Taller Rastros, Huellas y Señales.
Organiza: Convenio CROA Villarquemado y Ecologistas en Acción Otus. Lugar:
Recinto Ferial.Revista de observación, estudio y conservación de la Naturaleza de las Tierras del Jiloca y Gallocanta (Aragón)
Natura xilocae
domingo, 26 de junio de 2016
AMBIENTALIA 2016. EL PROGRAMA
Taller Rastros, Huellas y Señales.
Organiza: Convenio CROA Villarquemado y Ecologistas en Acción Otus. Lugar:
Recinto Ferial.lunes, 30 de mayo de 2016
AMBIENTALIA
martes, 1 de abril de 2014
AEROGENERADORES PARA LA PARAMERA DE POZONDÓN
No negamos la potencialidad los aerogeneradores para producir energía eléctrica. Actualmente supone un alto porcentaje de la producción de energía eléctrica en Aragón, por encima de la electricidad generada con la quema de combustibles fósiles. Ello, sin duda, supone un importante avance en el objetivo de la sociedad para reducir la emisión de CO2 a la atmósfera en su compromiso para de frenar el efecto invernadero y la amenaza que supone, a nivel planetario, sus consecuencias en el clima.
Pero la instalación de molinos de viento en collados y parameras del territorio no es inocua. Es un hecho demostrado su impacto ambiental en el paisaje, también los daños directo ocasionados a avifauna y a las poblaciones de murciélagos.
En los últimos meses hemos visto con preocupación los anuncios en el BOA de exposición publica de dos proyectos de energía eólica que se pretenden instalar en las Parameras de Pozondón. Se trata de los Parques Eólicos de Santos de la Piedra y de Abantos. Dos pequeños parqués eólicos, con menos de 8 molinos cada uno, que vendrían a sumarse a la colonización de estas instalaciones iniciada desde la vecina provincia de Guadalajara en Sierra Menera.
La ubicación en áreas colindantes y el algún caso dentro de la ZEPA “Parameras de Pozondón”, junto a la afección a hábitats prioritarios en la normativa ambiental de la Unión Europea, se suma a su situación geográfica en un punto estratégico entre diversas ZEPAS localizadas entre la Sierra de Albarracín, Gallocanta, Blancas y la actual propuesta de la Laguna del Cañizar, lo que supone el transito de aves catalogadas.
También nos llama la atención el enorme coste económico de unas largas líneas eléctricas de evacuación para enlazar con las subestaciones eléctricas de distribución en Santa Eulalia, que convergen paralelas. Al relacionarlas con el reducido número de aerogeneradores que se pretenden instalar nos crea la duda de pensar que estos proyectos son un avance para futuras ampliaciones, con lo que la evaluación de su impacto ambiental se estaría realizando en plazos, sin un análisis global del conjunto del proyecto, minimizando el impacto de la realidad del proyecto pretendido.
Es por ello por lo que desde Ecologistas en Acción-OTUS se han presentado alegaciones a ambos proyectos. Se ha solicitado la paralización de los mismos, en tanto no se conozca con rigurosidad el impacto ambiental que puede generar sobre la avifauna en unas lomas y altiplanos que son nudos estratégicos en sus desplazamientos. La geomorfología de estos lugares, declarados puntos de interés geológico por la peculiaridad de sus formaciones kársticas ….
Dolinas de Pozondón. Foto: David Serrano
se ve enriquecida con su tapiz de vegetación almohadillada; un hábitat importante para que sigan existiendo junto a nosotros las poblaciones de ortega, alondra ricoti, alcaravanes, aguiluchos….
Creemos que se hace necesaria la paralización de estos proyectos, en tanto no se ejecute una planificación territorial que busque formulas para compatibilizar su potencialidad para producir energía eléctrica utilizando la fuerza del viento, con la necesarias medidas para conservar su paisaje y su biodiversidad La colocación de líneas eléctricas y grandes molinos de viento rompería los amplios horizontes abiertos de estos territorios. Incorporaría unos elementos industriales distantes de las actividades tradicionales que han modelado las características naturales de estos lugares.
Ángel Marco (Ecologistas en Acción-otus)
domingo, 2 de junio de 2013
LA GESTIÓN DE LOS TALLARES MADUROS: UNA OPINIÓN PARA EL DEBATE
La vegetación original de los montes del Jiloca y del Campo de Daroca estaría mayoritariamente compuesta por bosques de carrasca (Quercus ilex), en las zonas más secas y de peor suelo, y de rebollo (Quercus faginea) y marojo (Quercus pyrenaica), en las zonas más frescas. La ocupación humana de estas tierras fue acompañada de talas, roturaciones e incendios con el fin de conseguir tierras de labor y pastos. En la actualidad los únicos vestigios forestales de los bosques primarios que pueden encontrarse son tallares de aquellas planifolias, es decir, las masas formadas por rebrotes de cepa sometidas a periódicos turnos de corta que producen ciertas especies arbóreas, como le ocurre a las pertenecientes a la familia Fagáceas.
El ser humano aprovechó desde muy pronto esta cualidad. Para proveerse de leña para los hogares y pequeñas industrias locales, así como para producir carbón vegetal para la venta, cada pueblo reservó dentro de su término algunos parajes en los que los carrascales, rebollares o marojales no llegaron a desaparecer, manejándose con turnos de corta de quince o veinte años, en muchos casos, en forma de cuarteles. Estos tallares eran el almacén de leña de la comunidad aunque también los había privados.
Estos extensos arbustedos han sido durante décadas los últimos ambientes forestales en la mayoría de los términos municipales, hasta que alcanzaron desarrollo los fustes de los pinos plantados en la segunda mitad del siglo XX. Eran sistemas muy inestables, poco maduros, ya que los turnos cortos de corta dificultaban la entrada y conservación de las especies de hongos, plantas e insectos propios de las fases maduras de estos bosques. Su función creadora de suelo también estaba muy limitada, al desaparecer el dosel protector cada pocos años quedando el escaso mantillo al descubierto, vulnerable ante las tormentas.
Hoy el aprovechamiento de leñas ha decaído tras el éxodo rural y el uso de otros sistemas de calefacción doméstica. Los tallares van madurando. Pies más gruesos y más altos, mayor cobertura de suelo, mayor sombreado del estrato herbáceo, masas más cerradas, suelos más humíferos, creación de microclimas húmedos y atemperados bajo la copa que favorecen a las especies propias de las etapas más maduras de la sucesión ecológica del bosque ….
Lo pudimos comprobar este largo otoño con la riqueza de hongos forestales en los carrascales.
O la de plantas herbáceas delicadas que necesitan buenos suelo y un ambiente nemoral, como la prímula (Primula veris)….
o la celidonia menor (Ranunculus ficaria)….
Los tallares de marojal son escasos en nuestras comarcas ya que esta fagácea tiene una reducida área de distribución, al exigir suelos silíceos y precipitaciones superiores a los 550 mm anuales. Encontramos al marojo en Sierra Menera, las umbrías de Valdelacasa (Gallocanta) y sobre las rañas de las sierra de Pelarda y de Cucalón.
Hace unas semanas recorríamos el monte de El Ortigal (Olalla). Es uno de los marojales de mayor extensión y desarrollo de la contornada ya que prospera sobre unos terrenos sueltos, frescos y de suaves relieves, algo poco habitual.
Ese día los prados y el bosque estaban saturados por las lluvias y nieves invernales, los arroyos corrían con alegría, la primavera entraba con prudencia en estas tierras altas … ajenas a las nevada que estaba por llegar cuatro días después.
Conocimos hace unos años este marojal y desde entonces nos gusta recorrerlo y mostrarlo por ser uno de los enclaves forestales más interesantes de la comarca. Este invierno ha habido cambios, periódicos, pero cambios para como lo conocíamos. Se ha realizado un aprovechamiento de leña….
por toda una amplia ladera, con zonas más abiertas …
y otras con más pies conservados …
en las que se han cortado fustes que ya tenían un buen grosor y edad….
… y edad.
En definitiva, lo que se hizo en el monte del Ortigal no es más que continuar el manejo tradicional para aprovechar un recurso natural y renovable como fuente de energía (biomasa). Es decir, la gestión que ha llevado desde hace décadas, tal vez siglos, y que ha mantenido esta masas hasta nuestros días.
Esta primavera las cepas brotarán produciendo múltiples rechizos. Con los años se seleccionarán quedando unos cuantos palos por tocón. Los pies conservados, tomarán ventaja al reducirse la competencia y prosperarán, tal vez alcanzando el porte arbóreo que ahora no tiene.
El marojal de El Ortigal de Olalla está incluido en el Catálogo de Bosques Singulares de la provincia de Teruel confeccionado por el Departamento de Medio Ambiente. Su estado de valoración se califica como “Muy Bueno” destacando como valores la población de avellano (Corylus avellana), muy escaso en las sierras del entorno y todavía más habitando dentro de un marojal.
Por otra parte, sería conveniente ir pensando en crear una red de bosquetes bien conservados en los que se garantizara su conservación favoreciendo el proceso de sucesión ecológica hacia estadíos de mayor madurez. Estas reservas de biodiversidad ejercerían como puntos de difusión de especies hoy aún escasas hacia zonas menos conservadas del entorno. No se necesitaría nada más que dejarlas tranquilas. Tal vez podrían explorarse fórmulas de gestión tipo custodia del territorio con los propietarios, que suelen ser los ayuntamientos, o en algunos casos fomentar su conocimiento, sobre todo entre los vecinos.
Los bosques –más bien bosquetes- singulares de estas tierras suelen tener dimensiones modestas. Hay otros muchos montes con carrascal o rebollar de menor valor ecológico que también son susceptibles de aprovechamiento de sus leñas. Por no hablar de los amplísimos pinares de repoblación en los que el aclareo es imprescindible y cuya madera podría ofrecerse como leña para los vecinos en tiempos en los que el precio del gasoil sigue creciendo.
La idea fundamental es que la cosecha de biodiversidad en estos montes es más valiosa que la de madera.
domingo, 17 de marzo de 2013
KÍA
Amaneció con una brisa suave acariciando la cresta rocosa de San Eloy. Kía levantó la vista hacia aquel horizonte perfectamente azul cuando intuyó un punto negro suspendido en el inmaculado cielo acercándose hacia allí. Lo observó fijamente mirando expectante, esperando reconocer en él a alguien. Sus brillantes y redondos ojos de color oro distinguieron, en aquella silueta, algo más de lo habitual. Cuando oyó el grito de llamada, tuvo la certeza de que era Kronn, su padre, quien volaba hacia ella anunciando que traía la primera comida del día.
Foto: Rodrigo Pérez
Entre sus poderosas garras colgaba tambaleante un conejo todavía sangrante. Aquella sabrosa imagen le provocó un rugir hambriento en el estómago. Kía era muy mayor ya para andar comiendo solamente perdiganas. Sus tres meses de edad constituían la madurez final de un polluelo de águila real, la edad perfecta para aprender a volar, de hecho ya debería haber comenzado a dar pequeños saltos de sustentación extendiendo sus alas cuando la brisa acariciaba el nido, pero Kía todavía no se atrevía ni siquiera a sacar la cabeza fuera del lecho y se agarraba fuertemente a los palos y ramas que se entretejían formando la base del que había sido lugar de cría para sus padres durante los últimos tres años. Era un lugar especial, soleado a principios de primavera y a la sombra de una encina, nacida de una grieta, cuando el sol corría por lo más alto. Su ubicación en mitad de un potente risco lo hacía inaccesible para los depredadores terrestres y la vista que se dominaba desde allí resultaba grandiosa.
Su padre parecía preocupado, le resultaba muy extraño que su hija no se animase a imitarle, dejarse caer extendiendo sus alas para deslizarse en el aire y comenzar a planear paralelo al suelo como si se flotase. Aquel nido era un lugar perfecto para aprender a volar, estaba incrustado en un acantilado limpio, libre de maleza y al resguardo del racheado y frío cierzo, por eso y porque ninguno de sus anteriores hijos había sido tan tardano empezaba a impacientarle aquella actitud creyendo que Kía tenía realmente un serio problema. El verano estaba ya muy avanzado y pronto debería empezar a cazar por sí sola. En el fondo Kía se sentía muy bien en el nido, era un lugar muy confortable y acogedor y todos los días tenía la comida a punto cuando sus padres volvían de cazar, pero todavía no había oído la llamada de su independencia, no tenía la más mínima intención de abandonar el nido tan pronto, por eso no encontraba la necesidad de empezar a volar.
Al fondo, por detrás de su padre apareció Kana. Mamá era una experta buscando los bocados más tiernos y apetitosos. Esta vez oscilaba como un péndulo entre sus garras un lagarto ocelado que le serviría de suculento postre. Cuando su padre llegó al nido un potente golpe de viento hizo que Kía se agachase para no desestabilizarse, aunque la intención de Kronn era justamente la contraria, incitarle para ver si de una vez por todas se decidía. Le ofreció la presa sin soltarla de sus garras y Kía con muestras de agradecimiento comenzó a hincar su pico y a estirar con fuerza para arrancar a tiras la sabrosa carne que iba a empezar a engullir.
Foto: Rodrigo Pérez
A los pocos segundos se posó también su madre, ambos le demostraban mucho cariño y por eso deseaban lo mejor para ella. “Aliméntate bien que hoy tenemos que intentarlo” dijo soltando el lagarto, pero Kía, disimulando no haber oído nada, se afanó en dar buena cuenta de toda la comida que le habían traído.
Cuando hubo terminado y aprovechando la brisa, su madre extendió las alas para demostrar que solo con tensar sus plumas remiges podía apoyarse en el aire sin apenas tocar el suelo, pero cuando llegaba el turno de Kía en vez de imitarle se retraía aferrándose a la solidez del nido. Su padre fuera de sus casillas no entendía porque no deseaba probar ese placer tan delicioso de saltar y alcanzar, a gran velocidad, el otro lado del valle. Aborrecido se lanzó al vacío gritando “¡Así debes hacerlo Kía!” Y se dejó caer unos metros para enlazar como en un gigantesco tobogán un planeo constante sin apenas perder altura, pero la falta de motivación y el miedo de la joven águila hizo que no quisiera asomar siquiera la cabeza. Cuando volvió para atrás en un vuelo circular ascendente le gritó amenazante desde lo alto “¡Cómo quieras a partir de mañana no tendrás comida!” La madre miró con cara de asombro a su pareja, pero comprendía que habían agotado todos los recursos posibles para estimularle. Poner la comida que más le gustaba en el borde del nido solo conseguía que se animara a estirar el cuello agachada hasta cogerla por el extremo más cercano con la punta del pico sin necesidad de mirar abajo; colocar tiras de carne en las ramas superiores de la encina o en otros salientes cercanos; dar gritos de peligro como si viniese un depredador, hacer vuelos rasantes veloces eran todo tipo de artimañas que sus padres probaban en vano, puesto que Kía prefería pasar hambre a tener que despegar. “¿Quién sabe si luego podré regresar?- pensaba ella “¿Y si doy en el suelo quién me remontará de nuevo a casa?”.
Pero ahora su padre estaba dispuesto apostar fuerte y había amenazado muy seriamente con abandonarla si no tomaba ya la decisión. La voz con que lo había dicho no dejaba espacio para la negociación, le conocía muy bien, nunca daba un paso atrás.
Foto: Rodrigo Pérez
Al tercer día, Kía sentía desfallecerse, cómo podían ser tan crueles, solo se acercaban al nido para dar envidia, pero nunca a menos de quince metros, exhibiendo las suculentas presas que comían en un risco cercano, todo para que viese de cerca como engullían los delicados bocados de carne fresca. La boca se le hacía agua. Su estómago no paraba de rugir y sus ojos suplicaban de pena, pero cuando veía desaparecer la última brizna de comida por la comisura del pico de sus padres el cielo se le caía encima, otro día más sin probar bocado, la tarde se le iba a hacer eterna y angustiosa. Y aún así el pánico a volar se sobreponía a aquella necesidad vital.
Pero en la mañana del quinto día de aquel caluroso mes de julio ocurrió algo inesperado que cambio el curso de su vida y la de todos los animales de la sierra de Sant Just.
Un chirriante ruido de cadenas de hierro los despertó alarmados. Kana y Kronn alzaron el vuelo inmediatamente “¿Qué era lo que provocaba semejante estruendo?” Cuando alcanzaron la altura suficiente para tener una perspectiva adecuada vieron como una enorme máquina amarilla avanzaba por la loma arrancando árboles y arrastrando piedras sin piedad. La cara de asombro y estupefacción de ambos no podía dar crédito a lo que estaban viendo. “¿Por qué venían los humanos ahora a destrozar la paz de la montaña? ¿No les bastaba con poseer la práctica totalidad de los valles? Ahora también querían apoderarse de la loma”. Lo peor era que la máquina se estaba acercando hacia la parte superior del acantilado justo encima del nido. Una enorme rabia se apoderó de los dos y hubieran deseado arrastrar por los pelos al hombre que conducía la máquina pero los cristales le protegían y aquel monstruo de acero, que con su enorme pala delantera arrasaba todo a su paso, les causaba demasiado pavor.
De repente se acordaron de que Kía corría peligro, en pocos minutos la máquina llegaría al borde e iba a volcar todo lo que arrastraba por delante pared abajo.
“Rápido tenemos que sacarla de allí como sea”.- “!Pero si no sabe volar¡”- “Hay que intentarlo o le aplastarán”.
Kía permanecía en su nido mirando con cara de asombro hacía el cielo. ¿Qué eran esos chirridos?¿Por qué bajaban sus padres en picado gritando hacia ella?.
“Kía tenemos que irnos ya, abre tus alas por favor”, pero Kía volvió a retraerse, pensando que esta era una nueva estratagema para animarla a saltar.
“Va en serio Kía, debemos de irnos van a destruir nuestro nido, tienes que apartarte de ahí”
Pero Kía bajaba la cabeza y apretaba cada vez con más fuerza las ramas del nido con sus garras.
“No va a servir de nada quedarte ahí, te aplastarán”
Cuando empezaron a caer las primeras piedras, Kía estaba más asustada que nunca y se había apretado contra la pared. Intentaba levantarse, pero el pánico se lo impedía, su cuerpo se había bloqueado por completo.
Caían piedras y ramas sin cesar, rebotando contra todos los salientes que al tiempo se astillaban en minúsculos proyectiles, algunos de los cuales rebotaban contra sus plumas. El cielo parecía una lluvia apocalíptica de tierra, polvo, guijarros y ramas, pero Kía prefería quedarse allí y no mirar.
De repente una enorme roca chocó contra el extremo saliente del nido y Kía salió despedida hacia el vacío.
“¡Abre las alas Kía, ahora!- gritó con fuerza su padre.
La joven águila se vio privada de la estabilidad del suelo, jamás había sentido esa falta de gravedad que te sube las entrañas hacia la boca del estómago y comenzó a caer dando vueltas entre rocas y maleza.
“Abre las alas Kía! Volvió a oír de su padre mientras se aceleraba hacia el abismo. Pero tal vez, como si su instinto de supervivencia tomara las riendas de la caótica situación, ante la falta de un control consciente, involuntariamente hizo ademán de extenderlas y la propia velocidad del aire hizo que las estirase al máximo y automáticamente comenzó a planear hacia el valle abierto dejando atrás la nube polvorienta que la había arrastrado.
Era una sensación extraña, las plumas de su pecho se pegaban contra su piel, el aire era más fresco de lo habitual. Los elementos del paisaje se movían a gran velocidad, pero aún así tenía miedo. Sus padres habían desaparecido y Kía solo miraba a un suelo que tarde o temprano llegaría a ella, porque en realidad no sabía remontar aprovechando las corrientes ni batir fuertemente las alas como les había visto hacer a ellos y percibía como poco a poco perdía altura. De repente a su lado apareció su madre, había descendido a toda velocidad para ayudarle a controlar el vuelo y a los pocos segundos su padre se colocó al otro lado. “Muy bien Kía, así se hace. Ahora tenemos que buscar un sitio para aterrizar. ¿Ves aquella enorme carrasca? Tienes que visualizarla e intentar que tus alas y tu cola te dirijan hacia ella.
“¿Y si no llego o me paso y caigo en el suelo? ¡Jamás podré volver a elevarme!”
“No te preocupes, todo saldrá bien” -intentó tranquilizar su madre.
Conforme se acercaban al suelo el nerviosismo ante no saber como actuar al llegar a las ramas de la enorme encina hacía que su cuerpo temblase desestabilizando aún más el vuelo. Su padre se adelantó para mostrar como se debía entrar hacía la parte superior del árbol y frenar en el momento preciso antes de apoyar las garras sobre una rama sólida. Su madre permanecía a su lado intentando tranquilizarle, dándole instrucciones en la medida de la posible, pero el mecanismo de aterrizaje se desencadenó al igual que había comenzado el accidentado vuelo. Su instinto volvió a tomar las riendas y apareció con el cuerpo totalmente tumbado y las alas abiertas sobre las hojas pinchudas de una gran rama. Parecía que hubiese querido abrazar todo el árbol fuertemente para no desprenderse de él nunca más.
El fortuito vuelo, aunque poco perfeccionado, había sido todo un éxito y sus padres respiraban aliviados. Kía tardó más de media hora en incorporarse y autoconvencerse de que había sido capaz de conseguirlo. Mejorar en ello iba a ser solo cuestión de tiempo.
Lo malo era que se habían quedado sin hogar y tendrían que cambiarse de valle. Aunque Kronn y Kana estaban felices de haber podido salvar a su hija, de vez en cuando soltaban un grito de protesta hacia las alturas contra esa máquina infernal que los había expulsado poniéndolos en peligro.
Aquella noche durmieron desterrados e intranquilos sobre la gran carrasca.
Ninguno sabía por aquel entonces qué era lo que realmente pretendían los humanos con aquellas obras. Kía no podía imaginarse que, seis meses más tarde, aquella limpia y pura loma iba a llenarse de enormes tubos de color blanco con una fantasmagórica estrella de tres puntas que no pararía nunca de girar a gran velocidad, provocando un ruido continuo que rompería el perfecto silencio reinante hasta entonces.
Cambiaron de valle desplazados por aquella invasión eólica de múltiples artefactos, pero para Kía aquel sería ya siempre su hogar, el lugar donde vio las primeras luces del mundo, donde recibió el primer calor maternal y donde había disfrutado de la mejor casa que pudiera imaginar. Sus padres le prohibieron volver por allí, pero a ella le despertaba una curiosidad enorme saber donde había estado ubicado el nido donde nació y poder observarlo desde varios ángulos tal y como hacían sus padres cuando le llevaban comida.
Ahora, que ya empezaba a controlar el vuelo de forma autónoma permitiéndose el lujo de hacer vuelos rasantes contra los acantilados, deseaba ir a visitarlo a todas horas.
Lo tenía bien advertido, no podía separarse todavía de ellos, algún otro águila que viera invadido su territorio podría atacarle; cazadores que desearan trofeos en los comedores de sus casas o vieran competencia en las águilas como depredadores podían dispararle; coches en los caminos donde se cazan las culebras más gordas y los ardachos más brillantes podían atropellarle y miles y miles de peligros más que acechaban a los incautos como ella.
Pero Kía cada día se sentía más feliz y autónoma y estaba decidida a ampliar sus horizontes aprovechando el primer descuido que tuviese su madre y fingiendo ir a cazar un poco más allá tendría la excusa perfecta.
Se sentía pletórica cayendo en picado hacia el suelo en busca de alguna presa que a menudo se escapaba y ascendiendo de nuevo hacia el sol con los fuertes impulsos de sus enormes alas, planeando al atardecer, observando como caía la enorme bola de fuego anaranjada engullida por la montañas más lejanas. ¡Qué tonta había sido esperando tanto tiempo para saltar! Su padre tenía razón, volar era uno de los mayores placeres para un águila.
Lo tenía prohibido, pero tenía que ir a verlo, no sabía cómo de grandes eran aquellas máquinas blancas colocadas a pocos metros sobre su antiguo nido, tampoco sabía que aquellas hojas afiladas como uñas, que giran como turbinas infernales eran capaces de seccionar un tronco de pino con solo acariciarlo, ni que decenas de compañeros de vuelo, buitres, alimoches y búhos, estaban sucumbiendo en sus fauces atrapados por la corriente y las turbulencias que se generaban con aquellas puntiagudas palas.
Pero ella quería probarlo todo, quería volar junto a ellos pasar al otro lado y volver a circular en sentido favorable del aire, podía esquivar todo lo que se pusiese por delante, había mejorado muchísimo la técnica de las acrobacias.
Pero ni en la peor de sus pesadillas podría haber soñado, que una vez que te ha tocado solo sientes un intenso escozor mientras pierdes la estabilidad y comienzas a caer formando tirabuzones imposibles de parar, por mucho intentes cualquiera de los consejos de vuelo que te han enseñado tus padres.
Tampoco imaginaba que el intenso dolor mareara tanto o más que el continuo giro incontrolado del paisaje, ni que en su último aliento vería la mano de un agente forestal levantando en el aire su ala seccionada, caída a pocos metros de ella después del tremendo golpe contra el suelo. Ella no sabía que se le nublaría la vista poco a poco mientras se ahogaban en su garganta estridentes gritos de angustia.
Luis Torrijo
martes, 15 de enero de 2013
HACIENDO LEÑA EN LA VEGA DEL JILOCA
Hace unos años el Ayuntamiento de Calamocha tuvo la acertada iniciativa de integrarse en + Biodiversidad. Red de gobiernos locales. En este marco concurrió al III Concurso de Proyectos para el Fomento de la Biodiversidad 2011 con el proyecto “Incremento de la biodiversidad en la ribera del Jiloca (Teruel). El ciervo volante (Lucanus cervus) y los chopos trasmochos (Populus nigra)” siendo seleccionado y premiado. Dos técnicos medioambientales, Carmen Alijarde y José Ramón López, están desde finales de 2011 desarrollándolo con dos líneas de trabajo.
Una de ellas era la creación de hábitat para el ciervo volante y otros insectos saproxílicos (no debe olvidarse que Lucanus cervus es una “especie paraguas”) mediante trabajos de escamonda de chopos cabeceros seleccionados conjuntamente con la Comunidad de Regantes de Calamocha que se encuentran situados en márgenes de acequias y en espacios públicos.
La segunda línea de trabajo es la educación ambiental mediante charlas en los centros educativos, conferencias en ferias y la dotación de una colección de paneles para colocar en el parque municipal y otros espacios empleados por la población para el esparcimiento y que coinciden con el hábitat del coleóptero y el árbol.
Durante dos inviernos la empresa Xilofor, adjudicataria de los trabajos de escamonda, ha podado varios doscientos treinta chopos cabeceros repartidos por la vega del Jiloca de Calamocha.
Aquellos árboles podados en el año pasado comenzaron a brotar esta primavera. Son la esperanza de mantener estos viejos árboles en el paisaje calamochino ya que las quemas agrícolas incontroladas y el abandono por pérdida de uso estaban acelerando su desaparición.
Los vecinos que lo han solicitado han podido proveerse de leña a partir de las vigas obtenidas. Aquellas otras que no han sido pedidas se han triturado para obtener astilla para su uso como combustible. Frente al colegio había una decena de viejos y decrépitos chopos que llevaban cuarenta años sin podarse. Miguel Ángel Lázaro y Felipe Ruiz, animosos como siempre, los escamondaron el día de Nochevieja, por aquello de ganarse la cena … y los dejaron así de bien:
Como en casa tenemos estufa nosotros solicitamos el aprovechamiento de estas leñas que compartimos con otros vecinos.
Así, con la ayuda de Chabi y de Felipe, durante estas navidades, hemos estado limpiando las vigas con la motosierra o aprovechando vigatillas…
separando las pequeñas ramitas no aprovechables …
recogiendo y cargando palos en el tractor …
En fin, un entretenimiento que te desloma si no estás muy acostumbrado al ejercicio físico. Pero que sabe muy bueno cuando el trabajo ya está hecho ….
Analizando el grosor de los anillos de las vigas destaca la delgadez de los producidos en los últimos veinte años …
claro indicador del limitado crecimiento de las ramas cuando supera el turno de los doce años, el preferido tradicionalmente por las gentes del país.
viernes, 15 de enero de 2010
EL ASALTO EÓLICO A LA SIERRA DE ORICHE
Aunque se presentan como dos proyectos corresponden a una unidad de producción situada en el mismo paraje alineando los aerogeneradores de forma contínua. El primero de ellos consta de 16 molinos y el segundo de 13. En total el proyecto pretende implantar 39 unidades. Cada uno de ellos tiene una potencia de 3 Mw, consta de un pie de 100 metros de altura y un diámetro de pala de otros 100 metros.

Sendos proyectos adolecen de importantes carencias y errores en la valoración del impacto ambiental que ocasionará esta industria eólica en la geodiversidad, la flora, la fauna y los procesos ecológicos.
miércoles, 17 de septiembre de 2008
IDAE: UNA WEB CON MUCHA IDEA
Estos días me llama la atención la cantidad de parques solares fotovoltaicos que se están instalando en todo el valle del Jiloca. Las energías renovables van entrando poco a poco, también en nuestro territorio.El IDAE, o Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía, es una Entidad Pública Empresarial, adscrita al Ministerio de Industria, Turismo y Comercio, a través de la Secretaría General de Energía, de quien depende orgánicamente.
http://www.idae.es/ es una interesantísima web donde informan de manera muy clara sobre las energías renovables en España. Ofrecen un montón de información, tanto a las empresas, como al ciudadano de a pie, de temas en los que todos deberíamos contribuir, como son, por orden, el ahorro, la eficienca energética y las energías renovables.
Si estás pensando en una instalación fototérmica o fotovoltáica para tu hogar, ésta es la web indicada.

