de 2016

GALLINAS

Me rondaba en la cabeza desde hace tiempo. Tenía que superar algún pequeña reticencia familiar y, sobre todo, saber cómo construirlo, pues las manualidades no es lo mío. El problema era más el segundo que el primero.  

Como tantas veces, la revista Quercus me dio la solución. En el número de marzo de este año, entre los diversos anuncios de libros, prismáticos y otros productos que ofrece su bazar aparecía un gallinero modelo Lyon la mar de tuno de 1,98 x 75 x 103 cm. Tan contento estaba que me llevé al trabajo la revista para enseñársela a Pascual, que también andaba con los mismos planes y alguna que otra duda. Nos escuchó Tomás, otro compañero que tiene un gallinero en su huerto y mucha mano para el bricolaje. Y me propuso ayudarme a construir uno. En un momento emborronó un croquis sobre un papel. Yo no veía ni por dónde se entraba pero confiaba ciegamente en Tomás. 

Se puso en marcha la maquinaria organizativa. Objetivo: un gallinero y un pequeño corral. La orientación estaba clara, al mediodía, y el lugar también, protegido del cierzo por los enebros, el rebollo y la sabina. Nos pusimos manos a la obra una tarde de mediados de abril. 

Primero fue construir el gallinero con tablas, postes de madera, muchas puntas y la motosierra. Le hicimos alizaces para los postes y una pequeña regata de cemento para no ponérselo fácil ni a la uina ni al ratón. 


Después lo cerramos con red metálica y le hicimos un tejado con unas viejas tejas árabes que tenía por casa. Y colocamos los postes del corralico a los que clavamos la red metálica. Ya iba cogiendo forma.


Un palo de sargatillo para que duerman. Una caja de zapatos para que se despiojen con ceniza de la estufa. Y una vieja caja de fruta como ponedero. 

Varias tardes nos llevó pero para San Jorge ya estaba. Para limpiarlo mejor, les puse hojas secas de rebollo en el gallinero y de chopo en el corral. Así se entretendrían escarbando. Se trataba de tener todo preparado para la llegada de las futuras inquilinas. 

Las primeras vinieron el 24 de abril desde Bañón. José Antonio nos preparó dos preciosas y negras gallinas de la raza Serrana de Teruel, una variedad muy rústica, ponedora de huevos de color crema, propia de las masías del Maestrazgo, Cuencas Mineras y Gúdar y que se está recuperando tras casi desaparecer hace unos años. 


Tres días más adelante Antonio nos trajo desde Caminreal dos gallinas de la raza negra Castellana, variedad muy antigua y muy bien definida, productora de huevos blancos. Eran igualmente muy recias y de color de plumaje similar, aunque bien diferentes de las serranas ...


Las juntamos unas y otras. Y, con sus manos y sus menos, ahí las tenemos compartiendo el gallinero.

Sobre todo comen trigo y panizo. Y vamos probando a darles avena, centeno y guisantes. 


Les encanta el pipirigallo verde y la mielga, el alfaz silvestre. El primero lo consigo en las cunetas de las carreteras locales y de caminos, para lo que llevo un saco y una hoz en el coche. La otra, en el descampado que tenemos junto a la casa. Les encanta aunque creo que las he saturado.


Se comen casi todos los restos vegetales de la cocina. Pelarzas de patata, las hojas duras de lechuga, el radigón de la manzana o aquella naranja que se ha pasado en el rincón del frutero. Cada vez llegan menos residuos domésticos al compostador.

Como les da mucho solazo, les hemos colocado unas persianas viejas en el gallinero. En fin, que están más que mimadas. Como unas reinas.


Y nosotros encantados. Cuando volvemos del trabajo, antes de preparar la comida, lo primero que hacemos es acercarnos a ver a las "cocos", como familiarmente e indistintamente llamamos a las gallinas y a los huevos, por si han puesto alguno. Hay días de uno, otros de tres como hoy domingo que igual hemos bajado a verlas más de media docena de veces. Son tan majas. 


En cualquier caso, siempre es una sorpresa. Una pequeña fiesta. 

Me viene al recuerdo el gallinero de mi abuela Paca y las eternamente largas tardes de verano infantiles en las que me sentaba esperando a que la gallina terminara de poner el huevo para subírselo a la cocina aún caliente. Ese "ggggggggggg" largo que emiten las gallinas cuando están tranquilas y que forma parte de tu infancia.

La primera docena de huevos fue para Zaragoza, a casa de la familia de Carmen. Hacemos como los padres de antes, que en cada viaje a la ciudad llevaban alimentos a los hijos, con la ilusión de que los disfrutaran, con la ilusión de haberlos producido uno mismo. Esa sensación placentera de compartir con los tuyos lo mejor que puedes ofrecer. Y que cuando hemos sido nietos (y a veces hijos) no hemos sabido entender en su verdadero significado y alcance. En fin, que nos hacemos mayores y vamos comprendiendo mejor las cosas de verdad. Las que salen del corazón.

Y así estamos, asomándonos a la ventana a ver qué hacen. Lo de siempre. Escarbar y escarbar, buscando alguna lombriz o alguna piedrecilla en el suelo cubierto de hojarasca. 

Como casi siempre, en todo esto hay un perdedor. Bueno perdedora. En este caso Lúa, la gata, que anda muerta de celos y que nos sigue y llama nuestra atención cuando bajamos a verlas. Se debe preguntar, ¿qué tienen de especial esas gallinas que no tenga yo?


En fin. Pequeñas cosas que pasan en las casas de los pequeños pueblos.

4 comentarios:

Ángel Marco Barea dijo...

Ya nos contaras, el día que llegue el Gallo. Imprescindible en el gallinero y para despertaros en las mañanas.

Pascual Royo dijo...

Tengo unas gallinas royas desde ayer que son la envidia del entorno de la Cirugeda.
Cualquier día tendré que ponerme con un palo a espantar los gallos que querrán emigrar a aquella zona.
Y de huevos ya hablaremos ya ...... tiempo al tiempo.
Salud.

Jesus Lechon dijo...

¡Santo Cristo el Arrabal, que envidia!,... y comen hasta panizo, no se puede pedir más. Ahora bien, les tendrás que dar agua de la cirujeda para poder, cuando menos igualar en calidad, a las royas de Pascual.

Recuerdos

Carmen S. dijo...

Se han convertido en la excusa para bajar al jardín cuando estás corrigiendo, y mirar el ponedero con una ilusión que ni me imeginada íbamos a tener.
Y al guisar los huevos... ¡ni os cuento!