Natura xilocae

Journal of observation, study and conservation of Nature Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal de l'observation, l'étude et la conservation de la nature et des Terres de Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal der Beobachtung, Erforschung und Erhaltung der Natur und der Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Gazzetta di osservazione, lo studio e la conservazione della natura e Terre Jiloca Gallocanta (Aragona) / Jornal de observação, estudo e conservação da Natureza e Jiloca Terras Gallocanta (Aragão)
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miércoles, 8 de mayo de 2019

II CURSO "ECOLOGÍA DEL DESPOBLAMIENTO RURAL EN EL CONTEXTO DEL CAMBIO CLIMÁTICO". TERUEL, 22-24 JULIO

La naturaleza ibérica está experimentando cambios muy intensos a causa, principalmente, de dos fenómenos socio-ambientales que interactúan entre sí: los cambios de usos tras el despoblamiento rural y el cambio climático. Tales cambios son de naturaleza compleja y van desde la recuperación de la fauna salvaje y los bosques y matorrales hasta el incremento de los incendios y la disminución de los caudales de ríos y acuíferos. 


En el curso, por un lado, se mostrará el conocimiento científico disponible sobre los principales procesos naturales implicados, y por otro, se expondrán actuaciones de gestión del monte adaptadas a las nuevas circunstancias del medio natural. Asimismo, se debatirá sobre el papel que puede jugar la naturaleza en el medio rural como suministradora de servicios ecosistémicos al conjunto de la sociedad y los beneficios económicos e identitarios que ello podría comportar a la sociedad rural.

Más información, programa e inscripción en este enlace.

viernes, 1 de diciembre de 2017

VÍDEO: TIERRA. POEMAS Y MÚSICA DE LAS ESFERAS

El proyecto científico-artístico ‘TIERRA. Poemas y música de las esferas’ reivindica una Nueva Cultura de la Tierra, la búsqueda del equilibrio entre Geosfera, Hidrosfera, Atmósfera, Biosfera y Antroposfera. Su faceta más singular es una música creada a partir de la sonificación de sucesiones de rocas sedimentarias. Recogiendo la noción pitagórica de la música como expresión de la armonía del Universo, plasmando los ciclos orbitales de la Tierra registrados en el clima y en la sedimentación, esta ‘geomúsica’ expresa, en sentido poético, el pulso y la voz del Planeta.


El vídeo recopila algunos de los contenidos del CD-libro del mismo título: fragmentos de poemas, temas de ‘geomúsica’, combinados con imágenes de paisajes geológicos de variada procedencia (Pirineo, Cordillera Ibérica, Cuenca del Ebro, Atlas Marroquí, Islandia, Escocia, Gales…). Se intercalan tomas breves en directo del grupo O’Carolan, de María José Hernández y Reyes Giménez. Un personaje atraviesa el discurso audiovisual: es Gea/Gaia, la Tierra, la figura central de la historia (coreografía y danza: Clara Gastón).

LINKS:

Sin subtitulos:
https://www.youtube.com/watch?v=gYbGpxlR_Cc

Con subtitulos inglés:
https://www.youtube.com/watch?v=YRv-Y-KBtcg

Guión y dirección: Antonio Casas y José Luis Simón
Cámara y montaje: Antonio Casas
Dpto. de Ciencias de la Tierra – Grupo Geotransfer – Universidad de Zaragoza

domingo, 29 de octubre de 2017

QUEJIGAS CENTENARIAS EN CAMPO DE RIBATAJADA

Puente de San José. Escapada a la Serranía de Cuenca. Decisión de última hora. Problemas con el alojamiento en los pueblos serranos. Carmen encuentra plaza en un hotel de un pueblecico del que no habíamos oído hablar antes: Ribatajadilla. Todo un acierto, como pronto descubrimos. 

Viaje nocturno desde Teruel, por Guadalaviar, Tragacete, Las Majadas .... hasta adentrarnos en un territorio para nosotros ignoto. Bajábamos la serranía mientras nos adentrábamos a través de unos montes en los que, por el rabillo del ojo y la la luz de los faros del coche, se atisbaban tierras de labor y pinares de rodeno con romero. Estábamos en el Campo de Ribatajada, una comarca conquense también conocida como El Campichuelo. Nos recibe con amabilidad la propietaria del hotel rural. Estamos cansados tras días difíciles en el trabajo de cuyos problemas intentamos (vanamente) escapar. A descansar. A ver qué nos encontramos mañana.

El hotel es, al tiempo, el bar del pueblo. Desayunamos con los propietarios mientras la televisión predica las noticias cotidianas de esa jornada laborable. Les hablamos de nuestro destino: las dehesas de Carrascosa y Valsalobre. Y de nuestros intereses, los árboles viejos, sobre todo los robles, aquí conocidos como quejigas, y si son muy grandes, chaparros. Nos remiten a sus vivencias personales en unos sabinares de pueblos cercanos de nombres que nos suenan igual. Pero de robles viejos, poco. Allá vamos.

Salimos de Ribatajadilla dirección Ribatajada. La primavera también entra tarde también aquí. Los apagados frutales y los ribazos de la estrecha vega nos recuerdan la altitud de estas tierras (900 m), aunque la presencia de plantas como el romero nos indican de la influencia atemperadora de las masas de aire que remontan por el valle del Tajo y que se extienden desde las cercanas tierras alcarreñas y manchegas hasta estos piedemontes serranos.

Sembrados cerealistas y barbechos. Tierras royas y fuertes, arcillosas. Un tallar de quejigos aprovechado en otra época por sus leñas. Salimos a un cruce. Más tierras de labor se extienden por una serie de lomas que se extienden hasta unos montes calizos. Carmen advierte la presencia de unos grandes árboles que crecen entre los campos. Nos acercamos. Son robles quejigos de más de medio de diámetro normal de tronco el cual, en muchos casos, termina en una toza de la que arrancan ramas de desigual grosor nacidas de rebrote. Son trasmochos. Claramente.


El arado apura al tronco. Para labrar se cortan las ramas bajeras, las que rozan con el tractor. A los árboles les prueba muy mal carecer de espacio en su entorno. Las raíces superficiales, las que captan la mayor parte del agua, se dañan. Los hongos no prosperan en estos suelos permanentemente volteados. El árbol necesita un espacio de protección si se desea que no mueran a medio plazo.

Seguimos la rectilínea pista agrícola que se abre paso entre extensas parcelas de límites trazados con regla y cartabón, fiel indicador de la ejecución de una concentración parcelaria. Entre los campos sobreviven añosos y robustos quejigos en los que entran y salen unas abubillas recién llegadas de sus cuarteles de invierno en África.


Muchos árboles mantienen una o dos gruesas ramas paralelas al suelo (la horca) y otras tantas ramas verticales (el pendón). Es el viejo estilo de poda promovido para asegurar la producción y la vitalidad de los árboles trasmochos por los reglamentos de la Corona de Castilla y que puede verse desde Burgos a Guipúzcoa, desde Cuenca hasta Salamanca.  


Hacia el oeste, en la ladera de unos cerros, se adivinan unos árboles de gruesos troncos de tonos claros dispuestos formando un bosquete abierto. Una dehesa. A por ellos. Antes cruzamos un curso de agua que resulta ser el río Liandre. Un aguilucho lagunero sobrevuela un carrizal socarrado en el que querría hacer nido. Algunos chopos y sauces dispersos apuntan la existencia de un antiguo soto previo a las obras de rectificación y canalización asociadas a la concentración parcelaria del término. Una pena.


Llegamos a Villaseca.


Un pueblo, hoy casi deshabitado (cinco vecinos) que antaño tuvo mejores tiempo a juzgar por la factura de su iglesia románica, seguramente levantada en el esplendor de la ganadería mesteña y de la ruta de la lana hacia el centro mercantil de Burgos. Conocíamos solo dos pueblos de esta comarca conquense, en ambos, sendas iglesias románicas de líneas sencillas y sobrias. Románico rural, le llaman.


Nos dirigimos hacia el norte. Nos sorprendió una preciosa dehesa de quejigos, cercana al pueblo, junto al camino que sigue paralelo al río Liandre.


Afloraban unas arcillas con cantos calizos. Seguramente depósitos terciarios acumulados el pie de los relieves carbonatados mesozoicos. Estas arcillas son la clave de la existencia de estos robledales.

Algunos de los árboles mostraban indicios de antiguos aprovechamientos en forma de podas.


Otros árboles eran bravíos. También había rebrotes y algún tallar. Se percibía la vigencia de su uso ganadero, por las ovejas de una cercana granja. Sin embargo, la abundancia de espinos, aliagas y de otras matas apuntaba ya la regresión de la ganadería extensiva.


Retornamos por el mismo camino hacia el cruce de Ribatajadilla para dirigirnos hacia Ribatajada donde nos desviamos hacia el oeste siguiendo las aguas del río Trabaque, igualmente desnaturalizado, hasta el desvío hacia La Frontera. El paisaje iba haciéndose cada vez más montano, a pesar del dominio de la agricultura.

Al pasar por La Frontera, frente a la carretera y al otro lado de un arroyo, encontramos otra dehesa de robles. Dimos media vuelta para conocerla volviendo al pueblo. Este nos pareció luminoso y cuidado, muy manchego. Muy cerca se encontraba las partidas de El Prado y La Dehesa. Y una granja nueva en plena actividad. 


Un par de trabajadores marroquíes, tan simpáticos como atentos, echaban de comer en las canales de unas ovejas que estaban acompañadas por sus cordericos.


Les pregunté por los quejigos. "Este año no bellota. Otros sí", me comentaron sin perder la sonrisa. Poco más me contaron sobre los árboles.


Cerca, encontré al propietario manejando un tractor. Pablo Hervás, un joven de veintiocho años, gestionaba la explotación. En diez minutos, pues no quería entretenerle en su faena, me contó muchas cosas. Me hubiera gustado disponer de más tiempo para aprender con él. Me habló de sus ovejas de raza alcarreña, de la finura de la carne de sus corderos, de las inversiones que exige hoy la ganadería, del daño que causa la importación de cordero australiano o argentino (de calidades inferiores) para su venta en las grandes superficies a unos consumidores que solo consideran el precio ... Era evidente la pasión por su trabajo, el conocimiento del oficio, el orgullo de continuar la explotación ganadera familiar. Y el aprecio por los viejos robles. 


"Mi abuelo ya labraba bajo los árboles", nos comentaba.  


Por lo que deduje, los árboles eran podados con turnos largos para obtener leña y rejuvenecer el ramaje, al tiempo que para estimular la producción de bellota. Un bien valioso en la explotación ganadera. Pero también eran cultivados aquellos terrenos, para producir cosecha de cereal y sujetar el desarrollo de los arbustos. Algo parecido a lo que ocurre en muchas dehesas extremeñas de encina o alcornoque.

En la dehesa de La Frontera encontramos algunos ejemplares podados. Los menos. El joven propietario nos comentó la necesidad de mantener el sistema de poda de antaño, claramente perdido en las últimas décadas. "Así, el ramaje se envejece y se seca, y le entra un gusano grande y blanco", nos indicaba. Pero los ingenieros no dejan, se lamentaba a un tiempo. Y así se van a secar.


La administración forestal de la Junta de Castilla-La Mancha no permite a los propietarios las podas de ramas de más de 30 cm de diámetro para asegurar el rebrote. El probema es que muchas de las ramas que nacen de estas quejigas son más gruesas por haber perdido el turno hace décadas. Eso obliga a cortar la rama lejos de la cabeza. Y eso, en el caso de que el agricultor desee seguir cuidando los árboles. Todo es difícil.

Volvió a su trabajo no sin antes recomendarnos recorrer y conocer bien su dehesa, a la que asignaba una edad de unos trescientos años. Bien puede ser.


Y la recorrimos, vaya que sí. Era una maravilla. De nuevo encontramos terrenos arcillosos terciarios. El rebollo exige suelos profundos que retengan agua durante el  verano pues, a diferencia de las quercíneas perennifolias, debe aprovechar esos meses para realizar la fotosíntesis antes de parar su actividad en octubre. Esas arcillas le aseguran sobrellevar esa difícil temporada, algo imposible sobre un sustrato calizo. De nuevo un dehesa cercana al pueblo, una razón histórica. Se repite el patrón.


Ya entibiaba el sol a esa hora de la mañana. Las abejas pecoreaban en los romeros. Romero y quejigo, una combinación extraña en las tierras del Jiloca. Una pareja de milanos reales sobrevolaba la dehesa.

Desde allí partimos hacia Carrascosa de la Sierra, haciendo parada en ruta para conocer los campos de mimbreras y la cultura del mimbre en Cañamares. Terminando la jornada en Beteta.

Al día siguiente, Carmen se quedó por la mañana a trabajar en el hotel. Yo seguí rondando por El Campichuelo. Entre lo que me había contado Pablo y lo que había ido leyendo aquí y allá, tracé una nueva ruta. Zarzuela, Fresneda de la Sierra y Ribagorda.


En Zarzuela también había una dehesa de roble y pino negral. Se hizo la concentración parcelaria y, a juzgar por los vecinos, "se tiraron muchos chaparracos y pinos grandes". Cuando llegué al pueblo, al punto de la mañana, pregunté a un vecino y me indicó la pista que sale hacia Sotos. Se despidió diciéndome "no dejan cortarlos". Me costó dar con ella. Campos y campos en los que ya no quedaba testimonio, a diferencia de lo que pudimos ver en Villaseca.

Las primeras quejigas trasmochas estaban junto a una tiná, denominación del cubierto con corral que en el Maestrazgo se llama teñada. Tan abandonados las unas como los otros. De nuevo nos recordaba el tradicional binomio trasmocho-pastoralismo.

 

La fuente y el gamellón de cuatro troncos nos sugieren la importancia de la cabaña de ovino (y vacuno) que debió pacer en esos frescos prados donde prosperan juncos, mentas, ranúnculos y otras especies higrófilas.


El sustrato correspondía, de nuevo, a conglomerados sin cementar de arcillas y cantos calcáreos, aunque en las partes altas también afloraban arenas de tonos amarillentas.

Era una masa mixta de pino negral (Pinus nigra ssp. salzmanni) y de quejigo (Quercus faginea) con sotobosque de espinos, escaramujos y jaral. En algunos sectores se apreciaba la estructura original de la dehesa ...


Los pinos negrales eran igualmente monumentales. En su base mostraban cicatrices, indicios de haber sido resinado en otros tiempos. Las ramas jóvenes estaban sofocadas de bolsas de procesionaria, insecto que se ha visto muy beneficiado en este invierno tan suave.

Aunque la escasa presión ganadera estaba favoreciendo la entrada de los espinos, jaras, agracejos y aliagas cerrando el pasto ... arbustos que compiten con los árboles, que reducen su vitalidad.


Desde Zarzuela, remontando el arroyo Villalbilla y pasando por Villalba de la Sierra, Portilla, Arcos de la Sierra y Castillejo-Sierra me acerqué a La Fresneda de la Sierra, lugar donde se encontraba una de las dehesas con quejigas más grandes,según me habían informado. Y vaya que lo eran.

La sierra de Las Majadas, con sus calizas cretácicas, se levanta hacia el nordeste. Tras su erosión, los cantos calcáreos, las arcillas y las arenas se acumularon al pie de este relieve -durante el Eoceno- formando unos bancos profundos en donde prosperaron quejigos y pinos negrales.


A diferencia de los de Zarzuela, los pinos de Fresneda de la Sierra no eran muy viejos. Parecían haber prosperado al cesar la actividad ganadera. En los claros de la dehesa de quejigos entraron las especies propias de las etapas pioneras e intermedias de la sucesión, aquellas que eran controladas por el diente de la oveja y de la cabra. Los pinos estaban igualmente sofocados por procesionaria que estaba en plena dispersión formando las características hileras sobre el soleado suelo de aquel día marzo.


Los rebrotes de las viejas quejigas, los enebros, los espliegos, y las aliagas habían desplazado a las plantas herbáceas del pasto ...


Eran ejemplares notables, con el turno perdido, con ramas puntisecas y abundantes huecos. Muchos ejemplares muertos. Un gran valor ecológico.


Aunque en la periferia, aún se conservaba y mostraba su estructura adehesada ...


Era un pálido reflejo del paisaje que durante siglos caracterizó estos montes ...


Las quejigas más gruesas las encontramos en la partida de la Vega, cerca del arroyo Valseco. Sin embargo, y a pesar de los topónimos, los robledales de Majada de las Vacas y de la Dehesa Boyal no tenían estructura adehesada, siendo en ambos casos densos tallares. Eso sí, salpicados de algunos ejemplares trasmochos de notables dimensiones.

Desde allí volví a Ribatajadilla pasando por Ribagorda, a donde alcanzaba la dehesa de Villaseca. Quería encontrar un árbol monumental que es muy conocido en la comarca: el Roble Dios de Pajares.


Es un ejemplar enorme. Tiene una altura de 18 metros, siendo 3 de tronco  y el resto de las ramas que crecen sobre su toza. La copa es globosa, semiesférica, tiene un diámetro de 15 metros. El perímtero normal de tronco (a 1,30 m del suelo) es de 5,52 metros. Se desconoce su edad aunque se estima en unos 400 años. Esta información estaba recogida en un panel informativo. Me llamó la atención la denominación del árbol: el Roble Dios. No sé si es un nombre popular. En el texto aludía al carácter religioso que atribuían los celtíberos a los árboles y a los bosques. Y termina diciendo "en memoria de ello queda el nombre de este roble centenario". Será.

A su alrededor, una valla protectora para reducir el pisoteo al pie del tronco y favorecer la aireación de las raíces y la infiltración del agua. Más allá, un cultivo de pino, fruto también de la época de las reforestaciones del ICONA. ¡Qué paradoja, en el país del quejigo, reforestando con pino!

Ya en el hotel, estuve ojeando el libro "Tal como éramos. Imágenes del pueblo de Sotorribas". Es un libro de fotos antiguas y no tan antiguas, reflejo de la forma de vida de estas gentes serranas. Entre las consabidas fotos del servicio militar, de las verbenas estivales,  jornadas de caza, romerías de primavera y matanzas del cochino, hubo una foto, ya en color, que me llamó la atención. Era ésta.


Aquí estaba la clave. Julián Albarca y Gabriel Valiente, desmochaban con motosierra  una quejiga en el año 1982 en la localidad de Sotos, la cabecera comarcal. Ya entonces se hacía con máquina lo que hasta poco antes aún se cortaba con hacha. Un documento. 

Esa tarde, nos fuimos de excursión a Las Majadas para conocer el espectacular complejo kárstico desarrollado sobre las calizas cretácicas. Pasamos por Villalba de la Sierra, uno de los municipios con más habitantes de El Campichuelo. Un pueblo con crecimiento urbano, con hoteles y segundas residencias construidas para gentes urbanas a las que atraen urbana los paisajes serranos y las aguas del río Júcar, por aquí joven y enérgico.

Al tomar la carretera que remonta hacia la sierra, al pie de las primeras curvas, en el paraje conocido como Majada de las Vacas, ahí estaban. Otra vez.

Entre los campos ...


Invadidos por las carrascas y enebros del cercano monte ...


Unos árboles que atesoran una historia de aprovechamiento. Una cultura. Una vida silvestre.


Las dehesas de quejigos de esta comarca son un patrimonio prácticamente desconocido. Son el reflejo de unos momentos de la historia de la Corona de Castilla en los que el Honrado Concejo de la Mesta, dotados por la monarquía de unos poderes enormes, tenía la potestad de pastar sus ganados trashumantes en la mayor parte de los montes. Los pueblos, para defenderse del poder de los grandes señores, tenían la posibilidad de crear dehesas comunales en los alrededores de los pueblos donde llevaban los pequeños rebaños y los animales de tiro. 

Villaseca, Pajares, La Frontera, Fresneda de la Sierra, Ribagorda, Villalba de la Sierra ... aún conservan unos paisajes históricos que encierran un aprovechamiento inteligente de los recursos. Este patrimonio se ha perdido por la decadencia de la ganadería extensiva, pero también por la tala y roturación asociada a las concentraciones parcelarias. Destacar un "roble-dios" está bien, pero hay que ir más lejos a la hora de valorar las dehesas de El Campichuelo.

domingo, 26 de marzo de 2017

RECUPERANDO MINI ECOSISTEMAS

Hace unos días leí con estupefacción en un grupo de Facebook que ya hay agricultores que están comprando cajas de abejorros para polinizar árboles frutales como el almendro, pues abejas e insectos parece que cada vez escasean más en nuestros campos de cultivo y la polinización es cada vez más dificultosa. Y a todo esto, el déficit de abejas se convierte también en negocio… da que pensar.
 
Resulta alarmante e inquietante los extremos a los que estamos llegando. Que en la ciudad no haya este tipo de insectos podría ser normal, o al menos comprensible, dada la contaminación y la escasez de plantas con flor que existen… ¡¿pero en el campo?!
 
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Las caléndulas en el hortal urbano atraen a insectos beneficiosos como las abejas
 
Si echamos un vistazo estos días a las enormes extensiones de cultivos que nos rodea veremos que el verde se impone poco a poco en el paisaje. Y en esos cultivos veremos muy pocas plantas con flores. Tampoco se ven apenas en los ribazos, si es que quedan ribazos.
 
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En el campo hay “química para todo”. Un otoño lluvioso como este del año 2012 empuja a muchos agricultores a echar herbicida en sus campos.
 
Árboles con flor van quedando pocos en los secanos. Los viejos almendros de los ribazos son abandonados. Los árboles frutales se convierten en enormes cultivos intensivos que se tratan químicamente para todo: para evitar plagas, mejorar el tamaño de los frutos, limitar la floración, limitar el crecimiento de ramas superiores y por tanto disminuir las podas… absolutamente todo se intenta modificar químicamente para maximizar la producción de frutos y reducir al mínimo el tiempo de trabajo en el campo. Queremos más por menos, pues el mercado y los precios mandan.
 
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Almendro en flor en las inmediaciones de Pozuel del Campo
 
Todas estas acciones evidentemente no nos salen gratis. Los campos cada día tienen menos vida. Vamos directa o indirectamente  hacia la “Primavera silenciosa”.
 
Con el tiempo descubrimos que nos vamos quedando sin bosques. Que los retazos de vegetación natural que quedaban van desapareciendo y con ellos especies emblemáticas de nuestros campos, no sólo desde el punto de vista natural, también cinegético. El declive de las aves esteparias es imparable según los estudios. Si, nos damos cuenta que los animales “grandes” desaparecen y cada vez se ven menos, pero… ¿y los pequeños? ¿qué pasa con los insectos?
 
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Los meses de mayo y junio consituyen la época de floración de la gran mayoría de flores de nuestros campos. Estampa primaveral en el barranco del Cabezuelo junto al Pancrudo (Navarrete – Cutanda)
 
Ante tanto silencio tan sólo algunas voces contradictorias se alzan de vez en cuando desde el mundo rural cuando vemos algo que no cuadra: de repente no hay caza, ahora cada día se ven menos abejorros y hay que comprarlos para evitar que los frutales se queden sin polinizar… y a todo eso hay que unir un tiempo atmosférico cada vez más loco, más cálido y con patrones que amenazan con dejar las primaveras sin frutos. La floración de los frutales se adelanta y dadas las fechas todavía no hay suficientes insectos polinizadores. Las heladas harán el resto. ¿Somos verdaderamente conscientes del mundo hacia el que vamos?
 
Hace un año puse en marcha en el corral una experiencia de autocontrol biológico. Básicamente consistía en dotar al terreno desnudo y anteriormente tratado por herbicida de cuanta más diversidad vegetal mejor, sembrando un compuesto de varias especies y dejando el crecimiento libre de estas y otras especies que expontáneamente van saliendo.
 
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A pesar de las heladas invernales la vegetación se ha instalado ya en prácticamente la totalidad de la parcela con la siembra de otoño. Las primeras plantas en flor suelen ser las pequeñísimas verónicas verónicas y Diplotaxis erucoides, que ya atrae a los primeros insectos cuando las temperaturas se van suavizando y los árboles comienzan a florecer.
 
Este otoño reforcé la cobertura vegetal con más siembra y ahora me he propuesto introducir más especies con flor. Cuanta más diversidad y más se alargue en el tiempo y espacio la floración, mejor. Las flores son muy importantes y ofrecen alimento a multitud de insectos, incluyendo las abejas, que polinizarán mis árboles frutales. Darán cobijo a otros insectos que a su vez limitarán el crecimiento del pulgón. Esos insectos atraerán a las aves insectívoras y estas a su vez a alguna rapaz que otra que pasará por la zona. Ya se dejan ver carboneros, jilgueros, colirrojos… y multitud de gorriones, que a modo de banda de forajidos se encargan de saquear de la parra los últimos racimos otoñales.  Creamos un pequeño mundo, una microreserva en un corral de unos 300 m2 en los que antes sólo había unos manzanos y suelo desnudo en donde la química del herbicida y el fitosanitario era el limitante para multitud de formas de vida. ¿Por qué no pueden convivir producción y naturaleza?
 
Llegamos a un momento en que toda ayuda es poca. Mientras la agricultura se va percatando de las barbaridades que se están cometiendo directa e indirectamente en nuestros campos nuestras pequeñas acciones también sirven. Si reservamos en nuestros huertos, jardines, terrazas y parterres  espacio para plantas con flor, para formas de vida naturales, contribuiremos a la supervivencia de muchos insectos que de otra forma cada vez quedan más restringidos, insectos a los que este tiempo loco también deja en jaque. Tomillo, lavanda, espliego, romero, calendula, ajedrea… son entre muchas otras las plantas de nuestros campos y montes, plantas indispensables para el ciclo de la vida en nuestras tierras y que podemos adoptar para nuestro día a día.
 
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jueves, 2 de marzo de 2017

LECCIONES DE ECOLOGÍA EN UN GATO MONTÉS

Sábado 7 de enero. Al cabo de una comida casera con gentes del Centro de Estudios del Jiloca, se presentan en casa Antonio Torrijo y Diago Colás animándonos a subir a la laguna de Gallocanta a grullear. Nos sumamos Pilar Edo y yo, por rematar la jornada y por despejarnos un rato. Han quedado con Sabi en los arenales de La Dula. Subimos el puerto y dejamos a un lado el pueblo de Tornos. En frente, al final de la larga recta, el sol va cayendo sobre los páramos molineses. Mientras, el coche circula rápido entre los cultivos cerealistas. En mitad de la carretera hay un bulto oscuro. Al pasar, una mirada fugaz, nos deja ver una cola gorda y con anillos negros y anchos. Está claro. Se trata de un gato montés.


Frena Antonio y damos media vuelta. Confirmamos que se trata de un gato montés. Recién atropellado. Aún está caliente. Pienso en la clase del lunes. Aún haremos algo con él. Al maletero. Llegamos al lugar de encuentro. Saludamos a Sabi. Nos cuenta que cuando hace un cuarto de hora pasó por la misma carretera el gato no estaba.  

Lo extendemos sobre el prado corto del majadal de la paridera de La Dula. Es un ejemplar robusto. Diago prepara un espléndido reportaje fotográfico.


Con la última luz de la tarde nos vamos fijando en los detalles. La cabeza, compacta, muestra su cerrado pelaje, los grandes ojos, los bigotes y los pelos frontales, sensores táctiles para quien se mueve por la noche entre el herbazal ...


las piezas dentales, con los pequeños incisivos, los robustos y largos caninos y las muelas carniceras ...

Nos llama la atención el color negro del pelaje de la parte inferior de las patas ...


y la robusta cola, con sus tres anillos oscuros y el largo extremo negro ...


Antonio, que tiene todo tipo de útiles en su coche, saca un dinamómetro y lo pesa ... 


Cinco kilos y medio. Algo mayor que los machos adultos estudiados en los Montes de Toledo y Sierra Morena, cuyo peso medio 4,65 kg.

Pasamos la tarde, charroteando y viendo pasar grullas sobre nuestras cabezas. Pero en la mía, solo está el gato. Solemos tener al felino por una especie montaraz, asociada a los bosques y peñascos. Lo hemos encontrado entre los campos de cultivo. En pleno secano. ¿Qué hacía aquí este macho?

Una primera hipótesis nos lleva a pensar que, al haber comenzado el celo, podría tratarse de un gato venido de los montes cercanos (¿los de Tornos?) en busca de alguna hembra.

Cae la noche. En casa subo el gato a la terraza del tercer piso. Lo atamos de las patas traseras a la barandilla dejándolo cabeza abajo. Me preocupa que el frío de la noche y el rigor mortis lo dejen tieso. Lo metemos en su saco. Algo aislará. Y nos vamos a cenar. Hemos quedado con la gente de la peña. Se lo comento a Reinaldo, amigo, natural de Tornos y muy cazador. Me comenta que en toda su vida se ha encontrado un gato montés por el término municipal. ¡Qué mala suerte ha tenido este! Y me da una pista. En los arenales de Tornos, donde se extraía grava y arena, ahora colonizados por junqueras, herbazales y algunos chopos, son comunes los conejos. Estos arenales están muy cerca de donde hemos encontrado al gato atropellado. Es posible que ofrezca hábitat apropiado para el felino.

Lunes 9 de enero. 8.30 horas. Clase de Biología y Geología con 1º de Bachillerato, un grupo de alumnas entusiastas de la anatomía comparada. Me ven venir con el saco. Y les digo, hoy hay sorpresa. En el primer trimestre ya habíamos diseccionado una liebre y un lechón. Hoy toca un carnívoro.

Expectación. Extendemos el gato sobre varios pliegos de papel de filtro. No cabe en la cubeta de disección. Doce cabezas encima del cadáver.


Vamos fijándonos en la anatomía externa. Cuerpo largo con patas cortas. Es muy parecido a un gato doméstico tipo "tabby". La cola cilíndrica, se extiende algo más que la mitad del cuerpo. Orejas redondeadas. Línea dorsal oscura. Rayas transversales negras sobre el fondo gris parduzco. Manos con cinco dedos y pies con cuatro, todos con uñas retráctiles. Palmas con unas almohadillas que parecen caucho suave ...
  

Seguimos por la boca. La lengua se ha quedado fuera tras la colisión. Se reconoce la fórmula dental 3.1.3.1/3.1.2.1. Los incisivos, bien patentes, aunque eclipsados por los caninos. Los superiores más internos, mayores que el resto.


 Separando sus brazos, comenzamos a descubrir el tórax con ayuda del bisturí ...


... y empezamos a despelletarlo hacia los lados.


Al seguir incidiendo con el corte encontramos unos músculos pectorales bien desarrollados ...


El gato empezaba a oler. Echamos mano al alcohol rociando el interior. Había que amortiguar el olor a carne en descomposición. Las alumnas y alumnos, valientes.

Con las tijeras de disección cortamos las costillas para acceder al interior de la caja torácica.


Y empezamos a sacar vísceras. Vamos, la casquería. Extrajimos el corazón y los libianos. Rápidamente, los alumnos observaron que uno y otros eran, en proporción, mucho más pequeños que los de la liebre que habíamos diseccionado unas semanas antes. Y, rápidamente, dieron con la explicación. La estrategia vital del gato montés no requiere esfuerzos intensos y prolongados como los de la liebre. El felino caza al acecho. La liebre debe realizar largas, rápidas e intensas carreras para huir de sus depredadores.

Salió el esófago, el hígado, el bazo ... y cortamos el estómago. Y en su interior había sorpresa. Bueno sorpresas, por que eran varias. Unas bolas carnosas y mucosas, independientes unas de otras. ¡Eran presas!


Aún se apreciaban los pelicos y las colas de los micromamíferos. Ratones y/o topillos, pero también musarañas. En el estómago salieron varios. Estaban ya bastante desfigurados por la digestión. Habían sido cazados hacía un buen rato. Tal vez hace más de una hora. Esto nos hizo pensar que los cazó en pleno día, lo que no resulta habitual en la especie.

En el estómago nos encontramos una segunda sorpresa. Bueno, realmente, varias. Cinco filamentos carnosos y blanquecinos, ya inmóviles, estaban mezclados con el contenido gástrico. Eran cinco nemátodos, un filum formado por gusanos cilíndricos no anillados, en el que son muy comunes las especies de forma de vida parásita.


Aún recogimos otro nemátodo más algo más grueso y corto. Unos y otros los fuimos recogiendo con la pinza metálica y colocando en una placa Petri. Los cubrimos, de momento, con alcohol.


Pero esto no iba a acabar aquí. Faltaba la joya de la corona. Y no tardó en aparecer. Una tenia (o solitaria). Un cestodo, para los zoólogos. Este animal pertenece al fílum Platelmintos, el de los gusanos planos.


Impresionante. Hacía años que no encontraba una. Los alumnos se sorprendían de mi alegría. De mi interés en un bichejo blanquecino y blando. Era un deja vu de mis años de estudiante de Farmacia.

Y seguimos con lo nuestro. Ahora comenzamos con el intestino delgado. En su interior seguimos encontrando más presas. Por cierto, no mucho más deshechas que las presentes en el estómago.


Entre el olor y la textura, la parroquia empezaba a desfallecer. La cosa empezaba a subir de tono. Cualquiera se ponía a intentar identificar las presas. Las cogimos también.


Otra sorpresa. Ninguna presa grande. Ningún conejo. En los Arenales de La Dula el gato se estaba alimentando de ... ¡ratones, topillos y musarañas! Presas pequeñas. Pero muchas presas. Cazadas a cualquier hora.

Pero la cosa no acababa aquí. Nos quedaba el intestino grueso. Más corto, más oscuro. Varios bultos independientes sobresalían en su trazado. Supusimos que serían bolos fecales que contendrían, posiblemente, más presas. Presas capturadas por la noche. En total, el gato perfectamente podía contener restos de una docenas de ellos.

Las caricas de mis alumnas eran ya un poema. Ya no podían aguantar mucho más. Desistimos de abrir el interior del intestino grueso.

Al día siguiente, se habían quedado rígidos los parásitos. El alcohol tiene un efecto deshidratante. Colocamos las placas Petri con los gusanos bajo lupas binoculares. Y las alumnas tomaron fotos con las cámaras de los teléfonos móviles.


A simple vista ya se apreciaba la característica morfología del cestodo.


Y, ya con la lupa, pudimos ver apreciar mejor sus detalles. El pequeño escólex con una coronilla de ganchos, los estróbilos de tamaño creciente ....

 

Enviamos las fotos a nuestro amigo Javier Lucientes, profesor de Parasitología en la Facultad de Veterinaria de Zaragoza. Aunque las imágenes no eran muy precisas, el cestodo fue determinado como Teania teaniaerhynchus por el desarrollo del escólex y por el hospedador de que se trataba.

Los nemátodos eran ascáridos, una de las familias más habituales entre los parásitos en los animales domésticos.


Javier nos comentó que podían tratarse de Toxocara cati o Toxocara mystax, siendo necesaria para su determinación una buena observación del extremo anterior.

Sobre el tercer parásito no hubo noticias.



Estos endoparásitos tienen complejos ciclos biológicos y sofisticadas adaptaciones a sus medios de vida, tan fascinante -o más- que la del gato montés. ¡Qué también tiene lo suyo!

Como muy bien dijo Fernando Herrero, cuando le comenté los hallazgos, "lucha por fuera (la del gato montés), lucha por dentro (la de los gusanos)".

Imposible más sorpresas. Imposible más asombro.