Natura xilocae

Journal of observation, study and conservation of Nature Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal de l'observation, l'étude et la conservation de la nature et des Terres de Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal der Beobachtung, Erforschung und Erhaltung der Natur und der Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Gazzetta di osservazione, lo studio e la conservazione della natura e Terre Jiloca Gallocanta (Aragona) / Jornal de observação, estudo e conservação da Natureza e Jiloca Terras Gallocanta (Aragão)

lunes, 21 de septiembre de 2015

UNA RUTA BOTÁNICA POR LOS OJOS DE FUENTES CLARAS

El pasado 25 de agosto, dentro de las jornadas culturales que organizan el Centro de Estudios del Jiloca y la Comarca del Jiloca, nos fuimos a escuchar a conocer los Ojos de Fuentes Claras. Se trataba de un recorrido por el campo guiado por Chabier. Tenía muchas ganas de conocer estos humedales del valle del Jiloca ya que no había visitado ninguno. Esperaba encontrar alguna sorpresa botánica, pues en el tiempo que llevo aquí, he podido comprobar la diversidad de hábitats que tenemos en nuestra comarca.

Empezamos el recorrido delante de la puerta de la iglesia, un buen número de asistentes nos desplazamos hacía la primera balsa, que está todavía dentro del casco urbano de Fuentes Claras, le llaman El Cubo.

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Mientras se hablaba sobre las tobas calizas que allí aflorban ya pude identificar unas cuantas plantas acuáticas, la primera la Salicaria (Lythrum salicaria L.) …

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que resaltaban sus flores rosas por encima de las demás.

Se acompañaba de Lycopus europaeus L. …

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de la menta de agua (Mentha longifolia L.) Huds … 

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y la Scrophularia auriculata L. …

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En los muros del camino también pude ver nuestro apreciado ababol (Papaver rhoeas L.), en una floración ya tardía …

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a una gramínea muy divertida que se llama Cynodon dactylon (L.) Pers. …

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y a Sisymbrium orientale L. …

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Seguimos recorriendo el camino entre los huertos mientras caía la tarde …

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Llegado un punto del camino hicimos un alto y Chabier me preguntó si conocía a una umbelífera de color amarillo …

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que crecía abundantemente en los huertos abandonados. 

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Pero no, lo la conocía. Así que me llevé los deberes a casa, le hice unas cuantas fotos de varias partes de la planta y al llegar me puse en la tarea de identificarla. Resultó ser Pastinaca sativa L. subsp. sylvestris (Mill.) Rouy & Camus. Es decir, la zanahoria blanca.

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Así seguimos camino hasta llegar a otro de los pequeños ojos o balsas, como allí los llaman para diferenciarlos del Ojo Grande). Allí pude observar y fotografiar unas cuantas plantas más, como el cardo de agua (Cirsium monspessulanum L. Hill subsp. monspessulanum) …

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un equiseto o falsa Cola de Caballo (Equisetum ramosissimum Desf.) …

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gran número de ejemplares de una planta pequeña …

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… que resultó ser Odontites vulgaris Moench. subsp. vulgaris,

bastantes ejemplares de malvavisco (Althaea officinalis L.),

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un junco que Chabier ya me había comentado antes y que no es muy abundante en Aragón, la mansega o masiega, de nombre científico Cladium mariscus (L.) Pohl. …

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Unos pocos pasos más adelante observamos más salicaria, unas campanillas blancas que resultan ser Calystegia sepium (L.) R. Br. subsp. sepium …

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otras plantas higrófilas de flor rosa (Epilobium hirsutum L.) …

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y unas matas de ortiga borde que corresponde a Ballota nigra L. subsp. foetida (Vis.) Hayek.

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Y así casi sin darnos cuenta fuimos pasando la tarde y cayendo la noche.

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En el último tramo del recorrido ya solo pude retratar a esta chenopodiacea muy curiosa que se llama Atriplex patula L. …

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y por último nos paramos delante de un estramonio (Datura stramonium L.) para hablar de sus propiedades como planta tóxica y peligrosa.

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Hasta aquí se puede decir que pasé todo el recorrido como una abeja feliz, de flor en flor y de planta en planta, pasamos una buena tarde conociendo los Ojos de Fuentes Claras y de El Poyo, un interesante espacio natural de la comarca del Jiloca.

Làli Picornell (texto y fotos de plantas) / C.E.J. (resto de fotos)

viernes, 18 de septiembre de 2015

UN OLMO EN EL RIBAZO

Finales de agosto. Caía la tarde soleada. Recorría tranquilo la estrecha carretera entre Acered y Atea en amena conversación con Chabi, mi hijo, que había recorrido caminando dos etapas del Camino del Cid y me contaba emocionado su experiencia en solitario.

Iba disfrutando de un paisaje casi desconocido para mí. Pequeños campos de almendros, viñas y cerezos, con algún rastrojo poblaban las laderas de las barranqueras que drenaban la vertiente de la sierra de Santa Cruz hacia el Jiloca. Y ahí estaba él. Un joven tallo de olmo (Ulmus minor), de olmera como le llaman en algunos pueblos de esta parte de Aragón. Con sus hojas de haz verde intenso y su envés verde claro, comenzando a amarillear fruto del avance del verano y de los efectos de la sequía estival.

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En el ribazo, bien arropado por las espinosas y arquedas ramas de la escalambrujera, que ya mostraban sus rojos frutos. Entre la cuneta y el campo de almendros. El pequeño tallo de olomo lucía lustroso su follaje tras haber superado las múltiples pruebas, las numerosas plagas que lo asolan.

Estas olmedas del Bajo Jiloca no son sino que otra muestra de una vieja cultura. Una cultura que se remonta a los romanos. Tal vez antes. Según algunos autores esta especie fue introducida en la península Ibérica desde la Galia por su utilidad en la fabricación de carros. Los romanos lo extendieron como árbol ornamental y de sombra. Pero, sobre todo, por su utilidad.

Las raíces del olmo, una vez penetran hasta la roca madre, mueren a los 10 o 15 años. Entonces desarrollan un sistema de raíces laterales que crecen casi horizontalmente, muy superficiales. En el pasado fueron muy plantados en los linderos entre los huertos, viñas y otros campos donde formaban bosquetes y setos junto con espinos y otros árboles. Sus raíces retenían el suelo. Sus ramas ofrecían un ramón muy apetecido por el ganado. En muchas casas, pelaban las ramas para alimentar a los conejos. Los troncos ofrecían una madera tan dura como la del roble, con múltiples aplicaciones, sobre todo en carretería por su capacidad de amortiguar los golpes.

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Era, pues, un árbol propio de ambientes agrícolas. Esto puede verse muy bien en nuestras comarcas. Las ribaceras de las huertas de Daroca o de las viejas viñas de Báguena o de Atea son una muestra.

Es un árbol que padece numerosas plagas. Le afectan los virus y bacterias que le causan flujos y tumores. Sus hojas son atacadas por la oruga de la galeruca (Galerucella luteola) quedando de cada una tan solo con sus nervios al final del estío. Otros coleópteros, los escarabajos minadores, penetran por el cambium y le transmiten un hongo (Ceratocistis ulmi)  que origina la grafiosis. Este parásito causa una trombosis de los vasos conductores y la intoxicación de las hojas. Es una enfermedad con efectos devastadores.

En definitva, el olmo tiene una pléyade de enemigos.

Desde hace unos treinta años se ha producido una fase aguda de grafiosis que ha asolado con la mayor parte de las olmedas. No ha sido la única pero sí de las de mayor virulencia. Es posible que los cambios climáticos recientes junto con las características de la nueva y agresiva cepa hayan desbordado la capacidad defensiva de las mismas.

Algunos científicos sugieren que la dificultad que presenta esta especie para repoblarse a través de semilla (nascencia muy baja) y que la escasa resistencia a los parásitos no son si no indicios de su carácter foráneo o de su falta de adaptación a las condiciones actuales. ¿Quién iba a decirlo? El olmo, otro inmigrante.

En cualquier caso, el tallo de olmo de aquel ribazo de Acered lucía ufano sus hojas ante las ramas muertas de otros brotes. Año tras año, resistiendo las oleadas de plagas, la vieja cepa de olma emite nuevos rechitos que intentan doblegar a unos y a otros microorganismos.

Es un caso más de una historia donde lo agrícola, lo forestal y lo ganadero formaban un todo. De una vieja cultura que también se pierde por la intensificación y la productividad a corto plazo. Mientras tanto, sobrevive en el ribazo ante los cambios.

martes, 15 de septiembre de 2015

ÁRBOLES VIEJOS. GUÍA PARA UNA BUENA GESTIÓN

Los ingleses saben mucho de árboles. En particular les atraen los árboles notables, los de interés histórico, los que definen a un paisaje o los que albergan mucha vida silvestre. O todo esto a la vez. Muchos de ellos son árboles viejos. Árboles que llevan creciendo, sobreviviendo o  apagándose lentamente durante décadas, a veces siglos.

Lejos de tener una connotación negativa, el término “árbol viejo” allí está cargado de valores. Y llevan mucho tiempo repensando cómo darle más vida a los árboles viejos, partiendo del conocimiento de cómo funcionan y comprendiendo todo aquello que les afecta. Y, además, llevan décadas gestionándolos, bajo el único principio posible: el del “ensayo y error”. Avanzando así en el aprendizaje.

Tipología árboles

Fruto de esta larga trayectoria de experiencias resultó la publicación Veteran Trees. A guide to good management elaborada por Helen Read y editada por English Nature en 2000. Pudimos conocer a esta investigadora en la VI Fiesta del Chopo Cabecero a la que acudió a recibir un merecido homenaje.

Esta obra ha sido traducida al castellano con el título Árboles viejos: Guía para una buena gestión. Desde unas semanas puede consultarse en la página de la asociación Ancient Tree Forum en el siguiente enlace.

Libro Helen (portada)

Es muy práctica y muy directa. Es técnica pero de lectura fácil y atractiva.

Es cierto que recoge experiencias sobre el cuidado de árboles viejos en un ambiente atlántico, bajo unas condiciones ecológicas muy diferentes a las de los montes mediterráneos. Sin embargo, muchas de las ideas son perfectamente trasladables al sur de Aragón.

Será de una gran utilidad para propietarios particulares, arboristas, gestores de espacios naturales, naturalistas y aficionados a los árboles en general.

Muy recomendable.

domingo, 13 de septiembre de 2015

MI RUTA BOTÁNICA POR EL REBOLLAR DE BEA

La idea de esta excursión viene dada, en parte, porque recientemente tenía mucho interés en conocer el itinerario naturalista que, hace unos años, definió el ambientólogo Tomás Sanz para la Comarca del Jiloca. A última hora de la noche quedamos a las 8 de la mañana del día siguiente 12 de agosto, como siempre en la plaza de Calamocha, adonde acude Emilio con su coche. Desde allí por la autovía vamos hasta Ferreruela de Hueva y nos desviamos por Lagueruela hasta llegar a Bea.

Colocamos primero una pequeña pegatina en el panel que muestra el itinerario de la ruta, para recalcar que el inicio de la misma es por un camino que arranca un poco antes del bar del pueblo, y no por el que empieza allí mismo. Atrás hemos dejado la nueva fábrica de pellets para las estufas, que da trabajo a unas cuantas personas de la comarca, así como una magnífica mansión recientemente construida.

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Iniciamos la andadura cruzando enseguida un pequeño puente sobre el Huerva. Comienza el ascenso primero por una zona de monte bajo, donde encontramos un colmenar convenientemente señalizado. Se trata de un sendero muy bien marcado que atraviesa un magnífico bosque de carrascas, marojos y sobre todo rebollos, de donde viene el nombre del bosque “Rebollar de Bea”. Hay magníficos ejemplares de árboles que proyectan una sombra que se agradece. Sin embargo no hay rastro de flores de orquídeas que abundan en la zona. Es agosto y el día es caluroso también.

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El ascenso es bastante suave, sin grandes pendientes, pero siempre subiendo. El paisaje es de bosque, se suceden las señales para no perdernos y así llegamos a lo alto en una zona de escarpadura rocosa. Es el momento de hacer un descanso y de almorzar. Al frente queda el pequeño valle del Huerva con Bea al fondo. Es un pequeño pueblo, ya se sabe el dicho “Más gente que en Bea”, por ironía de su escasa población, pero muy bonito.

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Un panel informativo nos explica las bellísimas formaciones geológicas que tenemos enfrente.

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Leemos que se trata de lo que los geólogos llaman “chevrons”, palabra francesa que evoca su forma triangular. Se formaron como consecuencia de sucesivos plegamientos en terrenos que alternan capas duras de caliza con otras blandas margosas. Es de gran plasticidad la larga sucesión de “chevrons” dispuestos en triángulos o semicírculos concéntricos que se extienden a todo lo largo del valle hasta llegar a Fonfría.

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Tras dar cuenta de los bocadillos de chorizo que esta vez ha preparado Emilio, reemprendemos la marcha pasando por un magnífico ejemplar de carrasca, asimismo bien señalizada, que debe tener con un montón de siglos de edad. Se trata de la conocida como “Abuela de Bea” o “Carrasca de Bea”. Un cruce de caminos nos ofrece la oportunidad de volver al pueblo cerrando la excursión botánica, pero preferimos seguir un poco más por la ruta alternativa hacia Piedrahita.

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Seguimos llaneando pero el terreno ahora no está tan bien señalizado. De hecho nos perdemos cuando tenemos ya a la vista el santuario de la Virgen de la Silla, al que tanta devoción tienen los pueblos de su Hermandad. Aquí el recuerdo es para Joaquín Campo Betés y para sus publicaciones Losilla y Cuadernos de la Silla. Hace unos años nos mostró con el detalle y el cariño que pone en todas las cosas la ermita, con su imagen de la Virgen que el rey Jaime I llevaba siempre en la silla de su caballo. De ahí el nombre.

El sol calienta de firme y yo quiero llegar pronto a casa. Me han sacado ya la tarjeta amarilla por mis frecuentes ausencias de las tareas domésticas. El día anterior tuvimos los del Centro de Estudios del Jiloca una reunión por la mañana en el Ayuntamiento de Calamocha para abordar proyectos en común, y por la tarde me marché a Odón a dar una charla sobre uno de sus hijos más ilustres, el arquitecto ilustrado Marcos Ibáñez que levantó la nueva ciudad de Guatemala, tras la destrucción completa de la antigua como consecuencia de un terremoto. Por cierto que la charla tuvo lugar en la ermita de la Virgen de la Cuesta, en cuya ampliación también intervino este arquitecto, desde la cual se divisa asimismo un magnífico panorama.

Ya cerca de la Virgen de la Silla, al no encontrar el camino de Piedrahita, decidimos volver por la carretera. Como no encontramos ningún puente cruzamos el Huerva por unas piedras pasaderas, y regresamos comentando la charla de Odón y las cosas del CEJ. Nos llaman un poco la atención los huertos de Bea que hay a la izquierda de la carretera y nos preguntamos cómo suben el agua hasta allí, pues el cauce queda bastante más bajo. El caso es que hay muchos huertos con muy buena verdura.

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En el bar de Bea termina la andada, de apenas unos 12 kilómetros. Otra vez unas cervezas bien frías apagan nuestra sed, y nos ayudan a planear la próxima excursión. A mí me gustaría hacer otra vez la marcha de Murero a Villafeliche, ida y vuelta por el mismo camino, pero nos tememos que nuestro amigo Tomás Guitarte que está en Cutanda nos proponga hacer como el año pasado la Ruta de San Vicente Mártir, desde su pueblo hasta Burbáguena. Si no nos dice nada, haremos la de Murero, pero si se entera que estamos haciendo excursiones seguro que insiste para hacer la de su pueblo. Y más ahora que están motivados con la recreación de la batalla de Cutanda, de la que próximamente se cumplirá un nuevo centenario. Ya veremos.

De nuevo en el coche, seguimos el cauce del Huerva y me pregunto por donde discurrirá el río para salvar la formidable sierra de Herrera, después de pasar por Villahermosa, Badules y Villadoz. Parece increíble que pueda atravesar todo el puerto de Paniza. Emilio me dice que el río pasa encajonado por una zona muy escarpada e inaccesible. Tal vez pueda ser motivo de una próxima excursión. Si hay camino para ello. De todas formas debe tener su interés naturalístico, pues la vieja Sociedad Aragonesa e Ibérica de Ciencias Naturales que tuvo su sede en Zaragoza y fue una de las instituciones españolas más activas hasta 1936, realizaba a María de Huerva y otras localidades próximas a la capital numerosas excursiones científicas para estudiar la flora, la fauna y la geología de la cuenca.

José María de Jaime Lorén

viernes, 11 de septiembre de 2015

LOS PRIMEROS MOVIMIENTOS MIGRATORIOS

Final de mes de agosto. Con las temperaturas mucho más suaves y las noches cada vez más largas comienzan los movimientos migratorios. Las noches por las tierras del gran Norte son cada vez más largas y frías. Las aves poco a poco descienden en latitud buscando territorios con temperaturas más suaves.

Por el Jiloca también se observan esos movimientos, a veces con poca fortuna. El día 24 en el Grupo de Facebook de Orniaragón se informa de la aparición de 3 cigüeñas juveniles muertas bajo la línea eléctrica de Monreal del Campo a Ojos Negros. 2 de los ejemplares son aves anilladas este verano en Suecia.

Son días en los que los campanarios del Jiloca se llenan de grupos de cigüeñas en paso, la mayoría procede de países del norte de Europa. Que yo sepa nunca han llegado a criar en la zona.

Grandes bandadas de abejarucos cruzan a buena altura por encima de la laguna de Guialguerrero durante la mañana del día 30, un día despejado con una suave brisa del Este. Apenas se dejan ver, pero se oyen. En migración, los abejarucos vuelan alto. Abajo, en las aguas reposadas y siempre oscuras de la laguna juegan las fochas y se lucen  a ratos los espectaculares somormujos lavancos. A ratos, porque pasan buena parte del tiempo sumergidos en busca de alimento. Los ejemplares juveniles que se observan les ve más tranquilos.

Un día antes, en la cara norte del puerto de Rudilla, junto al cortado de la sierra de Oriche y con el valle del Arroyo de Prado Medio a nuestros pies, algunos grupos de aviones y golondrinas vuelan decididos hacia el sureste, a poca altura sobre la umbría de la sierra.

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Vista hacia el sureste, camino de estas pequeñas aves

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Vista hacia el noroeste, con la Modorra de Cucalón al fondo

Son semanas de trasiego. Nuestra tierra ofrece cobijo y alimento a muchas aves. Aves que aun tienen un largo viaje por delante.

¡Hasta el año que viene!

miércoles, 9 de septiembre de 2015

CINCO ÁRBOLES SINGULARES

En mayo de 2014 salió a información pública el nuevo decreto sobre el Catálogo de Árboles y arboledas singulares de Aragón. Tras esta fase, el 24 febrero de 2015, fue aprobado del Decreto 27/2015. A punto de concluir la pasada legislatura, desde la Dirección General de Conservación del Medio Natural, se inició el procedimiento para la declaración de los que iban a ser los primeros 16 árboles singulares de Aragón reconocidos oficialmente.

Entre ellos se encontraban la Sabina de Blancas, la Carrasca de Peracense y un cedro del Líbano y una secuoya de la Torre Nª Sª del Pilar de Daroca. Tras la consideración de las alegaciones durante la fase de información pública y sugerencias presentadas por ayuntamientos y comarcas se incorpora al trámite un pinsapo de la citada finca de Daroca. Tras la consideración del informe del Consejo Forestal de Aragón y del Consejo de Protección de la Naturaleza de Aragón, el Consejero de Desarrollo Rural y Sostenibilidad firmó la orden el 17 de julio de 2015 por la que se aprueba:

1.— Aprobar la declaración de los diecisiete árboles relacionados como árboles singulares de Aragón, con las características y entornos de protección que figuran en el anexo de la presente orden.

2.— La declaración de singularidad conllevará la inclusión de los árboles singulares en el Catálogo de árboles y arboledas singulares de Aragón.

Esta declaración es un compromiso público para garantizar la conservación de estos árboles.

Y aquí los tenemos.

La hermosa Sabina de Blancas, símbolo vivo de la comarca del Jiloca, en la soledad de los Llanos de Monreal es posiblemente uno de los últimos vestigios de los sabinares mixtos de fondo de valle…

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La Carrasca de Peracense, otro de los emblemas en esta comarca, uno de los  últimos testigos de los carrascales de la Sierra Menera …

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Y, ya en la comarca de Campo de Daroca, el conjunto de tres árboles exóticos en la cordillera Ibérica sitos dentro de la citada finca de Nª Sª del Pilar de Daroca.

El cedro del Líbano …

Foto: Heraldo de Aragón

la secuoya …

Foto: Heraldo de Aragón

y el pinsapo o abeto andaluz …

Foto: Red Aragón

y aquí en su conjunto …

Foto: Red Aragón

Aragón tiene 33 comarcas. De los 17 árboles incluidos en el Catálogo de Árboles y Arboledas Singulares, 5 de ellos se encuentran en nuestras dos comarcas. No está nada mal.

lunes, 7 de septiembre de 2015

CORONOPUS NAVASII, OTRA VEZ

Hace unos días, como es habitual, salimos a dar una vuelta por el monte. Fuimos al embalse de Used. Joana quería ir a remojarse los pies. Aproveché la ocasión para volver a fotografiar un par de florecillas minúsculas que se resistían a quedar bien. Estuvimos un buen rato dando vueltas por la orilla.

A la hora de volver Joana pidió parar un momento en un camino donde ella había visto moras, como le encantan… pues accedí, todo y que ya se hacía tarde. Mientras ellos cogían y comían, yo agarré como siempre mi vieja cámara de fotos y di una vuelta. Bueno no llegué a darla, pues a los pocos metros me tropecé con una planta que, en principio, me pareció que era una correhuela un poco maltrecha, pero… no, no era correhuela.

Cuando la miré más detenidamente resultó ser Coronopus navasii.

En ese momento me puse nerviosa, no atinaba mucho con la cámara (así salieron las fotos). Enseguida conté los ejemplares. Hay pocos, unos seis, no es una población importante. Pero sí lo es por lo rara que es esta planta en la península Ibérica, como comenté en un artículo anterior, pues solo está citada en tres provincias: Almería Guadalajara y, desde agosto del año pasado, en Zaragoza.

Pues bien ya tenemos dos citas aquí, en nuestra comunidad, quizás no sea la más importante, ni la más numerosa, pero para mí si lo es. Vaya sorpresa me llevé cuando la vi allí en medio de aquel camino.

Yo, que no he parado de buscarla por todas las charcas, navajos y cualquier humedal de nuestra comarca, y cuando menos lo esperaba va… y la piso, menuda suerte la mía.

Làli Picornell (texto y fotos)

sábado, 5 de septiembre de 2015

EL MOJÓN DE VALDELLOSA

Nada más conocer mi calendario de vacaciones, hablo con Emilio Benedicto para planear las excursiones del mes de agosto. La primera que organizamos nos quedó pendiente el año anterior. Se trata de ir al punto más alto de la Sierra de El Poyo, al Mojón de Valdellosa que Emilio llama de los Soldados no sé por qué motivo.

Nunca me ha llamado especialmente la atención la Sierra de El Poyo, pero esta andada tiene para mí algo especial pues de muy joven la hizo mi hermano Chesús con mi padre y dejaron algunas fotos de recuerdo. Yo no quise acompañarles pues tenía mejores cosas que hacer, seguramente salir con los amigos, ir a la peña u holgazanear por Calamocha. No debió ser muy divertida la alternativa pues luego me arrepentí de no haberlos acompañado. Eso sí, nunca se lo dije a ellos.

Quedamos en salir el viernes 7 de agosto a las 7’30 de la mañana enfrente de la iglesia de Calamocha. Como amenaza un día de calor fuerte vamos bien pertrechos de agua y de almuerzo, así como bastón para caminar y ropa cómoda y fresca. Puntuales como tenemos por costumbre, salimos por el puente romano, y doblamos enseguida a la altura del viejo molino siguiendo el cauce del río El Cubo, por la Casa de Ejercicios ya lo largo de toda la fachada del Castillejo, las Rinconadas, la Estación Vieja donde se desarrolla buena parte de la novela calamochina de Paco Rubio (alias Jon Lauko), hasta coger el camino de El Poyo por El Salto.

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La mañana es estupenda. Hace un fresco muy bueno y da gusto caminar siguiendo el cauce del río y oyendo el rumor del agua. Pero se acaba pronto. Al llegar a las primeras casas de El Poyo nos desviamos a la derecha buscando las estribaciones de la Sierra. Me cuenta Emilio cosas de su tesis doctoral que va a leer en breve, y me muestra la piedra de la zona, porosa y poco pesada pero que tiene la propiedad de aislar muy bien del frío. Todos los pajares y parideras que encontramos están hechas con esta “piedra de El Poyo”, y me informa que muchas casas de Calamocha y por supuesto del pueblo las han utilizado siempre.

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Llevamos una hora de camino cuando nos cruzamos por allí con Capote y con su esposa que también van de paseo. Un saludo cordial, y aprovecha Emilio para decirme que en Calamocha es una costumbre muy extendida esta de salir a caminar de mañana o de parte tarde. Llegamos a una cantera que hay en plena explotación y Emilio la pone como ejemplo de industria local que ha sabido aprovechar la coyuntura de las pasadas grandes obras públicas de la autovía y del pantano de Lechago, para consolidarse como una pequeña empresa que funciona bien.

Empieza entonces la subida de verdad, pero vale la pena el esfuerzo aunque sólo sea por el maravilloso paisaje que vamos dejando a nuestras plantas. A medida que ascendemos se abre un amplio horizonte que permite descubrir la belleza de la planicie de Blancas, el monte de Fuentes Claras, divisando Villalba de los Morales, Caminreal, Torrijo hasta Monreal del Campo. Por detrás de unas lomas queda Torralba de los Sisones, Blancas y Odón. Los pueblos de la ribera se adivinan con agua en abundancia, los del campo se nutren de algunas fuentes que todavía permiten buenos corros de huerta.

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La subida es penosa por momentos, el suelo es pedregoso y duro, pero Emilio lo ameniza hablando de las viejas minas de hierro de El Poyo que encontramos en el camino. Una de ellas con una modesta edificación. Debe adivinar mi cansancio, él es muy buen andarín, y se explaya en las condiciones de las explotaciones y demás. El motivo de su tesis son precisamente las antiguas explotaciones mineras de esta parte del Sistema Ibérico, y sabe tanto del tema que bien pudiéramos llamarlo Emilio “el Geólogo”.

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Subimos y subimos ya en pleno bosque de pinos y de carrascas, aunque en un momento dado la pendiente remite. Estamos ya en el corazón de la Sierra de El Poyo, que no es como parece desde Calamocha una sucesión plana de montes, pues es bastante ancha y tiene numerosas vaguadas. En realidad, el camino da una vuelta casi completa a la sierra buscando atenuar los desniveles. Un ciclista desciende por allí después alcanzar la cumbre. Mientras ascendemos por la parte oeste todo es sombra y frescura, pero al llegar a la parte alta el sol nos hiere de frente y empezamos a sentir los primeros calores. No te preocupes, me dice, falta ya poco para llegar a lo alto. Y así es, en efecto, al volver un recodo vemos muy próximo un enorme repetidor de telefonía convenientemente vallado, y un centenar de metros más adelante el Mojón de Valdellosa o de los Soldados. Llegamos a las 10 en punto de la mañana. Hemos empleado dos horas y media en el trayecto.

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Desde Calamocha parece, eso, un pequeño mojón, pero, amigo, allí te encuentras con un gran monolito cilíndrico sobre el cual se asienta otro cilindro más pequeño. Se trata de un vértice geodésico con la placa correspondiente que indica su altitud, que no recuerdo, y la advertencia de la pena que hay para quien lo maltrate. Por una rudimentaria escala de piedras llegamos a lo más alto del mismo, y extendemos la mirada por toda la comarca del Jiloca que se tiende a su alrededor. La vista es magnífica, se aprecia incluso la laguna de Gallocanta, Berrueco y otros pueblos de alrededor. Sin embargo la calima nos impide ver hasta el Moncayo, según me dice Emilio que se ve en los días claros.

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Es el momento y el lugar apropiado para refrescarnos y para almorzar. Sacamos nuestros bocadillos y damos buena cuenta de ellos en un periquete. A mi memoria viene el recuerdo de la excursión juvenil de Chesús y de mi padre hace unas docenas de años. Lo mismo que veo ahora debieron ver ellos entonces.

Iniciamos el descenso por la vertiente norte. Se baja mejor que se sube pues, aunque el sol ya calienta de firme, la sombra del bosquecillo mitiga los calores. Le cuento entonces a Emilio mi única aproximación a esta sierra que hice también en mi infancia y en solitario, precisamente el domingo que se jugaba la final del mundial de Inglaterra (¿1964?) entre este país y Alemania, que ganaron los británicos 2-1 y que pude ver en la televisión del Casino de Calamocha. Excursión que frustró casi en sus inicios el encuentro casual que tuve con un jabalí que me pareció enorme. Tuve miedo y di media vuelta al instante.

Llegamos así al parque de ICONA donde tantas meriendas hemos hecho, y me pregunto cómo es posible que hubiera agua allí. Ahora es un secarral que en nada se parece a lo que hubo en tiempos. La vuelta, por la carretera, a pleno sol y sin una sombra es lo más pesado de la excursión. Al fondo siempre la torre de Calamocha que parece que esté allí mismo pero que nunca la terminas de alcanzar.

Por fin, sobre las 12’10 llegamos a la plaza. Es el momento de tomarnos dos cervezas bien frías en El Fogaril de Luis. Ha sido una mañana magnífica, una buena andada (Emilio le echa unos 19 ó 20 kilómetros) que hemos aprovechado también para preparar la próxima excursión.

José María de Jaime Lorén

martes, 1 de septiembre de 2015

LA FUERZA DE LA PARAMERA

En la sociedad turolense hay un sentimiento de insatisfacción y de frustración porque esta tierra no ofrece perspectivas de futuro ni posibilidades de llevar adelante un proyecto de vida. No hay futuro para los jóvenes, que tienen que emigrar. La insatisfacción lleva en ocasiones a la queja, al sentirse agraviados con otros territorios. Incluso se llega al victimismo. Y a la baja autoestima.

Se dice que la escasez de perspectivas de futuro se debe en primer lugar a la falta de empleo por falta de dinamismo económico y a la precariedad de servicios sociales básicos. Por ello, desde las administraciones y desde el sector privado se han acometido diversas iniciativas para atraer inversiones y promover proyectos que dinamicen la economía y creen puestos de trabajo. Y se ha tratado de mejorar los déficits de algunos servicios.

Se han hecho cosas a escala macro: la autovía mudéjar, Dinópolis, las estaciones de esquí, el aeródromo de Caudé, mejoras en algunos servicios sociales (sanidad), la Ciudad del Motor, el Jamón de Teruel... Y se siguen demandando otras que se consideran vitales: el eje ferroviario Sagunto-Santander, la autovía Teruel-Cuenca, el AVE... También hay muchas iniciativas a escala micro, endógenas, relacionadas con el turismo, el sector agro-alimentario, el medio ambiente. La opinión hegemónica en la provincia, aunque las valora, les da menor peso que a las otras, principalmente porque generan menos empleo concentrado.

Sucede un hecho aparentemente llamativo: hay jóvenes que, a pesar de tener trabajo en la industria o el turismo en la provincia, lo dejan para marchar a las grandes ciudades: Zaragoza, Valencia, Madrid. Esto es una queja de algunos alcaldes. Como explica José Ramón Bada en su libro "La sed. Monegros y otra escala de valores", las personas de hoy en día buscamos, sobre todo, tener acceso a las cosas con la mayor inmediatez posible y estar bien conectados a las redes de comunicación. Y eso sólo se consigue en las grandes ciudades. Por eso hay un traslado a las ciudades por considerarse el medio más adecuado para la realización personal en el mundo actual.

Parece difícil que, aunque la economía de Teruel crezca y, por ejemplo, se alcance el objetivo de los 50.000 habitantes en la capital, desaparezca la insatisfacción. Porque los jóvenes seguirán prefiriendo vivir en una gran ciudad antes que en una pequeña capital de provincias, que seguirá sin satisfacer las "necesidades" de hoy en día. Y esa realidad seguirá generando frustración. Los hijos que estudian fuera no vuelven a una ciudad pequeña, por falta de trabajo y/o de alicientes.

Así, la tarea que hay emprendida por el crecimiento económico turolense a toda costa, reivindicando infraestructuras e inversiones, puede ser necesaria, pero no va a ser suficiente para calmar la insatisfacción de fondo. ¿Lo han pensado los políticos y fuerzas vivas que han tomado este rumbo? ¿Saben a dónde nos quieren llevar?.

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Se ha escrito que la Celtiberia era el mejor territorio para comunicarse con los dioses en la Iberia pre-romana. No lo sé, pero hoy en día las sierras, las parameras, los vagos y tantos rincones del paisaje de Teruel siguen transmitiendo una fuerza y espiritualidad extraordinarias. Esto va a quedar muy diezmado con la dinámica del crecimiento incesante, que reduce la naturalidad del paisaje turolense. Porque no se trata tanto de su riqueza biológica, sino de su naturalidad. En Teruel hay grandes extensiones de paisajes deforestados con los suelos erosionados, degradados por nuestros antepasados, quienes llevaron a cabo una gestión no sostenible. ¡Tantos cabezos y parameras pelados! Sin embargo, aunque desvestidos de la cubierta forestal, y desprovistos del suelo, su aspecto natural por ausencia de estructuras artificiales ligadas al urbanismo, infraestructuras o industria, transmite. Transmite mucho, como el desierto, las estepas, los altiplanos, la alta montaña, también desolados.

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Se ha fijado la idea de que "Teruel está muy mal socio-económicamente" y que hay que hacer "lo que sea" para sacarlo adelante. Y este paradigma se ha impuesto de tal manera que quien se sale de él, e incluso quien sólo lo matiza, recibe críticas feroces. El diagnóstico negativo y victimista tapa los valores positivos que tiene la vida en Teruel y que escasean en las grandes ciudades: la paz social, la seguridad, la tranquilidad, la proximidad a la naturaleza, las relaciones más humanas, entre otras.

Quienes pensamos que desarrollo es mucho más que crecimiento económico nos encontramos incómodos con la visión reduccionista vigente. Y también con la agresividad con que se impone. Pero tenemos derecho a expresar que el desarrollo también -sobre todo- debe ocuparse de la parte emocional y espiritual del ser humano. Que el territorio turolense es privilegiado en este sentido. Que el crecimiento basado en la aplicación de tecnología impacta sobre el territorio y cercena sus valores más intangibles.

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Cómo compaginar una economía con la vitalidad necesaria para que la sociedad tenga expectativas de futuro con la conservación y restauración del patrimonio natural es un reto para el que no tengo respuesta ni estoy capacitado. Pero sí tengo derecho a pedir que las autoridades se apliquen a esa tarea. Entre otras cosas porque lo manda la Constitución del 78 y las directivas europeas.

José Manuel Nicolau