Natura xilocae

Journal of observation, study and conservation of Nature Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal de l'observation, l'étude et la conservation de la nature et des Terres de Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal der Beobachtung, Erforschung und Erhaltung der Natur und der Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Gazzetta di osservazione, lo studio e la conservazione della natura e Terre Jiloca Gallocanta (Aragona) / Jornal de observação, estudo e conservação da Natureza e Jiloca Terras Gallocanta (Aragão)
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miércoles, 7 de febrero de 2018

POR UN PUÑADO DE OVEJAS HERWICK

La vida del pastor de James Rebanks (Editorial Debate). En palabras de su padre “la jodida vida del pastor".


Cuando seáis mayores, os tendréis que marchar bien lejos, no seáis tontos, estudiar, aprender de números y letras y marcharos de aquí bien lejos. En el pueblo ya sabéis lo que hay: Nada, miseria y compañía, de quedaros os tocara vivir lo mismo que a nosotros nos tocó. Ser unos Don Nadie, unos destripaterrones siempre pendientes cielo, o del amo, sin una perra.

Todos nuestros seres queridos fuesen o no familia de sangre nos decían lo mismo, marcharos. La mayoría así lo hicimos, les obedecimos, porque también a eso nos enseñaron a obedecer y respetar. Nosotros en realidad nunca quisimos defraudarles. Sin embargo, también fueron ellos quienes nos enseñaron a querer hasta el final de nuestros días a la tierra que nos vio nacer por encima de todo.


A James Rebanks el autor del libro, no fue la familia quien un buen día le dijo, estudia y márchate, si no que fue en la escuela donde lo escucho por primera vez cuando tenía unos doce años. Aquello le sorprendió y le hizo pensar, alguien llegado de fuera se atrevía a decir que aquel lugar en el que sus seres queridos habían vivido siempre era poco menos que el infierno en la tierra, un lugar sin futuro. Para un niño como él, obviamente aquello era el paraíso, el edén, el campo, las montañas, las ovejas y generación tras generación haciendo lo mismo, cuidar del rebaño, cuidar de la tierra.


Así que aquel día cuando llego a casa hablo con su padre y con su abuelo el granjero, su héroe, y desde ese momento decidió por un lado pasar a la acción y dejar de estudiar lo poco que ya de por si estudiaba. Y, por otro, apostar por quedarse en el lugar donde había nacido, y hacer lo que su familia siempre hizo, cuidar ovejas en las montañas del norte de Inglaterra.


Los que nos marchamos tal vez nos equivocamos, pero ya no tiene remedio y aunque nos haya ido bien, llegados a una edad nos gusta mirar atrás y hacernos el valiente cuando ya no tiene remedio y pensar que con un poco de esfuerzo podríamos habernos quedado en la tierra que nos vio nacer, como él hizo, y cuidarla como ella nos cuidó. Ahora que ya es tarde para casi todo, nos gusta volver a ella y amarla como nos enseñaron.

De vez en cuando los periódicos del domingo traen una noticia que poco mas o menos dice lo siguiente: Las campanas de “tal pueblo”, dejaran de sonar los fines de semana para que los vecinos puedan conciliar el sueño. Se te cae el alma a los pies.

Los domingueros reclaman la tierra que disfrutan como suya, mientras los pocos que aun la trabajan, comienzan a sufrirlos. En nuestra tierra esto no ha hecho si no empezar, pero en las montañas de Inglaterra nos llevan unas décadas, casi un siglo, de “confraternización” que han resultado muy amenos a decir de James, quien nos contara lo malo y lo bueno, si lo hay.

Dios me libre de volver un día a la tierra de la que me fui, y quejarme del olor a purín que sientes al bajar del coche, de los gallos al amanecer y de las gallinas a la hora de la siesta, de los gatos y perros, del paso de los tractores por la calle, o del canto de los pájaros y el sonar de las campanas en sus horas o tocando a muerto, ni mucho menos me quejare de que pase un rebaño de ovejas por la calle y la deje perdida, o de que el ayuntamiento no barras las calles …


Me quejaré de otras muchas cosas, como por ejemplo de lo difícil que me resulta llegar hasta el huerto un paseo desde casa imposible de hacerlo hoy con una relativa tranquilidad, pues hay que usar los cinco sentidos al cien por cien y encomendarse a dios, de hecho, mi padre con 82 años ha decidido dejar de cultivarlo y no por falta de fuerzas, si no por miedo al camino, lleno a todas horas de propios y extraños, ciclistas, moteros, corredores, todoterrenos… con prisa por disfrutar de la que también es su tierra. Una tierra yerma, por falta de tiempo “libre” de hijos y nietos cuyos campos abandonados a los cardos borriqueros, caños embozados y lindes destrozadas en plena vega te suman en la mayor de la tristeza.

La tierra si no se trabaja, cambia, desaparece, el paisaje no es solo cosa de la naturaleza. Y lo que hoy a mí me produce tristeza un día también se la producirá a todos esos que la disfrutan sin trabajarla cuando se paren y vean lo que ahora yo veo, entonces ellos también se marcharán.

Fue Chabier, quien me recomendó el libro, “tienes que leerlo, te gustará”. Magnífico, sin duda. Solo tenerlo entre las manos es un placer, recuerdan sus tapas duras, sus hojas amarillentas, su tacto y olor a la colección de los clásicos juveniles de la editorial Bruguera que tuvimos la suerte de leer en nuestra niñez, cuando nuestros campos cosecha tras cosecha marcaban los días.

Para situarnos de un modo fácil en la lectura, el autor nació en 1974 en las montañas del norte de Inglaterra, un lugar a decir de sus propios habitantes situado en el quinto pino y poblado por unos Don Nadie. Sin duda, en el mismo paraíso, depositarios de un modo de vida que debe continuar en armonía con la tierra, con unos y con otros, en especial con aquellos que van llegando dada la belleza del lugar y lo bucólico de sus gentes, los pastores.


Si humildemente comparo mi infancia o mi tierra con la suya salgo ganando, me da la impresión de que entre los setenta y ochenta les llevábamos años de ventaja en el tema agrario por decirlo de algún modo, nuestros abuelos y padres iban avanzando y adaptándose a los nuevos tiempos mientras ellos seguían como décadas o siglos atrás haciendo lo mismo para vivir de sus ovejas. En realidad no podían ni pueden hacer otra cosa.

Si bien ya comenzaban a luchar contra todo, y nosotros en parte también, administración, burocracia, plagas globalizadoras, unos precios para la vivienda pensadas para el turista recién llegado e imposibles para ellos, unas normas fuera de toda lógica para conservar el paisaje hechas por quienes jamás habían visto una oveja, trabas para levantar nuevas granjas que afeaban la estética del entorno, distancias abismales, entre casa y tierras de trabajo, tareas comunales por salvar, agua, frio y nieve a todas horas, seguir el calendario, las estaciones, criar, vender, y volver a criar, concursos, ferias y conversaciones entre cervezas sin fin en el pub o pozales de wiski en casa de unos y de otros, con los libros de registro en la cabeza donde figura el árbol genealógico de todas y cada una de las ovejas de Inglaterra, todas parientes, libros que se remontan a la llegada de los vikingos. Allí más que comerse a las ovejas parece que las aman como a uno más de la familia… Todo lo contara con detalle el autor, recuerdo tras recuerdo. Un día la lana dejaron de comprarla y tuvieron que quemarla.

Si bien ellos nos ganaban por goleada en cuanto a domingueros y turistas, llenas ya en aquellos años las montañas de Inglaterra de invasores, de forasteros, de extranjeros de la capital, tras ser puestas en valor por el senderista descubridor de turno que tuvo la genial idea de escribir la primera guía de aquella tierra, tras pasear desfaenado los fines de semana y ver lo que vio.

Pero no nos engañemos, si las cosas se cuentan con gracia o simplemente se saben contar, parecen otras, en realidad la granja, el cuidar de las ovejas como hace miles de años, era y es una ruina casi total, y lo peor o tal vez mejor de todo es que no puede hacerse de otra manera, allí la productividad queda al margen y han tomado conciencia de ello, la sociedad abuelo, hijo, nieto ... Funcionó, como en todas las casas, unos años, un día murió el abuelo, y quedaron padre, hijo y deudas. Llegaron los problemas, la granja a penas daba para una familia, el hijo tenía ideas propias y los otros habitantes disfrutaban de una vida cómoda hasta cierto punto envidiable.

Por suerte para James y para nosotros, descubrió que había tenido otro abuelo con un gusto exquisito por la literatura y aburrido de pelearse con su padre, sin dejar las ovejas se fue encerrando en la lectura y pensando que tal vez se había equivocado cuando pensó en hacerse pastor y quedarse. Quizás debía marcharse cuando menos a estudiar y poder volver y tratar de tú a tú a todos esos recién llegados, profesionales liberales, estudiosos de lo suyo, dueños de toda tierra conocida y que a buen seguro ganaban en un mes, lo que el en varios.

Era hora de vivir de las ovejas y de algo más, si quería quedarse allí, de adaptarse, de sobrevivir en la tierra donde había nacido. De tener dos trabajos, sin olvidar que, sin las ovejas, nada existiría. Y así se puso a escribir un libro maravilloso, un toque de atención para todos nosotros que nos marchamos y abandonamos la tierra, que pasamos a ser turistas, pero también para aquellos que teniendo la tierra a mano no tiene tiempo libre para cuidarla por que es una ruina, por que es de tontos, por no decir algo peor.


Antes que él, hubo otros muchos pastores, y cuando menos una escritora, Beatrix Potter, conocida como la señora Heelis quien en una carta a The Times en 1912 escribió:

“Sostengo respetuosamente que el trabajo, la labor y los usos y costumbres que han permanecido impertérritos durante siglos deben primar sobre el entretenimiento improductivo”.

Jesús Lechón

miércoles, 13 de diciembre de 2017

DEHESAS DE ESPEJA

Último sábado de junio. Dedico casi todo el día a conocer las dehesas de Béjar y de la sierra de Francia. Llego cansado a Ciudad Rodrigo. No sé nada de esta localidad ni tampoco dispongo de alojamiento. Recorro en coche el casco viejo. En una iglesia celebran la boda de un militar, a juzgar por el número de uniformes que llenan la plaza. La ciudad es todo un monumento. Por no faltar, no falta ni catedral. Encuentro un estupendo alojamiento junto al río en una antigua fábrica rehabilitada donde me instalo. Dejo el equipaje y subo a la ciudad a visitarla con calma. Veo caer el sol desde la muralla, que redondo y rojo se esconde hacia tierras portuguesas. Y me acerco a la plaza mayor a saborear una estupenda cerveza mientras decido la ruta de mañana: la dehesa de Espeja.


Es el límite entre las tierras salmantinas y las de la provincia de Guarda, ya en Portugal. Dehesas infinitas se extienden hasta las sierras de Gata y de la Peña, la raya entre estas tierras castellanoleonesas con Extremadura. Los ríos descienden de sur a norte, para buscar las aguas del Duero. En el caso de Espeja, estas colinas son drenadas por el río Azaba, que nace en la frontera con Portugal, para unirse al río Águeda cuando este ya ha pasado por Ciudad Rodrigo. 


No hay grandes relieves aunque la altitud media es de unos 700 m.s.n.m. siendo común la presencia de suaves colinas de cimas extensas y llanas, allí conocidas como tesos. En la excursión pasaré junto al Teso de San Cristóbal (819 m.), la cima de esta parte de la comarca de Ciudad Rodrigo.

El sustrato corresponde a unas arenas de grano grueso ricas en granos de cuarzo y de feldespato, más o menos cementadas y depositadas a lo largo del Oligoceno ...


que proceden de la erosión de los granitos emergentes en las cercanas sierras que se extienden hacia tierras portuguesas.


Los sustratos silíceos de estos montes tienen una fertilidad escasa por lo que han sido destinados a aprovechamientos silvopastorales en forma de dehesas, tras el aclarado del bosque, la entrada del ganado y el manejo de los pastos para evitar el avance del matorral.

Madrugo y me acerco a lo que parece una finca, a juzgar por las cercas de alambre. Las puertas están abiertas y sigo por la pista adentrándome en la dehesa hasta donde me permite el camino. Es una masa mixta en la que predominan las encinas pero están acompañadas por quejigos, por alcornoques y por algunos pinos rodenos (resineros). El pasto seco, como corresponde a esta época del año y a una primavera de escasas lluvias ...


En las vaguadas situadas entre las lomas la presencia de humedad en el suelo permite el desarrollo de los fresnos, siendo de diámetros medios y estando manejados mediante la escamonda ...


para el aprovechamiento de sus ramas como forraje para el ganado vacuno ...


Las podas de las encinas se aprecian en muchos árboles. Se cortan las ramas centrales dejándose dos o tres laterales gruesas. Rebrota con mucho vigor.


Esto permite obtener leña y, al tiempo, estimular la producción de bellota para su aprovechamiento como montanera de los cerdos durante el otoño y el invierno. Estos días pacían los escasos pastos ...


... debiendo ser alimentados con harinas y piensos por los ganaderos.

Tuve la oportunidad de conocer a uno de ellos. Iba de aquí para allá con su camioneta llevando alimento a diferentes partes de la dehesa. Me explicó las diferencias entre unos y otros cerdos ibéricos, el manejo del campo, la calidad del producto, la enorme demanda para la exportación y el valor ambiental de estos montes. Estaba orgulloso de su producto y de su tierra.

La dehesa tiene muchos problemas. Uno de ellos es el envejecimiento de los pies. Por ello, es necesaria una política de plantación de nuevos pies para rejuvenecer las masas y para conseguir un reemplazo generacional de los árboles a largo plazo.


No solo se podaban los fresnos y las encinas, también algunos de los quejigos ...




Y, aunque no son muy abundantes, hay buenos ejemplares de alcornoques, algunos recién descorchados. Monte mediterráneo en estado puro.


Doy media vuelta, pues no quiero problemas con la propiedad. Vuelvo hacia el pueblo y me acerco a preguntarle la ruta a un señor que estaba regando un huerto a la fresca de la mañana. Me llama la atención la tabla de garbanzos y las calabaceras. Me cuenta que ya está jubilado y que trabajó en el País Vasco. Ahora, le está cuidando el hortal a un conocido. Me indica una ruta por el interior de una dehesa vecinal que acerca al Teso de San Cristóbal y que pasa por varios corrales.

En las partes próximas al arroyo siguen abundando los fresnos, de nuevo con trasmoche de pocos años. Estos árboles de hoja caduca ofrecen un tono vivo entre el verde oscuro del follaje de las encinas y los alcornoques.


Salgo a la carretera, una cartel informa de la presencia de alguna pareja reproductora de cigüeña negra ...


Pero, conforme va uno alejándose de la vaguada, los suelos son más arenosos y menos limosos. En paralelo, los suelos son menos frescos. En los claros en los que la presión ganadera afloja, hace su presencia la esperable retama ...


Y del romero, que nos recuerda su polivalencia edáfica y la ausencia de heladas rigurosas a pesar de la cierta altitud ...


Es una dehesa viva. Diversos animales aprovechan organizadamente los pastos en función de los tiempos y las necesidades. Los ganaderos gestionan los recursos con atención e inteligencia. Parcelan la dehesa para organizar los aprovechamientos con los diferentes animales que carecen de un pastor que esté encima del ganado.

El cerdo tiene mucha importancia y se ve favorecido a la hora de aprovechar de la bellota ...


Las ovejas también van de aquí para allá, sobre todo en sitios altos y menos frescos ...


mientras que las vacas se reservan a los pastos de los fondos de valle ...


Unos y otros optimizan los pastos, limitan el avance de los arbustos y estercolan los suelos. Es también un paisaje ganadero.

Tanto ganado implica la baja de alguna res necesariamente que no resulta difícil de encontrar en estos espacios abiertos. Una población de buitres leonados esperaba la formación de térmicas para levantar vuelo de la copa de la encina donde hicieron noche.


Es también el dominio de aves como el águila calzada ...


el alcaudón común ...


o las alondras totovías ...


Me acerque al Teso de San Cristóbal. Impresionaba la extensión de las dehesas de esta comarca salmantina ...


Y la vigencia del trasmoche del fresno ...


... algo a considerar a la hora de promocionar los paisajes ganaderos del Sistema Central.

sábado, 25 de noviembre de 2017

... Y PRIMAVERA EN EL GALLINERO

Hagamos memoria. Terminamos el invierno con dos gallinas veteranas (en su año cuarto), cuatro gallinicas jóvenes y un gallo joven y apuesto. Todas negras, aunque algunas con plumaje marrón en el cuello. Todas Serranas de Teruel. Pura raza, si es que hay tal. El corral se había ampliado con una extensión cercada de mala gallinera que hubo que elevar para evitar que se volara Velociraptor. Espacio suficiente, aunque no lo necesario para una raza acostumbrada a la semilibertad masovera.


La primavera iba entrando lentamente. Los narcisos ya estaban en flor, pero las heladas no aflojaban.


En estos días, las gallinas perciben el progreso en el fotoperiodo. Y ponen mucho. Bueno, mucho para lo que es costumbre en este pequeño gallinero. Unos 25 huevos por semana. Están activas las cuatro jóvenes aunque las dos viejas ponen muy poco. 

El gallo sigue encendido. Las monta a cualquier hora. Sobre todo a primera. Se le sale la testosterona, o como se llame su hormona sexual. Es agresivo. Picotea a las gallinas las plumas de la espalda antes de montarlas y les clava unos tremendos espolones dejando el dorso pelado y enrojecido. Ellas parecen resignadas. Incluso se comen las propias plumas desprendidas. ¿Digerirán la queratina?

Entra abril. El mirlo está muy activo picoteando la tierra y el verdín. El macho de verderón se desgañita marcando su territorio, con su trino, en la punta del ciprés. El petirrojo, se marchó a criar al monte. Una semana antes de lo habitual ha llegado el ruiseñor. Los gorriones molineros han perdido el miedo y entran a comer al gallinero. Menudos bandidos. 

Velociraptor sigue genio y figura. Después de subir la cerca otro metro de altura continúa escapándose. ¿Por dónde? No lo sabemos. Posiblemente levante el vuelo en vertical, como los "harrier". Le planta cara a cualquier otra gallina y, por supuesto, al gallo. Es la dueña del cotarro. Aquí funciona el matriarcado. 

Son los últimos días que les dejamos salir por el jardín. Agradecen picotear los brotes de las hierbas y escarbar entre las hojas que se descomponen bajo los aligustres. Lo suyo es escarbar.



Con retraso, como todos los años, llegó el momento de labrar el huerto. Y de sacar el compost.


Entre los restos del huerto y el fiemo amontonado en el comportador se refugia no se qué especie de escarabajo que pone allí sus huevos y por eso "se crían" unos gordos y blancos gusanos. Esa tarde recogimos una cuarentena de larvas. Y se las llevamos a las cocos. Como locas.


Les vengo dando las verbianas que crecen en los barbechos. Las comen con poca gana. Debe de tener sustancias que no les agradan. Pero, conforme entra abril, van viniendo los primeros ababoles y las cenicillas. Lo agradecen. 


Como hay mucho ababol en los campos, les llevamos en abundancia y empiezan a cansarse. Solución: que lo tengan a gana. Se lo dejamos a la vista, pero inaccesible, al otro lado del rete. Mano de santo. Al poco, se lo damos ... y a comer.


Las gallinas aprovechan todo. Los restos de las comidas son para ellas. Cuando alguna vez les llega algún resto animal, incluso de pollo, no dejan nada. Pero aún así, siempre hay alguno que lo pasa peor. Un gato callejero de pelo pardinegro se mete en el corral y aprovecha los huesos. Como el poema de Calderón de la Barca.

Abril nos reservó una sorpresa final. Una nevadica.


El Ajutar amaneció con un manto blanco. Por la mañana, las gallinas volvieron a salir perezosas al corral, sin ganas. Ni los ababoles les animaban ...


Para evitar -sin éxito- las habituales fugas de Velociraptor, pusimos en el corral grande una malla de plástico, de las que se colocan para sombrear o para cerrar un espacio a la vista. Esta malla se cargó de peso y dejó una parte del corral libre de nieve. 

 
  
Pero duró poco, lució el sol por la mañana y regaló pronto. Como la estación de esquí de Sierra Nevada, podíamos llamar al del Ajutar, "Gallinero, Sol y Nieve". Lo nuestro es el marketing. 


Y entró mayo. Abundancia de ababoles. ¡Como les gustan! A veces pienso que la papaverina que hay en el látex de trallo y hojas las medio "coloca". Su opiáceo.


Y también los primeros pipirigallos ...


Y los alfaces ...


Se acabó la sequía de clorofila y de vitamina A.

La primavera fluía plácida en el Ajutar. Las rutinas habituales (comer, poner, dormir y algo de sexo) llenaban las horas del día. Y así uno tras otro. Mientras en el huerto y el jardín, bullía la reproducción y la crianza entre los pajaricos, las plantas y los insectos. Pero ... algo sorprendente ocurrió.

Gallinas y gallo dormían, como debe ser, en los palos del gallinero. Un lunes de mediados de mes, observamos que una de las jóvenes, la del cuello más dorado, se metió a dormir al cajón, amaneciendo en el mismo sitio. A mediodía ya no estaba. No le dimos más importancia. El miércoles noche, vuelve a dormir la misma gallina al mismo ponedero. Le colocamos dos huevos. Sigue todo el jueves y le ponemos cuatro más puestos en el día. ¡Ay madre, que igual se nos ha puesto culeca! El viernes la levantamos y observamos que hay ocho huevos. No sabemos cómo ha llegado ese par. Los marcamos con una "X" escrita a lápiz. Y le ponemos tres más, de la nevera, que marcamos ahora con una "N". Total, once. ¡Qué alegría!


Ella sigue allí el sábado y el domingo. Preguntamos a los amigos que tienen gallinas. Nos dicen que los huevos fértiles no soportan el frío. Retiramos los huevos que estuvieron en la nevera. Normal. ¡Qué ocurrencias!

Me comenta José Antonio que todos los pollos deben nacer a la vez. Para ello, hay que ponerlos todos al mismo tiempo. Y no lo que hemos ido haciendo, al añadir huevos en sucesivos días. Cambio de planes. Esperaremos a tener once o trece huevos (ha de ser impar, traditio dixit) para ponerlos todos a un tiempo.

Mientras tanto, a nuestro amigo Tomás se le ha puesto una gallina culeca. Como no tiene futuro, pues no hay gallo en ese gallinero, le paso los ocho huevos con entre seis y ocho días de incubación. 

Y a la nuestra, ese mismo día (25 de mayo) le ponemos trece huevos puestos entre tres días y que no han estado en nevera. ¡A ver qué pasa!


La joven rubia incuba paciente día tras día. No estamos muy encima pero ningún día la vemos fuera del ponedero. El primer día que esto ocurre es el 5 de junio. Ya lleva diez días, aún le faltan otros tantos.

El resto de las gallinas, a su ritmo. Comer, poner, sexo y dormir. Comienza a bajar un poco el ritmo de puesta, aunque hay una ponedera menos. A nuestra joven culeca la observan con curiosidad.


Y en estas estamos cuando, el día 14 de junio, encontramos cuatro pollicos esbulligando junto a la madre en el cajón. ¡Qué alegría!


Dos negricos, uno marrón y otro rubico. ¡Que preciosidades!

El día siguiente la madre sigue estoica en el cajón. No se cantea. Los pollicos, más pitos que ayer, se mueven entre la paja y bajo la madre. ¿Qué hacemos? Allí no hay comida y no saben bajar al comedero. Nuevas dudas que nos resuelven los expertos. Nos dicen que la gallina o incuba o cuida a los pollicos. Solución, separarlos.

Con una caja de transporte de bicicleta de cuando Anchel volvió de su Camino de Santiago, preparamos un corral y lo metomos al garaje. Lo rellenamos de paja y ponemos un par de platicos con harinilla de panizo y otro con agua.


Picotean los granos de cereal y beben en los platos inmediatamente. Se suben en ellos. No saben de reglas. Por la noche se agrupan en un rincón. Termoregulan muy mal las aves en sus primeros días. ¡Con lo bien que estarían con su madre!

Solución. Traer a la madre con el nido y ponerlo en un cesto accesible.


Ella sigue incubando mientras que los polluelos ellos entran y salen del nido al corralico. Por la noche, duermen bajo sus plumas. Por el día la usan como parque infantil.


Un huevo aparece roto y se observa un embrión en avanzado estado de desarrollo. Lo retiramos.

Le ofrecemos lechuga y alfaz a la madre, que picotea gustosa y les enseña a hacerlo a los pollicos.


Se levanta a comer de los platos pero no sale del corralico de cartón. Produce unos excrementos de un olor muy intenso. Lo que hacen las hormonas.

Han pasado veintiséis días desde el inicio de la incubación. Y ya no nacen nuevos polluelos. Le retiramos todos los huevos. Ha permanecido incubando las tres semanas de rigor, más otra extra por nuestra falta de experiencia. Me llevo los siete huevos no abiertos a la clase de 1º de Bachillerato de Biología y Geología para abrirlos en el laboratorio, cuatro están completamente hueros y tres embrión malogrado en avanzado desarrollo. Todo se aprovecha.

Respondió inmediatamente al cambio. Comenzó a moverse dentro de la caja, a escarbar infructuosamente bajo la paja ... ¡Tenía ganas de moverse!


Cuando se mueve con sus pollos, levanta la cola y emite un cloqueo corto y repetido. No lo había hecho nunca. Suponemos que es una comunicación con los pequeños.

La madre picotea la harinilla y bebe en el plato. Escarba tanto que llena de paja bebedero y comederos. Todo por todo. Le viene pequeño el cajón de cartón. Y quiere salir. Hay que hacer algo. Otra vez. Nuevos planes.

Preguntamos a los amigos si las gallinas grandes agredirán a los polluelos. Unos me dicen que la madre los defenderá. Otros que sí, que los separe durante unos días. Principio de la cautela. Los separaremos.

Primero, cerramos la puerta del rete entre los dos corrales. Segundo, ponemos un cajón para que puedan dormir y lo cubrimos con una mesa por si llueve. Tercero, colocamos bajo la mesa un plato de comida y un bebedero. Y nos llevamos al corral pequeño a las gallinas y al gallo. Mudanza.

Se adaptan muy bien al cambio. Como los gases, los pollicos ocupan todo el espacio que se les ofrece. Suben un bajan, corretean, picotean todo el suelo. Como son menudos, se cuelan por los agujeros de la malla gallinera pasando al jardín. Malo será que no los enganche algún gato y se los coma. Coloco ramas de aliaga y de boj en la parte de fuera para disuadirles de salir. Inútil. Van engordando día a día. A veces se salen fuera y no pueden entrar. La madre duerme en el suelo, no le gusta el cajón. Y los pollicos bajo su cuerpo.

Una tarde, al caer el sol, la madre se mueve inquieta alrededor de la puerta que une los dos corrales. No le gusta dormir al raso. Le abro el paso y pasa rápido al gallinero. Se sube a dormir al ponedero más alto. Y los pollicos, la miran desde el suelo. No pueden subir, o eso se me ocurre. Le tapo ese ponedero con una tabla. Busca alternativa. Se acomoda en el ponedero de abajo. Allí, los pollos acceden bien. Todo en orden.

Por la mañana, los dejamos juntos. Parece que los adultos aceptan a los pequeños. La madre está encima desplegando energía en todo momento. Emitiendo su cloqueo de alarma ante cualquier situación. Por si acaso sobrealimentamos a todo el mundo. Ya se sabe lo que dice el refrán "Cuando no hay harina todo es mohína".


Para que los grandullones no se coman la harinilla de panizo y guisante, la colocamos en platos debajo de una tabla. Ellos pequeños pueden llegar, los primeros no. Pero lo intentan. Y es que ya se sabe, se desea lo que no se tiene.


Los pequeños se mueven entre los adultos. Aprenden a no ser demasiado impertinentes. Aún así se ganan algún susto. Aprenden a manejar las distancias de precaución. Están majos, ya tienen el tamaño de una codorniz.


Una mañana nos encontramos muerto al pollico rubio, nuestro preferido. No hay indicio de violencia. Tal vez alguna infección. Nos quedan tres, dos negricos y el marrón.

Entramos en julio. La madre se empeña en dormir en el ponedero alto. Algún pollo consigue acceder pues aparece dentro. Los demás miran desde abajo. Pero descubren el paso. Se suben a los palos, de allí saltan a la tolva desde donde saltan de nuevo al cajón de arriba. Ellos solos se apañan. Todos a dormir juntos. Al calorcico de la madre.


Esta pollada ha sido la alegría del gallinero. Hace unos días, hablando con un vecino de Ababuj que había criado animales desde niño, me contaba que tenía gallinero. Y que lo que más le gustaba en sacar adelante pollicos a partir de alguna gallina culeca. En su caso, este verano, tenía una así pero no llegó a término, según parece, por que tronó los días antes de salir del huevo. Cosas.

Así fuimos entrando en el verano. Con dos gallinas viejas. Cuatro jóvenes, una de ellas flamante madre de tres pollicos y un gallo. En total, diez. No nos ha faltado entretenimiento.